4 sabios consejos de San Juan Bosco para no pecar ni perderse

San Juan Bosco (1815-1888) fue un santo sacerdote, padre, maestro y educador de los jóvenes. Escribió El joven instruido para proteger a sus alumnos de la corrupción y de los vicios que los arrastran a la condenación eterna, y para llevarlos a la virtud. He aquí algunos de sus consejos que son de suma utilidad para jóvenes y adultos.

1. Evitad la ociosidad y haraganería

El lazo principal que el demonio tiende a la juventud es el ocio, origen funesto de todos los vicios. Convenceos de que el hombre ha nacido para el trabajo; y de que, cuando huye de él, queda fuera de su centro y corre gran riesgo de ofender a Dios.

El ocio es, según el Espíritu Santo, el padre de todos los vicios, y el trabajo los combate y vence a todos. El mayor tormento de los condenados en el infierno es pensar que han perdido el cielo por haber pasado en la ociosidad la mayor parte del tiempo que Dios les había concedido para salvarse. Al contrario, los bienaventurados en el paraíso no tienen mayor consuelo que acordarse de que el poco de tiempo empleado en servir a Dios les ha permitido ganar la eterna felicidad.

No pretendo con esto que estéis ocupados desde la mañana hasta la noche sin descanso alguno; al contrario, gustoso os concedo las diversiones propias de vuestra edad en las que no ofendéis a Dios. Sin embargo, no dejaré de recomendaros con preferencia aquellas cosas que, sirviéndoos de esparcimiento, puedan también seros de alguna utilidad, como el estudio de la historia, la geografía, las artes mecánicas y liberales, los trabajos manuales, etc., con los que podéis recrearos, adquirir conocimientos útiles y contentar a vuestros superiores.

Además podéis también divertiros con juegos y entretenimientos lícitos, útiles para recrear el espíritu y el cuerpo; pero no toméis parte en ellos sin haber pedido antes el debido permiso. Preferid siempre los que requieran agilidad y destreza corporal, por ser los más convenientes para la salud. Evitad los engaños, las trampas, los pequeños fraudes, los juegos pesados y las palabras que ocasionen discordias y ofendan a vuestros compañeros.

Tanto en el juego como en la conversación o en el cumplimiento de cualquier deber, levantad de vez en cuando vuestro corazón a Dios y ofrecedlo todo a su mayor honra y gloria, como dice San Pablo.

Una vez le preguntaron a San Luis, mientras jugaba alegremente con sus amigos, qué haría si se le apareciese un ángel para advertirle que, pasado un cuarto de hora, debería comparecer ante el tribunal de Dios; a lo cual el Santo respondió sin vacilar que seguiría jugando, pues creía que con aquella acción agradaba en ese momento al Señor.

2. Huid de las malas compañías

Lo que os recomiendo con mayor insistencia en vuestros recreos y pasatiempos es huir, como de la peste, de los malos compañeros.

[¿Qué diría hoy San Juan Bosco del internet y de las malas películas que circulan por todas partes y por todos los medios, y con los que se intoxica y pervierte la juventud? Son una verdadera peste, de la que se debe huir].

Hay tres clases de compañeros: buenos los unos, malos los otros, y unos terceros que no son ni lo uno ni lo otro. Debéis procurar la amistad de los primeros; ganaréis mucho huyendo completamente de los segundos; respecto a los últimos, tratadlos cuando sea necesario, evitando toda familiaridad.

Pero ¿quiénes son esos amigos perjudiciales? Escuchadme, hijos míos, y comprenderéis cuáles son. Todos los chicos que no se avergüenzan de tener en vuestra presencia conversaciones obscenas y de pronunciar palabras de doble sentido y escandalosas; los que mienten o critican; los que profieren juramentos, imprecaciones y blasfemias; los que tratan de alejaros de la piedad; los que os aconsejan el robo, la desobediencia a vuestros padres y el olvido de vuestros deberes…, todos éstos son malísimos amigos, ministros de Satanás, de quienes debéis huir más que de la peste o del mismo diablo. ¡Ah!, con lágrimas en los ojos os suplico que os distanciéis y huyáis de semejante compañía.

Escuchad la voz del Señor, que dice: «El que se asocia al hombre virtuoso será virtuoso; el amigo del vicioso se pervertirá». Huid de un mal compañero como de la vista de una serpiente venenosa (Ecl. 21 2). En una palabra, si os juntáis con los buenos, os aseguro que iréis con ellos al paraíso; al contrario, si os juntáis con los malos, seréis desgraciados y acabaréis perdiendo irreparablemente vuestra alma.

Dirá tal vez alguno: «Son tantos los malos compañeros, que para huir de ellos habría que dejar el mundo». En efecto, es tan perjudicial el trato de los amigos viciosos, que por eso precisamente os recomiendo con tanta insistencia que huyáis de ellos. Y si por esto os vierais solos, dichosos de vosotros, pues tendríais por compañeros a Nuestro Señor Jesucristo, a la Santísima Virgen y al ángel custodio, que son nuestros mejores amigos.

Podéis, no obstante, tener buenos amigos, a los que ciertamente encontraréis entre aquellos que frecuentan la confesión y comunión, que asisten a la iglesia, que con sus palabras y ejemplos os animan al cumplimiento de vuestros deberes y os alejan de todo lo que puede ofender a Dios. Estrechad vuestras relaciones con ellos y obtendréis gran provecho. David y Jonatán llegaron a ser buenos amigos, con ventajas recíprocas, porque mutuamente se animaban a la práctica de la virtud.

3. Evitad las malas conversaciones

¡Cuántos jóvenes se encuentran en el infierno por haber frecuentado las malas conversaciones! San Pablo predicaba ya esta verdad, cuando decía que las cosas impuras no debían ni nombrarse entre los cristianos, ya que son la ruina de las buenas costumbres: «No os engañéis: las malas compañías corrompen las buenas costumbres» (I Cor. 15 33).

Comparad vuestras conversaciones a un manjar agradable: por bien preparado que esté, si cae en él una gota de veneno, basta para dar muerte a cuantos lo coman. Lo mismo sucede con las conversaciones impuras: una palabra, un gesto, una broma, bastan a veces para enseñar el mal a un jovencito, y aun a veces a muchos que, habiendo vivido hasta entonces como inocentes corderillos, se convierten en desgraciados esclavos de Satanás.

Me diréis: «Sabemos las funestas consecuencias de las conversaciones impuras; pero ¿qué le vamos a hacer? En la escuela en que estamos, en la tienda, negocio o empleo en que tenemos que trabajar, allí las oímos».

Demasiado bien sé, hijos míos, en qué situación os encontráis; y por eso quiero daros una norma de conducta que os ayude a evitar las ofensas al Señor. Si los que entablan esas malas conversaciones son vuestros inferiores, reprendedlos severamente; si no podéis hacerlo porque son vuestros superiores, tratad al menos de alejaros de ellos; y si ni esto podéis, absteneos completamente de tomar parte en lo que dicen, y, dirigiéndoos a Nuestro Señor, decidle muchas veces: «¡Jesús mío, misericordia!»

Si, a pesar de todas estas precauciones, os encontráis en peligro de ofender a Dios, os doy el consejo de San Agustín: «Huye si quieres salir victorioso».Huye, abandona el puesto, la escuela, el empleo y el trabajo, sufre todos los males del mundo antes que permanecer entre personas que ponen en gran peligro la salvación de tu alma; porque, como dice el Evangelio, más vale ser pobre y despreciado, más vale que nos corten los pies y las manos, que nos arranquen los ojos, y llegar así al cielo, que poseer todo lo que deseamos en el mundo y ser eternamente desgraciados en el infierno.

Se burlarán probablemente de vosotros, pero que esto os tenga sin cuidado, pues llegará un día en que las burlas y las risas de los malos se trocarán en lágrimas en el infierno, y los desprecios que hayan sufrido los buenos se cambiarán en eternas alegrías en el paraíso: «Vuestra tristeza se cambiará en alegría» (Jn. 16 20).

Persuadíos, además, de que vuestra rectitud obligará a los mismos que os despreciaron a reconocer vuestra sensatez, y al fin guardarán silencio. Nadie se atrevía a pronunciar palabras malsonantes en presencia de San Luis Gonzaga; y si sus compañeros estaban en medio de una mala conversación, bastaba que el Santo se acercara para que todos la cortaran enseguida, diciendo: «Silencio, que viene Luis».

4. Evitad los escándalos

La palabra escándalo significa tropiezo, y se llama escandaloso al que con sus palabras o acciones da a los demás ocasión de ofender a Dios. El escándalo es un pecado abominable; pues, robando a Dios las almas que ha creado para el cielo y redimido con su preciosa sangre, las pone en manos del demonio y las envía al infierno. Así es que al escandaloso se lo puede llamar verdadero ministro de Satanás. Cuando el demonio ha empleado inútilmente todos sus ardides para seducir a un joven, se suele servir finalmente de los escandalosos.

¡Enorme es el número de pecados con que se cargan la conciencia quienes escandalizan en la iglesia, en la calle, en el colegio o en cualquier sitio! Cuanto mayor sea el número de las personas a quienes hayan escandalizado, tanto mayor y más tremenda es su culpa a los ojos de Dios. Y ¿qué decir de los que llevan su perversidad hasta el punto de enseñar el mal a las almas inocentes? Oigan estos desgraciados la sentencia que dio un día el Salvador: tomando a un niño de la mano, se volvió a la multitud que le escuchaba y dijo: «¡Ay de aquel que escandalizare a alguno de estos niños que creen en mí! Muchos escándalos hay en el mundo, pero ¡ay de aquel por quien viene el escándalo! Mejor le fuera que le colgasen al cuello una piedra de molino y le arrojaran en lo profundo del mar» (Mt. 18 6-9).

Si se pudieran suprimir en el mundo los escándalos, ¡cuántas almas que hoy están por condenarse irremisiblemente llegarían al paraíso!

Así, pues, queridos jóvenes, si queréis ser los verdaderos amigos de Jesús y de María, temed a los escandalosos y huid de ellos como del mismo demonio.Una niña de tierna edad, oyendo una vez ciertas palabras escandalosas, dijo al que las profería: «¡Fuera de aquí, espíritu maligno!».

Pero no sólo debéis huir de los escandalosos, sino que también tenéis que esforzaros en reparar con el buen ejemplo el gran mal que ellos causan a las almas. Vuestras conversaciones sean buenas y modestas; sed devotos en la iglesia, obedientes y respetuosos hacia vuestros superiores. ¡Oh, cuántos compañeros os imitarán, yendo, como vosotros, por la senda del paraíso! Podéis estar seguros de salvaros con ellos; porque, como dice San Agustín, quien contribuya a la salvación de un alma, puede esperar fundadamente que también salvará la suya propia.

Estos son los principales peligros de que debéis huir en el mundo; si ponéis en práctica los medios para evitarlos, llevaréis ahora una vida cristiana y virtuosa, y recibiréis luego la eterna recompensa en el cielo.