Juan

EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN

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EVANGELIO DE N. S. JESUCRISTO SEGÚN SAN JUAN

Nota introductoria

San Juan, natural de Betsaida de Galilea, fue hermano de Santiago el Mayor, hijos ambos de Zebedeo, y de Salomé, hermana de la Virgen Santísima. Siendo primeramente discípulo de San Juan Bautista y buscando con todo corazón el reino de Dios, siguió después a Jesús, y llegó a ser pronto su discípulo predilecto. Desde la Cruz, el Señor le confió su Santísima Madre, de la cual Juan, en adelante, cuidó como de la propia.

Juan era aquel discípulo “al cual Jesús amaba” y que en la última Cena estaba “recostado sobre el pecho de Jesús” (Jn. 13, 23), como amigo de su corazón y testigo íntimo de su amor y de sus penas.

Después de la Resurrección se quedó Juan en Jerusalén como una de las “columnas de la Iglesia” (Ga. 2, 9), y más tarde se trasladó a Éfeso del Asia Menor. Desterrado por el emperador Domiciano (81-95) a la isla de Patmos, escribió allí el Apocalipsis. A la muerte del tirano pudo regresar a Éfeso, ignorándose la fecha y todo detalle de su muerte (cf. Jn. 21, 23 y nota).

Además del Apocalipsis y, tres Epístolas, compuso a fines del primer siglo, es decir, unos 30 años después de los Sinópticos y de la caída del Templo, este Evangelio, que tiene por objeto robustecer la fe en la mesianidad y divinidad de Jesucristo, a la par que sirve para completar los Evangelios anteriores, principalmente desde el punto de vista espiritual, pues ha sido llamado el Evangelista del amor.

Su lenguaje es de lo más alto que nos ha legado la Escritura Sagrada, como ya lo muestra el prólogo, que, por la sublimidad sobrenatural de su asunto, no tiene semejante en la literatura de la Humanidad.

PRÓLOGO

(1, 1 -14)

Juan 1

1 En el principio el Verbo era, y el Verbo era junto a Dios, y el Verbo era Dios [10695] .

2 Él era, en el principio, junto a Dios:

3 Por Él, todo fue hecho, y sin Él nada se hizo de lo que ha sido hecho.

4 En Él era la vida, y la vida era la luz de los hombres.

5 Y la luz luce en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron [10696] .

6 Apareció un hombre, enviado de Dios, que se llamaba Juan [10697] .

7 Él vino como testigo, para dar testimonio acerca de la luz, a fin de que todos creyesen por Él.

8 Él no era la luz, sino para dar testimonio acerca de la luz.

9 La verdadera luz, la que alumbra a todo hombre, venía [10698] a este mundo.

10 Él estaba en el mundo; por Él, el mundo había sido hecho, y el mundo no lo conoció.

11 Él vino a lo suyo, y los suyos no lo recibieron.

12 Pero a todos los que lo recibieron, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios: a los que creen en su nombre [10699] .

13 Los cuales no han nacido de la sangre, ni del deseo de la carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios [10700] .

14 Y el Verbo se hizo carne, y puso su morada entre nosotros –y nosotros vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre– lleno de gracia y de verdad [10701] .

I. PREPARACIÓN PARA LA VIDA PÚBLICA DE JESÚS

(1,15-51)

Testimonio del Bautista.

15 Juan da testimonio de él, y clama: “De Éste dije yo: El que viene después de mí, se me ha adelantado porque Él existía antes que yo”.

16 Y de su plenitud hemos recibido todos, a saber, una gracia correspondiente a su gracia [10702] .

17 Porque la Ley fue dada por Moisés, pero la gracia y la verdad han venido por Jesucristo [10703] .

18 Nadie ha visto jamás a Dios; el Dios, Hijo único, que es en el seno del Padre, Ése le ha dado a conocer [10704] .

19 Y he aquí el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron a él, desde Jerusalén, sacerdotes y levitas para preguntarle: “¿Quién eres tú?” [10705] .

20 Él confesó y no negó; y confesó: “Yo no soy el Cristo” [10706] .

21 Le preguntaron: “¿Entonces qué?¿Eres tú Elías?” Dijo: “No lo soy”. “¿Eres el Profeta?” Respondió: “No” [10707] .

22 Le dijeron entonces: “¿Quién eres tú? para que demos una respuesta a los que nos han enviado. ¿Qué dices de ti mismo?”

23 Él dijo: “Yo soy la voz de uno que dama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías”.

24 Había también enviados de entre los fariseos.

25 Ellos le preguntaron: “¿Por qué, pues, bautizas, si no eres ni el Cristo, ni Elías, ni el Profeta?”

26 Juan les respondió: “Yo, por mi parte, bautizo con agua; pero en medio de vosotros está uno que vosotros no conocéis [10708] ,

27 que viene después de mí, y al cual yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia”.

28 Esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba.

Los primeros discípulos de Jesús.

29 Al día siguiente vio a Jesús que venía hacia él, y dijo: “He aquí el cordero de Dios, que lleva el pecado del mundo [10709] .

30 Éste es Aquel de quien yo dije: En pos de mí viene un varón que me ha tomado la delantera, porque Él existía antes que yo.

31 Yo no lo conocía, mas yo vine a bautizar en agua, para que Él sea manifestado a Israel”.

32 Y Juan dio testimonio, diciendo: “He visto al Espíritu descender como paloma del cielo, y se posó sobre Él.

33 Ahora bien, yo no lo conocía, pero Él que me envió a bautizar con agua, me había dicho: “Aquel sobre quien vieres descender el Espíritu y posarse sobre Él, Ése es el que bautiza en Espíritu Santo”.

34 Y bien: he visto, y testifico que Él es el Hijo de Dios” [10710] .

35 Al día siguiente, Juan estaba otra vez allí, como también dos de sus discípulos;

36 y fijando su mirada sobre Jesús que pasaba, dijo: “He aquí el Cordero de Dios”.

37 Los dos discípulos, oyéndolo hablar (así), siguieron a Jesús.

38 Jesús, volviéndose y viendo que lo seguían, les dijo: “¿Qué queréis?” Le dijeron: Rabí, –que se traduce: Maestro–, ¿dónde moras?”

39 Él les dijo: “Venid y veréis”. Fueron entonces y vieron dónde moraba, y se quedaron con Él ese día. Esto pasaba alrededor de la hora décima.

40 Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído (la palabra) de Juan y que habían seguido (a Jesús). [10711]

41 Él encontró primero a su hermano Simón y le dijo: “Hemos hallado al Mesías –que se traduce: “Cristo”.

42 Lo condujo a Jesús, y Jesús poniendo sus ojos en él, dijo: “Tú eres Simón, hijo de Juan: tú te llamarás Kefas –que se traduce: Pedro” [10712] .

43 Al día siguiente resolvió partir para Galilea. Encontró a Felipe y le dijo: “Sígueme”.

44 Era Felipe de Betsaida, la ciudad de Andrés y Pedro.

45 Felipe encontró a Natanael y le dijo: “A Aquel de quien Moisés habló en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: es Jesús, hijo de José, de Nazaret” [10713] .

46 Natanael le replicó: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?” Felipe le dijo: “Ven y ve”.

47 Jesús vio a Natanael que se le acercaba, y dijo de él: “He aquí, en verdad, un israelita sin doblez” [10714] .

48 Díjole Natanael: “¿De dónde me conoces?” Jesús le respondió: “Antes de que Felipe te llamase, cuando estabas bajo la higuera te vi”.

49 Natanael le dijo: “Rabí, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel”.

50 Jesús le respondió: “Porque te dije que te vi debajo de la higuera, crees. Verás todavía más”.

51 Y le dijo: “En verdad, en verdad os digo: Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del hombre” [10715] .

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II. VIDA PÚBLICA DE JESÚS

(2,1 – 12,50)

Juan 2

Las bodas de Caná.

1 Al tercer día hubo unas bodas en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús.

2 Jesús también fue invitado a estas bodas, como asimismo sus discípulos. 3Y llegando a faltar vino, la madre de Jesús le dijo: “No tienen vino”.

4 Jesús le dijo: “¿Qué (nos va en esto) a Mí y a ti, mujer? Mi hora no ha venido todavía” [10716] .

5 Su madre dijo a los sirvientes: “Cualquier cosa que Él os diga, hacedla”.

6 Había allí seis tinajas de piedra para las purificaciones de los judíos, que contenían cada una dos o tres metretas [10717] .

7 Jesús les dijo: “Llenad las tinajas de agua”; y las llenaron hasta arriba.

8 Entonces les dijo: “Ahora sacad y llevad al maestresala”; y le llevaron.

9 Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, cuya procedencia ignoraba –aunque la conocían los sirvientes que habían sacado el agua–, llamó al novio

10 y le dijo: “Todo el mundo sirve primero el buen vino, y después, cuando han bebido bien, el menos bueno; pero tú has conservado el buen vino hasta este momento”.

11 Tal fue el comienzo que dio Jesús a sus milagros, en Caná de Galilea; y manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en Él.

Defensa del templo.

12 Después de esto descendió a Cafarnaúm con su madre, sus hermanos [10718] y sus discípulos, y se quedaron allí no muchos días.

13 La Pascua de los judíos estaba próxima, y Jesús subió a Jerusalén.

14 En el Templo encontró a los mercaderes de bueyes, de ovejas y de palomas, y a los cambistas sentados (a sus mesas) [10719] .

15 Y haciendo un azote de cuerdas, arrojó del Templo a todos, con las ovejas y los bueyes; desparramó las monedas de los cambistas y volcó sus mesas.

16 Y a los vendedores de palomas les dijo: “Quitad esto de aquí; no hagáis de la casa de mi Padre un mercado” [10720] .

17 Y sus discípulos se acordaron de que está escrito: “El celo de tu Casa me devora” [10721] .

18 Entonces los judíos le dijeron: “¿Qué señal nos muestras, ya que haces estas cosas?” [10722] .

19 Jesús les respondió: “Destruid este Templo, y en tres días Yo lo volveré a levantar” [10723] .

20 Replicáronle los judíos: “Se han empleado cuarenta y seis años en edificar este Templo, ¿y Tú, en tres días lo volverás a levantar?”

21 Pero Él hablaba del Templo de su cuerpo.

22 Y cuando hubo resucitado de entre los muertos, sus discípulos se acordaron de que había dicho esto, y creyeron a la Escritura y a la palabra que Jesús había dicho.

23 Mientras Él estaba en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los milagros que hacía.

24 Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque a todos los conocía [10724] ,

25 y no necesitaba de informes acerca del hombre, conociendo por sí mismo lo que hay en el hombre.

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Juan 3

El nuevo nacimiento por la fe.

1 Había un hombre de los fariseos, llamado Nicodemo, principal entre los judíos [10725] .

2 Vino de noche a encontrarle y le dijo: “Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro, porque nadie puede hacer los milagros que Tú haces, si Dios no está con él”.

3 Jesús le respondió: “En verdad, en verdad, te digo, si uno no nace de lo alto, no puede ver el reino de Dios” [10726] .

4 Nicodemo le dijo: “¿Cómo puede nacer un hombre, siendo viejo? ¿Puede acaso entrar en el seno de su madre y nacer de nuevo?”

5 Jesús le respondió: “En verdad, en verdad, te digo, si uno no nace del agua y del espíritu, no puede entrar en el reino de los cielos [10727] .

6 Lo nacido de la carne, es carne; y lo nacido del espíritu, es espíritu.

7 No te admires de que te haya dicho: “Os es necesario nacer de lo alto”.

8 El viento sopla donde quiere; tú oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene, ni adónde va. Así acontece con todo aquel que ha nacido del espíritu” [10728] .

9 A lo cual Nicodemo le dijo: “¿Cómo puede hacerse esto?”

10 Jesús le respondió: “¿Tú eres el doctor de Israel, y no entiendes esto?

11 En verdad, en verdad, te digo: nosotros hablamos lo que sabemos, y atestiguamos lo que hemos visto, y vosotros no recibís nuestro testimonio.

12 Si cuando os digo las cosas de la tierra, no creéis, ¿cómo creeréis si os digo las cosas del cielo? [10729]

13 Nadie ha subido al cielo, sino Aquel que descendió del cielo, el Hijo del hombre.

14 Y como Moisés, en el desierto, levantó la serpiente, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado [10730] .

15 Para que todo el que cree tenga en Él vida eterna”.

La revelación máxima.

16 Porque así amó Dios al mundo: hasta dar su Hijo único, para que todo aquel que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna [10731] .

17 Porque no envió Dios su Hijo al mundo para juzgar al mundo [10732] , sino para que el mundo por Él sea salvo.

18 Quien cree en, Él, no es juzgado, mas quien no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

19 Y éste es el juicio: que la luz ha venido al mundo, y los hombres han amado más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas [10733] .

20 Porque todo el que obra mal, odia la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprobadas.

21 Al contrario, el que pone en práctica la verdad, viene a la luz, para que se vea que sus obras están hechas en Dios.

Nuevo testimonio del Bautista.

22 Después de esto fue Jesús con sus discípulos al territorio de Judea y allí se quedó con ellos, y bautizaba.

23 Por su parte, Juan bautizaba en Ainón, junto a Salim, donde había muchas aguas, y se le presentaban las gentes y se hacían bautizar [10734] ;

24 porque Juan no había sido todavía aprisionado.

25 Y algunos discípulos de Juan tuvieron una discusión con un judío a propósito de la purificación.

26 Y fueron a Juan, y le dijeron: “Rabí, Aquel que estaba contigo al otro lado del Jordán, de quien tú diste testimonio, mira que también bautiza, y todo el mundo va a Él”.

27 Juan les respondió: “No puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo.

28 Vosotros mismos me sois testigos de que yo he dicho: «No soy yo el Mesías, sino que he sido enviado delante de Él».

29 El que tiene la esposa, es el esposo. El amigo del esposo, que está a su lado y le oye, experimenta una gran alegría con la voz del esposo. Esta alegría, que es la mía, está, pues, cumplida [10735] .

30 Es necesario que Él crezca y que yo disminuya [10736] .

31 El que viene de lo alto, está por encima de todos. Quien viene de la tierra, es terrenal y habla de lo terrenal. Aquel que viene del cielo está por encima de todos.

32 Lo que ha visto y oído, eso testifica, ¡y nadie admite su testimonio!

33 Pero el que acepta su testimonio ha reconocido auténticamente que Dios es veraz.

34 Aquel a quien Dios envió dice las palabras de Dios; porque Él no da con medida el Espíritu.

35 El Padre ama al Hijo y le ha entregado pleno poder.

36 Quien cree al Hijo tiene vida eterna; quien no quiere creer al Hijo no verá la vida, sino que la cólera de Dios permanece sobre él” [10737] .

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Juan 4

La samaritana.

1 Cuando el Señor supo que los fariseos estaban informados de que Jesús hacía más discípulos y bautizaba más que Juan –

2 aunque Jesús mismo no bautizaba, sino sus discípulos–

3 abandonó la Judea y se volvió a Galilea.

4 Debía, pues, pasar por Samaria.

5 Llegó a una ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la posesión que dio Jacob a su hijo José.

6 Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, pues, fatigado [10738] del viaje, se sentó así junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta.

7 Vino una mujer de Samaria a sacar agua. Jesús le dijo: “Dame de beber”.

8 Entretanto, sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar víveres [10739] .

9 Entonces la samaritana le dijo: “¿Cómo Tú, judío, me pides de beber a mí que soy mujer samaritana?” Porque los judíos no tienen comunicación con los samaritanos [10740] .

10 Jesús le respondió y dijo: “Si tú conocieras el don de Dios, y quien es el que te dice: «Dame de beber», quizá tú le hubieras pedido a Él, y Él te habría dado agua viva” [10741] .

11 Ella le dijo: “Señor, Tú no tienes con qué sacar, y el pozo es hondo; ¿de dónde entonces tienes esa agua viva?

12 Acaso eres Tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebió él mismo, y sus hijos y sus ganados?”

13 Respondióle Jesús: “Todos los que beben de esta agua, tendrán de nuevo sed;

14 mas quien beba el agua que Yo le daré, no tendrá sed nunca, sino que el agua que Yo le daré se hará en él fuente de agua surgente para vida eterna” [10742] .

15 Díjole la mujer: “Señor, dame esa agua, para que no tenga más sed, ni tenga más que venir a sacar agua” [10743] .

16 Él le dijo: “Ve a buscar a tu marido, y vuelve aquí”.

17 Replicóle la mujer y dijo: “No tengo marido”. Jesús le dijo: “Bien has dicho: «No tengo marido»;

18 porque cinco maridos has tenido, y el hombre que ahora tienes, no es tu marido; has dicho la verdad”.

19 Díjole la mujer: “Señor, veo que eres profeta.

20 Nuestros padres adoraron sobre este monte; según vosotros, en Jerusalén está el lugar donde se debe adorar”.

21 Jesús le respondió: “Mujer, créeme a Mí, porque viene la hora, en que ni sobre este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre [10744] .

22 Vosotros, adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos [10745] .

23 Pero la hora viene, y ya ha llegado, en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad [10746] ; porque también el Padre desea que los que adoran sean tales.

24 Dios es espíritu, y los que lo adoran, deben adorarlo en espíritu y en verdad” [10747] .

25 Díjole la mujer: “Yo sé que el Mesías –es decir el Cristo– ha de venir. Cuando Él venga, nos instruirá en todo”.

26 Jesús le dijo: “Yo lo soy. Yo que te hablo”.

27 En este momento llegaron los discípulos, y quedaron admirados de que hablase con una mujer. Ninguno, sin embargo, le dijo: “¿Qué preguntas?” o “¿Qué hablas con ella?”

28 Entonces la mujer, dejando su cántaro [10748] , se fue a la ciudad, y dijo a los hombres:

29 “Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿no será éste el Cristo?”

30 Y salieron de la ciudad para ir a encontrarlo.

31 Entretanto los discípulos le rogaron: “Rabí, come”.

32 Pero Él les dijo: “Yo tengo un manjar para comer, que vosotros no conocéis”.

33 Y los discípulos se decían entre ellos: “¿Alguien le habrá traído de comer?”

34 Mas Jesús les dijo: “Mi alimento es hacer la voluntad de Aquel que me envió y dar cumplimiento a su obra [10749] .

35 ¿No decís vosotros: Todavía cuatro meses, y viene la siega? Y bien, Yo os digo: Levantad vuestros ojos, y mirad los campos, que ya están blancos para la siega [10750] .

36 El que siega, recibe su recompensa y recoge la mies para la vida eterna, para que el que siembra se regocije al mismo tiempo que el que siega.

37 Pues en esto se verifica el proverbio: «Uno es el que siembra, otro el que siega».

38 Yo os he enviado a cosechar lo que vosotros no habéis labrado. Otros labraron, y vosotros habéis entrado en (posesión del fruto de) sus trabajos”.

39 Muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en Él por la palabra de la mujer que testificaba diciendo: “Él me ha dicho todo cuanto he hecho” [10751] .

40 Cuando los samaritanos vinieron a Él, le rogaron que se quedase con ellos; y se quedó allí dos días.

41 Y muchos más creyeron a causa de su palabra [10752] ,

42 y decían a la mujer: “Ya no creemos a causa de tus palabras; nosotros mismos lo hemos oído, y sabemos que Él es verdaderamente el Salvador del mundo”.

Jesús en Galilea.

43 Pasados aquellos dos días, partió para Galilea.

44 Ahora bien, Jesús mismo atestiguó que ningún profeta es honrado en su patria [10753] .

45 Cuando llegó a Galilea, fue recibido por los galileos, que habían visto todas las grandes cosas hechas por Él en Jerusalén durante la fiesta; porque ellos también habían ido a la fiesta.

Curación del hijo del cortesano.

46 Fue, pues, otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Y había un cortesano cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaúm.

47 Cuando él oyó que Jesús había vuelto de Judea a Galilea, se fue a encontrarlo, y le rogó que bajase para sanar a su hijo, porque estaba para morir.

48 Jesús le dijo: “¡Si no veis signos y prodigios, no creeréis!” [10754] .

49 Respondióle el cortesano: “Señor, baja antes que muera mi hijo”.

50 Jesús le dijo: “Ve, tu hijo vive”. Creyó este hombre a la palabra que le dijo Jesús y se puso en marcha [10755] .

51 Ya bajaba, cuando encontró a algunos de sus criados que le dijeron que su hijo vivía.

52 Preguntóles, entonces, la hora en que se había puesto mejor. Y le respondieron: “Ayer, a la hora séptima, le dejó la fiebre”.

53 Y el padre reconoció que ésta misma era la hora en que Jesús le había dicho: “Tu hijo vive”. Y creyó él, y toda su casa.

54 Este fue el segundo milagro que hizo Jesús vuelto de Judea a Galilea.

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Juan 5

El paralítico de la piscina.

1 Después de esto llegó una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén [10756] .

2 Hay en Jerusalén, junto a la (puerta) de las Ovejas una piscina llamada en hebreo Betesda, que tiene cinco pórticos.

3 Allí estaban tendidos una cantidad de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, que aguardaban que el agua se agitase. [

4 Porque un ángel bajaba de tiempo en tiempo y agitaba el agua; y el primero que entraba después del movimiento del agua, quedaba sano de su mal, cualquiera que este fuese] [10757] .

5 Y estaba allí un hombre, enfermo desde hacía treinta y ocho años.

6 Jesús, viéndolo tendido y sabiendo que estaba enfermo hacía mucho tiempo, le dijo: “¿Quieres ser sanado?”

7 El enfermo le respondió: “Señor, yo no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando el agua se agita; mientras yo voy, otro baja antes que yo”.

8 Díjole Jesús: “Levántate, toma tu camilla y anda”.

9 Al punto quedó sanado, tomó su camilla, y se puso a andar.

Discusión sobre el sábado. Ahora bien, aquel día era sábado:

10 Dijeron, pues, los judíos al hombre curado: “Es sábado; no te es lícito llevar tu camilla”.

11 Él les respondió: “El que me sanó, me dijo: Toma tu camilla y anda”.

12 Le preguntaron: “¿Quién es el que te dijo: Toma tu camilla y anda?”

13 El hombre sanado no lo sabía, porque Jesús se había retirado a causa del gentío que había en aquel lugar.

14 Después de esto lo encontró Jesús en el Templo y le dijo: “Mira que ya estas sano; no peques más, para que no te suceda algo peor” [10758] .

15 Fuese el hombre y dijo a los judíos que el que lo había sanado era Jesús.

16 Por este motivo atacaban los judíos a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.

17 Él les respondió: “Mi Padre continúa obrando, y Yo obro también” [10759] .

18 Con lo cual los judíos buscaban todavía más hacerlo morir, no solamente porque no observaba el sábado, sino porque llamaba a Dios su padre, igualándose de este modo a Dios.

Jesús se declara Hijo de Dios.

19 Entonces Jesús respondió y les dijo: “En verdad, en verdad, os digo, el Hijo no puede por Sí mismo hacer nada, sino lo que ve hacer al Padre; pero lo que Éste hace, el Hijo lo hace igualmente.

20 Pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que Él hace; y le mostrará aún cosas más grandes que éstas, para asombro vuestro.

21 Como el Padre resucita a los muertos y les devuelve la vida, así también el Hijo devuelve la vida a quien quiere.

22 Y el Padre no juzga a nadie, sino que ha dado todo el juicio al Hijo [10760] ,

23 a fin de que todos honren al Hijo como honran al Padre. Quien no honra al Hijo, no honra al Padre que lo ha enviado.

24 En verdad, en verdad, os digo: El que escucha mi palabra y cree a Aquel que me envió, tiene vida eterna y no viene a juicio [10761] , sino que ha pasado ya de la muerte a la vida.

25 En verdad, en verdad, os digo, vendrá el tiempo, y ya estamos en él, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y aquellos que la oyeren, revivirán [10762] .

26 Porque así como el Padre tiene la vida en Sí mismo, ha dado también al Hijo el tener la vida en Sí mismo.

27 Le ha dado también el poder de juzgar, porque es Hijo del hombre.

28 No os asombre esto, porque vendrá el tiempo en que todos los que están en los sepulcros oirán su voz;

29 y saldrán los que hayan hecho el bien, para resurrección de vida; y los que hayan hecho el mal, para resurrección de juicio.

30 Por Mí mismo Yo no puedo hacer nada. Juzgo según lo que oigo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió [10763] .

31 Si Yo doy testimonio de Mí mismo, mi testimonio no es verdadero [10764] .

32 Pero otro es el que da testimonio de Mí, y sé que el testimonio que da acerca de Mí es verdadero.

33 Vosotros enviasteis legados a Juan, y él dio testimonio a la verdad [10765] .

34 Pero no es que de un hombre reciba Yo testimonio, sino que digo esto para vuestra salvación [10766] .

35 Él era antorcha que ardía y brillaba, y vosotros quisisteis regocijaros un momento a su luz.

36 Pero el testimonio que Yo tengo es mayor que el de Juan, porque las obras que el Padre me ha dado para llevar a cabo, y que precisamente Yo realizo, dan testimonio de Mí, que es el Padre quien me ha enviado [10767] .

37 El Padre que me envió, dio testimonio de Mí. Y vosotros ni habéis jamás oído su voz, ni visto su semblante,

38 ni tampoco tenéis su palabra morando en vosotros, puesto que no creéis a quien Él envió.

39 Escudriñad las Escrituras, ya que pensáis tener en ellas la vida eterna: son ellas las que dan testimonio de Mí [10768] ,

40 ¡y vosotros no queréis venir a Mí para tener vida!

41 Gloria de los hombres no recibo [10769] ,

42 sino que os conozco (y sé) que no tenéis en vosotros el amor de Dios [10770] .

43 Yo he venido en el nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viniere en su propio nombre, ¡a ése lo recibiréis! [10771]

44 ¿Cómo podéis vosotros creer, si admitís alabanza los unos de los otros, y la gloria que viene del único Dios no la buscáis? [10772]

45 No penséis que soy Yo quien os va a acusar delante del Padre. Vuestro acusador es Moisés, en quien habéis puesto vuestra esperanza.

46 Si creyeseis a Moisés, me creeríais también a Mí, pues de Mí escribió Él [10773] .

47 Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras?”

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Juan 6

Primera multiplicación de los panes.

1 Después de esto, pasó Jesús al otro lado del mar de Galilea, o de Tiberíades [10774] .

2 Y le seguía un gran gentío, porque veían los milagros que hacía con los enfermos.

3 Entonces Jesús subió a la montaña y se sentó con sus discípulos.

4 Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos.

5 Jesús, pues, levantando los ojos y viendo que venía hacia Él una gran multitud, dijo a Felipe: “¿Dónde compraremos pan para que éstos tengan qué comer?” [10775] .

6 Decía esto para ponerlo a prueba, pues Él, por su parte, bien sabía lo que iba a hacer.

7 Felipe le respondió: “Doscientos denarios de pan no les bastarían para que cada uno tuviera un poco”.

8 Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Pedro, le dijo:

9 “Hay aquí un muchachito que tiene cinco panes de cebada y dos peces. Pero ¿qué es esto para tanta gente?”

10 Mas Jesús dijo: “Haced que los hombres se sienten”. Había mucha hierba en aquel lugar. Se acomodaron, pues, los varones, en número como de cinco mil.

11 Tomó, entonces, Jesús los panes, y habiendo dado gracias, los repartió a los que estaban recostados, y también del pescado, cuanto querían [10776] .

12 Cuando se hubieron hartado dijo a sus discípulos: “Recoged los trozos que sobraron, para que nada se pierda” [10777] .

13 Los recogieron y llenaron doce canastos con los pedazos de los cinco panes, que sobraron a los que habían comido [10778] .

14 Entonces aquellos hombres, a la vista del milagro que acababa de hacer, dijeron: “Éste es verdaderamente el profeta, el que ha de venir al mundo” [10779] .

15 Jesús sabiendo, pues, que vendrían a apoderarse de Él para hacerlo rey, se alejó de nuevo a la montaña, Él solo [10780] .

Jesús anda sobre las aguas.

16 Cuando llegó la tarde, bajaron sus discípulos al mar.

17 Y subiendo a la barca, se fueron al otro lado del mar, hacia Cafarnaúm, porque ya se había hecho oscuro, y Jesús no había venido aún a ellos.

18 Mas se levantó un gran viento y el mar se puso agitado.

19 Y después de haber avanzado veinticinco o treinta estadios, vieron a Jesús, que caminaba sobre el mar aproximándose a la barca, y se asustaron.

20 Pero Él les dijo: “No tengáis miedo”.

21 Entonces se decidieron a recibirlo en la barca, y en seguida la barca llegó a la orilla, adonde querían ir [10781] .

22 Al día siguiente, la muchedumbre que permaneció al otro lado del mar, notó que había allí una sola barca, y que Jesús no había subido en ella con sus discípulos, sino que sus discípulos se habían ido solos.

23 Mas llegaron barcas de Tiberíades junto al lugar donde habían comido el pan, después de haber el Señor dado gracias.

Discurso sobre el pan de vida y la Eucaristía.

24 Cuando, pues, la muchedumbre vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos, subieron en las barcas, y fueron a Cafarnaúm, buscando a Jesús.

25 Y al encontrarlo del otro lado del mar, le preguntaron: “Rabí, ¿cuándo llegaste acá?”

26 Jesús les respondió y dijo: “En verdad, en verdad, os digo, me buscáis, no porque visteis milagros, sino porque comisteis de los panes y os hartasteis [10782] .

27 Trabajad, no por el manjar que pasa, sino por el manjar que perdura para la vida eterna, y que os dará el Hijo del hombre, porque a Éste ha marcado con su sello el Padre, Dios” [10783] .

28 Ellos le dijeron: “¿Qué haremos, pues, para hacer las obras de Dios?”

29 Jesús, les respondió y dijo: “La obra de Dios es que creáis en Aquel a quien Él envió” [10784] .

30 Entonces le dijeron: “¿Qué milagro haces Tú, para que viéndolo creamos en Ti? ¿Qué obra haces? [10785]

31 Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: «Les dio de comer un pan del cielo»” [10786] .

32 Jesús les dijo: “En verdad, en verdad, os digo, Moisés no os dio el pan del cielo; es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo [10787] .

33 Porque el pan de Dios es Aquel que desciende del cielo y da la vida al mundo” [10788] .

34 Le dijeron: “Señor, danos siempre este pan” [10789] .

35 Respondióles Jesús: “Soy Yo el pan de vida; quien viene a Mí, no tendrá más hambre, y quien cree en Mí, nunca más tendrá sed [10790] .

36 Pero, os lo he dicho: a pesar de que me habéis visto, no creéis.

37 Todo lo que me da el Padre vendrá a Mí, y al que venga a Mí, no lo echaré fuera, ciertamente [10791] ,

38 porque bajé del cielo para hacer no mi voluntad, sino la voluntad del que me envió [10792] .

39 Ahora bien, la voluntad del que me envió, es que no pierda Yo nada de cuanto Él me ha dado, sino que lo resucite en el último día [10793] .

40 Porque ésta es la voluntad del Padre: que todo aquel que contemple al Hijo y crea en Él, tenga vida eterna; y Yo lo resucitaré en el último día” [10794] .

41 Entonces los judíos se pusieron a murmurar contra Él, porque habla dicho: “Yo soy el pan que bajó del cielo” [10795] ;

42 y decían: “No es éste Jesús, el Hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo, pues, ahora dice: «Yo he bajado del cielo?»”

43 Jesús les respondió y dijo: “No murmuréis entre vosotros.

44 Ninguno puede venir a Mí, si el Padre que me envió, no lo atrae; y Yo lo resucitaré en el último día [10796] .

45 Está escrito en los profetas: «Serán todos enseñados por Dios». Todo el que escuchó al Padre y ha aprendido, viene a Mí.

46 No es que alguien haya visto al Padre, sino Aquel que viene de Dios, Ése ha visto al Padre [10797] .

47 En verdad, en verdad, os digo, el que cree tiene vida eterna.

48 Yo soy el pan de vida.

49 Los padres vuestros comieron en el desierto el maná y murieron.

50 He aquí el pan, el que baja del cielo para que uno coma de él y no muera.

51 Yo soy el pan, el vivo, el que bajó del cielo. Si uno come de este pan vivirá para siempre, y por lo tanto el pan que Yo daré es la carne mía para la vida del mundo” [10798] .

52 Empezaron entonces los judíos a discutir entre ellos y a decir: “¿Cómo puede éste darnos la carne a comer?”

53 Díjoles, pues, Jesús: “En verdad, en verdad, os digo, si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis la sangre del mismo, no tenéis vida en vosotros.

54 El que de Mí come la carne y de Mí bebe la sangre, tiene vida eterna y Yo le resucitaré en el último día [10799] .

55 Porque la carne mía verdaderamente es comida y la sangre mía verdaderamente es bebida.

56 El que de Mí come la carne y de Mí bebe la sangre, en Mí permanece y Yo en él.

57 De la misma manera que Yo, enviado por el Padre viviente, vivo por el Padre, así el que me come, vivirá también por Mí [10800] .

58 Este es el pan bajado del cielo, no como aquel que comieron los padres, los cuales murieron. El que come este pan vivirá eternamente”.

59 Esto dijo en Cafarnaúm, hablando en la sinagoga [10801] .

Confesión de Pedro.

60 Después de haberío oído, muchos de sus discípulos dijeron: “Dura es esta doctrina: ¿Quién puede escucharla?” [10802] .

61 Jesús, conociendo interiormente que sus discípulos murmuraban sobre esto, les dijo: “¿Esto os escandaliza? [10803]

62 ¿Y si viereis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? [10804]

63 El espíritu es el que vivifica; la carne para nada aprovecha. Las palabras que Yo os he dicho, son espíritu y son vida [10805] .

64 Pero hay entre vosotros quienes no creen”. Jesús, en efecto, sabía desde el principio, quiénes eran los que creían, y quién lo había de entregar.

65 Y agregó: “He ahí por qué os he dicho que ninguno puede venir a Mí, si esto no le es dado por el Padre” [10806] .

66 Desde aquel momento muchos de sus discípulos volvieron atrás y dejaron de andar con Él.

67 Entonces Jesús dijo a los Doce: “¿Queréis iros también vosotros?”

68 Simón Pedro le respondió: “Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna [10807] .

69 Y nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo de Dios”.

70 Jesús les dijo: “¿No fui Yo acaso quien os elegí a vosotros los doce? ¡Y uno de vosotros es diablo!” [10808]

71 Lo decía por Judas Iscariote, hijo de Simón, pues él había de entregarlo: él, uno de los Doce.

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Juan 7

Viaje de Jesús a Jerusalén.

1 Después de esto, Jesús anduvo por Galilea; pues no quería andar por Judea porque los judíos trataban de matarlo [10809] .

2 Estando próxima la fiesta judía de los Tabernáculos [10810] ,

3 sus hermanos le dijeron: “Trasládate a Judea, para que tus discípulos también (allí) vean que obras haces.

4 Ninguno esconde las propias obras cuando él mismo desea estar en evidencia. Ya que Tú haces tales obras, muéstrate al mundo”.

5 Efectivamente, ni sus mismos hermanos creían en Él [10811] .

6 Jesús, por tanto, les respondió: “El tiempo no ha llegado aún para Mí; para vosotros siempre está a punto [10812] .

7 El mundo no puede odiaros a vosotros; a Mí, al contrario, me odia, porque Yo testifico contra él que sus obras son malas.

8 Id, vosotros, a la fiesta; Yo, no voy a esta fiesta, porque mi tiempo aún no ha llegado”.

9 Dicho esto, se quedó en Galilea.

10 Pero, después que sus hermanos hubieron subido a la fiesta, Él también subió, mas no ostensiblemente, sino como en secreto.

11 Buscábanle los judíos durante la fiesta y decían: “¿Dónde está Aquél?”

12 Y se cuchicheaba mucho acerca de Él en el pueblo. Unos decían: “Es un hombre de bien”. “No, decían otros, sino que extravía al pueblo”.

13 Pero nadie expresaba públicamente su parecer sobre Él, por miedo a los judíos [10813] .

Carácter divino de la doctrina de Cristo.

14 Estaba ya mediada la fiesta, cuando Jesús subió al Templo, y se puso a enseñar.

15 Los judíos estaban admirados y decían: “¿Cómo sabe éste letras, no habiendo estudiado?”

16 Replicóles Jesús y dijo: “Mi doctrina no es mía, sino del que me envió.

17 Si alguno quiere cumplir Su voluntad, conocerá si esta doctrina viene de Dios, o si Yo hablo por mi propia cuenta [10814] .

18 Quien habla por su propia cuenta, busca su propia gloria; pero quien busca la gloria del que lo envió, ese es veraz, y no hay en él injusticia [10815] .

19 ¿No os dio Moisés la Ley? Ahora bien, ninguno de vosotros observa la Ley. (Entonces) ¿por qué tratáis de quitarme la vida?” [10816] .

20 La turba le contestó: “Estas endemoniado. ¿Quién trata de quitarte la vida?”

21 Jesús les respondió y dijo: “Una sola obra he hecho, y por ello estáis desconcertados todos [10817] .

22 Moisés os dio la circuncisión –no que ella venga de Moisés, sino de los patriarcas– y la practicáis en día de sábado.

23 Si un hombre es circuncidado en sábado, para que no sea violada la Ley de Moisés: ¿cómo os encolerizáis contra Mí, porque en sábado sané a un hombre entero?

24 No juzguéis según las apariencias, sino que vuestro juicio sea justo.

Origen del Mesías.

25 Entonces algunos hombres de Jerusalén se pusieron a decir: “¿No es Éste a quien buscan para matarlo?

26 Y ved cómo habla en público sin que le digan nada. ¿Será que verdaderamente habrán reconocido los jefes que Él es el Mesías?

27 Pero sabemos de dónde es Éste [10818] ; mientras que el Mesías, cuando venga, nadie sabrá de dónde es”.

28 Entonces Jesús, enseñando en el Templo, clamó y dijo: “Sí, vosotros me conocéis y sabéis de dónde soy; pero es que Yo no he venido de Mí mismo; mas El que me envió, es verdadero; y a Él vosotros no lo conocéis [10819] .

29 Yo sí que lo conozco, porque soy de junto a Él, y es Él quien me envió”.

30 Buscaban [10820] , entonces, apoderarse de Él, pero nadie puso sobre Él la mano, porque su hora no había llegado aún.

Intento de prender a Jesús.

31 De la gente, muchos creyeron en Él, y decían: “Cuando el Mesías venga, ¿hará más milagros que los que Éste ha hecho?”

32 Oyeron los fariseos estos comentarios de la gente acerca de Él; y los sumos sacerdotes con los fariseos enviaron satélites para prenderlo.

33 Entonces Jesús dijo: “Por un poco de tiempo todavía estoy con vosotros; después me voy a Aquel que me envió.

34 Me buscaréis y no me encontraréis, porque donde Yo estaré, vosotros no podéis ir”.

35 Entonces los judíos se dijeron unos a otros: “¿Adónde, pues, ha de ir, que nosotros no lo encontraremos? ¿Irá a los que están dispersos entre los griegos o irá a enseñar a los griegos?

36 ¿Qué significan las palabras que acaba de decir: Me buscaréis y no me encontraréis, y donde Yo estaré, vosotros no podéis ir?”

Promesa del agua viva.

37 Ahora bien, el último día, el más solemne de la fiesta, Jesús poniéndose de pie, clamó: “Si alguno tiene sed venga a Mí, y beba [10821]

38 quien cree en Mí. Como ha dicho la Escritura: «de su seno manarán torrentes de agua viva».

39 Dijo esto del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en Él: pues aun no había Espíritu, por cuanto Jesús no había sido todavía glorificado [10822] .

40 Algunos del pueblo, oyendo estas palabras, decían: “A la verdad, Éste es el profeta”.

41 Otros decían: “Éste es el Cristo”; pero otros decían: “Por ventura ¿de Galilea ha de venir el Cristo?

42 ¿No ha dicho la Escritura que el Cristo ha de venir del linaje de David, y de Belén, la aldea de David?” [10823]

43 Se produjo así división en el pueblo a causa de Él.

Testimonio de los satélites y de Nicodemo.

44 Algunos de entre ellos querían apoderarse de Él, pero nadie puso sobre Él la mano.

45 Volvieron, pues, los satélites a los sumos sacerdotes y fariseos, los cuales les preguntaron: ¿Por qué no lo habéis traído?”

46 Respondieron los satélites: “¡Nadie jamás habló como este hombre!”

47 A lo cual los fariseos les dijeron: “¿También vosotros habéis sido embaucados?

48 ¿Acaso hay alguien entre los jefes o entre los fariseos que haya creído en Él? [10824]

49 Pero esa turba, ignorante de la Ley, son unos malditos”.

50 Mas Nicodemo, el que había venido a encontrarlo anteriormente [10825] , y que era uno de ellos, les dijo:

51 “¿Permite nuestra Ley condenar a alguien antes de haberío oído y de haber conocido sus hechos?”

52 Le respondieron y dijeron: “¿También tú eres de Galilea? Averigua y verás que de Galilea no se levanta ningún profeta” [10826] .

53 Y se fueron cada uno a su casa.

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Juan 8

La mujer adúltera.

1 Y Jesús se fue al Monte de los Olivos [10827] .

2 Por la mañana reapareció en el Templo y todo el pueblo vino a Él, y sentándose les enseñaba.

3 Entonces los escribas y los fariseos llevaron una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola en medio,

4 le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante delito de adulterio.

5 Ahora bien, en la Ley, Moisés nos ordenó apedrear a tales mujeres. ¿Y Tú, qué dices?” [10828]

6 Esto decían para ponerlo en apuros, para tener de qué acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir en el suelo, con el dedo.

7 Como ellos persistían en su pregunta, se enderezó y les dijo: “Aquel de vosotros que esté sin pecado, tire el primero la piedra contra ella”.

8 E inclinándose de nuevo, se puso otra vez a escribir en el suelo [10829] .

9 Pero ellos, después de oír aquello, se fueron uno por uno, comenzando por los más viejos, hasta los postreros, y quedó Él solo, con la mujer que estaba en medio [10830] .

10 Entonces Jesús, levantándose, le dijo: “Mujer, ¿dónde están ellos? ¿Ninguno te condenó?”

11 “Ninguno, Señor”, respondió ella. Y Jesús le dijo: “Yo no te condeno tampoco. Vete, desde ahora no peques más”.

Jesús, la luz del mundo.

12 Jesús les habló otra vez, y dijo: “Yo soy la luz del mundo. El que me siga, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” [10831] .

13 Le dijeron, entonces, los fariseos: “Tú te das testimonio a Ti mismo; tu testimonio no es verdadero” [10832] .

14 Jesús les respondió y dijo: “Aunque Yo doy testimonio de Mí mismo, mi testimonio es verdadero, porque sé de dónde vengo y adónde voy; mas vosotros no sabéis de dónde vengo ni adónde voy.

15 Vosotros juzgáis carnalmente; Yo no juzgo a nadie [10833] ;

16 y si Yo juzgo, mi juicio es verdadero, porque no soy Yo solo, sino Yo y el Padre que me envió.

17 Está escrito también en vuestra Ley que el testimonio de dos hombres es verdadero [10834] .

18 Ahora bien, para dar testimonio de Mí, estoy Yo mismo y el Padre que me envió”.

19 Ellos le dijeron: “¿Dónde está tu Padre?” Jesús respondió: “Vosotros no conocéis ni a Mí ni a mi Padre; si me conocieseis a Mí, conoceríais también a mi Padre”.

20 Dijo esto junto al Tesoro, enseñando en el Templo. Y nadie se apoderó de Él, porque su hora no había llegado aún.

Incredulidad de los judíos.

21 De nuevo les dijo: “Yo me voy y vosotros me buscaréis, mas moriréis en vuestro pecado. Adonde Yo voy, vosotros no podéis venir”.

22 Entonces los judíos dijeron: “Acaso va a matarse, pues que dice: Adonde Yo voy, vosotros no podéis venir”.

23 Y Él les dijo: “Vosotros sois de abajo; Yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo; Yo no soy de este mundo [10835] .

24 Por esto, os dije que moriréis en vuestros pecados. Sí, si no creéis que Yo soy (el Cristo), moriréis en vuestros pecados” [10836] .

25 Entonces le dijeron: “Pues ¿quién eres?” Respondióles Jesús: “Eso mismo que os digo desde el principio [10837] .

26 Tengo mucho que decir y juzgar de vosotros. Pues El que me envió es veraz, y lo que Yo oí a Él, esto es lo que enseño al mundo”.

27 ellos no comprendieron que les estaba hablando del Padre.

28 Jesús les dijo pues: “Cuando hayáis alzado al Hijo del hombre, entonces conoceréis que soy Yo (el Cristo), y que de Mí mismo no hago nada, sino que hablo como mi Padre me enseñó [10838] .

29 El que me envió, está conmigo. El no me ha dejado solo, porque Yo hago siempre lo que le agrada”.

30 Al decir estas cosas, muchos creyeron en Él [10839] .

La verdad nos hace libres.

31 Jesús dijo entonces a los judíos que le habían creído: “Si permanecéis en mi palabra [10840] , sois verdaderamente mis discípulos,

32 y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” [10841] .

33 Replicáronle: “Nosotros somos la descendencia de Abrahán, y jamás hemos sido esclavos de nadie; ¿cómo, pues, dices Tú, llegaréis a ser libres?” [10842]

34 Jesús les respondió: “En verdad, en verdad, os digo, todo el que comete pecado es esclavo [del pecado] [10843] .

35 Ahora bien, el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo queda para siempre.

36 Si, pues, el Hijo os hace libres, seréis verdaderamente libres.

37 Bien sé que sois la posteridad de Abrahán, y sin embargo, tratáis de matarme, porque mi palabra no halla cabida en vosotros.

38 Yo digo lo que he visto junto a mi Padre; y vosotros, hacéis lo que habéis aprendido de vuestro padre” [10844] .

39 Ellos le replicaron diciendo: “Nuestro padre es Abrahán”. Jesús les dijo: “Si fuerais hijos de Abrahán, haríais las obras de Abrahán.

40 Sin embargo, ahora tratáis de matarme a Mí, hombre que os he dicho la verdad que aprendí de Dios. ¡No hizo esto Abrahán!

41 Vosotros hacéis las obras de vuestro padre”. Dijéronle: “Nosotros no hemos nacido del adulterio; no tenemos más que un padre: ¡Dios!”

42 Jesús les respondió: “Si Dios fuera vuestro padre, me amaríais a Mí, porque Yo salí y vine de Dios. No vine por Mí mismo sino que Él me envió.

43 ¿Por qué, pues, no comprendéis mi lenguaje? Porque no podéis sufrir mi palabra [10845] .

44 Vosotros sois hijos del diablo, y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Él fue homicida desde el principio, y no permaneció en la verdad, porque no hay nada de verdad en él. Cuando profiere la mentira, habla de lo propio, porque él es mentiroso y padre de la mentira [10846] .

45 Y a Mí porque os digo la verdad, no me creéis.

46 ¿Quien de vosotros puede acusarme de pecado? Y entonces; si digo la verdad, ¿por qué no me creéis?

47 El que es de Dios, escucha las palabras de Dios; por eso no la escucháis vosotros, porque no sois de Dios”.

Nuevas diatribas de los judíos.

48 A lo cual los judíos respondieron diciéndole: “¿No tenemos razón, en decir que Tú eres un samaritano y un endemoniado?” [10847]

49 Jesús repuso: “Yo no soy un endemoniado, sino que honro a mi Padre, y vosotros me estáis ultrajando.

50 Mas Yo no busco mi gloria; hay quien la busca y juzgará [10848] .

51 En verdad, en verdad, os digo, si alguno guardare mi palabra, no verá jamás la muerte” [10849] .

52 Respondiéronle los judíos “Ahora sabemos que estás endemoniado. Abrahán murió, los profetas también; y tú dices: “Si alguno guardare mi palabra no gustará jamás la muerte”.

53 ¿Eres tú, pues, más grande que nuestro padre Abrahán, el cual murió? Y los profetas también murieron; ¿quién te haces a Ti mismo?”

54 Jesús respondió: “Si Yo me glorifico a Mí mismo, mi gloria nada es; mi Padre es quien me glorifica: Aquel de quien vosotros decís que es vuestro Dios [10850] ;

55 mas vosotros no lo conocéis. Yo sí que lo conozco, y si dijera que no lo conozco, sería mentiroso como vosotros, pero lo conozco y conservo su palabra.

56 Abrahán, vuestro padre, exultó por ver mi día; y lo vio y se llenó de gozo” [10851] .

57 Dijéronle, pues, los judíos: “No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?”

58 Díjoles Jesús: “En verdad, en verdad os digo: Antes que Abrahán existiera, Yo soy” [10852] .

59 Entonces tomaron piedras para arrojarlas sobre Él. Pero Jesús se ocultó y salió del Templo.

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Juan 9

Curación del ciego de nacimiento.

1 Al pasar vio a un hombre, ciego de nacimiento.

2 Sus discípulos le preguntaron: “Rabí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que naciese ciego?” [10853]

3 Jesús les respondió: “Ni él ni sus padres, sino que ello es para que las obras de Dios sean manifestadas en él.

4 Es necesario que cumplamos las obras del que me envió, mientras es de día; viene la noche, en que ya nadie puede obrar.

5 Mientras estoy en el mundo, soy luz de (este) mundo” [10854] .

6 Habiendo dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva y le untó los ojos con el barro.

7 Después le dijo: “Ve a lavarte a la piscina del Siloé” [10855] , que se traduce “El Enviado”. Fue, pues, se lavó y volvió con vista.

8 Entonces los vecinos y los que antes lo habían visto –pues era mendigo– dijeron: “¿No es éste el que estaba sentado y pedía limosna?”

9 Unos decían: “Es él”; otros: “No es él, sino que se le parece”. Pero él decía: “Soy yo”.

10 Entonces le preguntaron: “Cómo, pues, se abrieron tus ojos”

11 Respondió: “Aquel hombre que se llama Jesús, hizo barro, me untó con él los ojos y me dijo: “Ve al Siloé y lávate”. Fui, me lavé y vi”.

12 Le preguntaron: “¿Dónde está Él?” Respondió: “No lo sé”.

13 Llevaron, pues, a los fariseos al que antes había sido ciego.

14 Ahora bien, el día en que Jesús había hecho barro y le había abierto los ojos era sábado.

15 Y volvieron a preguntarle los fariseos cómo había llegado a ver. Les respondió: “Puso barro sobre mis ojos, y me lavé, y veo”.

16 Entonces entre los fariseos, unos dijeron: “Ese hombre no es de Dios, porque no observa el sábado”. Otros, empero, dijeron: “¿Cómo puede un pecador hacer semejante milagro?” Y estaban en desacuerdo.

17 Entonces preguntaron nuevamente al ciego: “Y tú, ¿qué dices de Él por haberte abierto los ojos?” Respondió: “Es un profeta” [10856] .

18 Mas los judíos no creyeron que él hubiese sido ciego y que hubiese recibido la vista, hasta que llamaron a los padres del que había recibido la vista.

19 Les preguntaron: “¿Es éste vuestro hijo, el que vosotros decís que nació ciego? Pues, ¿cómo ve ahora?”

20 Los padres respondieron: “Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego;

21 pero cómo es que ahora ve, no lo sabemos; y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco sabemos. Preguntádselo a él: edad tiene, él hablará por sí mismo”.

22 Los padres hablaron así, porque temían a los judíos. Pues éstos se habían ya concertado para que quienquiera lo reconociese como Cristo, fuese excluido de la Sinagoga.

23 Por eso sus padres dijeron: “Edad tiene, preguntadle a él”.

24 Entonces llamaron por segunda vez al que había sido ciego, y le dijeron: “¡Da gloria a Dios! Nosotros sabemos que este hombre es pecador”.

25 Mas él repuso: “Si es pecador, no lo sé; una cosa sé, que yo era ciego, y que al presente veo”.

26 A lo cual le preguntaron otra vez: “¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?”

27 Contestóles: “Ya os lo he dicho, y no lo escuchasteis. ¿Para qué queréis oírlo de nuevo? ¿Queréis acaso vosotros también haceros sus discípulos?” [10857]

28 Entonces lo injuriaron y le dijeron: “Tú sé su discípulo; nosotros somos los discípulos de Moisés.

29 Nosotros sabemos que Dios habló a Moisés; pero éste, no sabemos de dónde es”.

30 Les replicó el hombre y dijo: “He aquí lo que causa admiración, que vosotros no sepáis de dónde es Él, siendo así que me ha abierto los ojos [10858] .

31 Sabemos que Dios no oye a los pecadores, pero al que es piadoso y hace su voluntad, a ése le oye.

32 Nunca jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento.

33 Si Él no fuera de Dios, no podría hacer nada”.

34 Ellos le respondieron diciendo: “En pecados naciste todo tú, ¿y nos vas a enseñar a nosotros?” Y lo echaron fuera [10859] .

Los ciegos verán y los videntes cegarán.

35 Supo Jesús que lo habían arrojado, y habiéndolo encontrado, le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?”

36 Él respondió y dijo: “¿Quién es, Señor, para que crea en Él?”

37 Díjole Jesús: “Lo estás viendo, es quien te habla” [10860] .

38 Y él repuso: “Creo, Señor”, y lo adoró.

39 Entonces Jesús dijo: “Yo he venido a este mundo para un juicio: para que vean los que no ven; y los que ven queden ciegos” [10861] .

40 Al oír esto, algunos fariseos que se encontraban con Él, le preguntaron: “¿Acaso también nosotros somos ciegos?”

41 Jesús les respondió: “Si fuerais ciegos, no tendríais pecado. Pero ahora que decís: «vemos», vuestro pecado persiste” [10862] .

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Juan 10

El Buen Pastor.

1 “En verdad, en verdad, os digo, quien no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que sube por otra parte, ése es un ladrón y un salteador [10863] .

2 Mas el que entra por la puerta, es el pastor de las ovejas.

3 A éste le abre el portero, y las ovejas oyen su voz, y él llama por su nombre a las ovejas propias, y las saca fuera [10864] .

4 Cuando ha hecho salir todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen porque conocen su voz [10865] .

5 Mas al extraño no le seguirán, antes huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños” [10866] .

6 Tal es la parábola, que les dijo Jesús, pero ellos no comprendieron de qué les hablaba.

7 Entonces Jesús prosiguió: “En verdad, en verdad, os digo, Yo soy la puerta de las ovejas.

8 Todos cuantos han venido antes que Yo son ladrones y salteadores, mas las ovejas no los escucharon [10867] .

9 Yo soy la puerta, si alguno entra por Mí, será salvo; podrá ir y venir y hallará pastos.

10 El ladrón no viene sino para robar, para degollar, para destruir. Yo he venido para que tengan vida y vida sobreabundante.

11 Yo soy el pastor, el Bueno. El buen pastor pone su vida por las ovejas [10868] .

12 Mas el mercenario, el que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, viendo venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa;

13 porque es mercenario y no tiene interés en las ovejas.

14 Yo soy el pastor bueno, y conozco las mías, y las mías me conocen,

15 –así como el Padre me conoce y Yo conozco al Padre– y pongo mi vida por mis ovejas.

16 Y tengo otras ovejas que no son de este aprisco. A ésas también tengo que traer; ellas oirán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor [10869] .

17 Por esto me ama el Padre, porque Yo pongo mi vida para volver a tomarla [10870] .

18 Nadie me la puede quitar, sino que Yo mismo la pongo. Tengo el poder de ponerla, y tengo el poder de recobrarla. Tal es el mandamiento que recibí de mi Padre” [10871] .

Jesús confirma su misión mesiánica y su filiación divina.

19 Y de nuevo los judíos se dividieron a causa de estas palabras.

20 Muchos decían: “Es un endemoniado, está loco. ¿Por qué lo escucháis?” [10872]

21 Otros decían: “Estas palabras no son de un endemoniado. ¿Puede acaso un demonio abrir los ojos de los ciegos?”

22 Llegó entre tanto la fiesta de la Dedicación en Jerusalén. Era invierno [10873] ,

23 y Jesús se paseaba en el Templo, bajo el pórtico de Salomón.

24 Lo rodearon, entonces, y le dijeron: “¿Hasta cuándo tendrás nuestros espíritus en suspenso? Si Tú eres el Mesías, dínoslo claramente”.

25 Jesús les replicó: “Os lo he dicho, y no creéis. Las obras que Yo hago en el nombre de mi Padre, ésas son las que dan testimonio de Mí.

26 Pero vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas.

27 Mis ovejas oyen mi voz, Yo las conozco y ellas me siguen.

28 Y Yo le daré vida eterna, y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano.

29 Lo que mi Padre me dio es mayor que todo, y nadie lo puede arrebatar de la mano de mi Padre [10874] .

30 Yo y mi Padre somos uno” [10875] .

31 De nuevo los judíos recogieron piedras para lapidarlo.

32 Entonces Jesús les dijo: “Os he hecho ver muchas obras buenas, que son de mi Padre. ¿Por cuál de ellas queréis apedrearme?”

33 Los judíos le respondieron: “No por obra buena te apedreamos, sino porque blasfemas, y siendo hombre, te haces a Ti mismo Dios”.

34 Respondióles Jesús: “¿No está escrito en vuestra Ley: «Yo dije: sois dioses?» [10876]

35 Si ha llamado dioses a aquellos a quienes fue dirigida la palabra de Dios –y la Escritura no puede ser anulada [10877]

36 ¿cómo de Aquel que el Padre consagró y envió al mundo, vosotros decís: «Blasfemas», porque dije: «Yo soy el Hijo de Dios?» [10878]

37 Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis;

38 pero ya que las hago, si no queréis creerme, creed al menos, a esas obras, para que sepáis y conozcáis que el Padre es en Mí, y que Yo soy en el Padre”.

39 Entonces trataron de nuevo de apoderarse de Él, pero se escapó de entre sus manos [10879] .

40 Y se fue nuevamente al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había bautizado primero, y allí se quedo.

41 Y muchos vinieron a Él, y decían: “Juan no hizo milagros, pero todo lo que dijo de Éste, era verdad”.

42 Y muchos allí creyeron en Él.

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Juan 11

La resurrección de Lázaro.

1 Había uno que estaba enfermo, Lázaro de Betania, la aldea de María y de Marta su hermana.

2 María era aquella que ungió con perfumes al Señor y le enjugó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro estaba, pues, enfermo [10880] .

3 Las hermanas le enviaron a decir: “Señor, el que Tú amas está enfermo” [10881] .

4 Al oír esto, Jesús dijo: “Esta enfermedad no es mortal, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea por ella glorificado”.

5 Y Jesús amaba a Marta y a su hermana y a Lázaro.

6 Después de haber oído que estaba enfermo se quedó aún dos días allí donde se encontraba.

7 Sólo entonces dijo a sus discípulos: “Volvamos a Judea”.

8 Sus discípulos le dijeron: “Rabí, hace poco te buscaban los judíos para lapidarte, ¿y Tú vuelves allá?”

9 Jesús repuso: “¿No tiene el día doce horas? Si uno anda de día, no tropieza, porque tiene luz de este mundo [10882] .

10 Pero si anda de noche, tropieza, porque no tiene luz”.

11 Así habló Él; después les dijo: “Lázaro nuestro amigo, se ha dormido; pero voy a ir a despertarlo”.

12 Dijéronle los discípulos: “Señor, si duerme, sanará”.

13 Mas Jesús había hablado de su muerte, y ellos creyeron que hablaba del sueño.

14 Entonces Jesús les dijo claramente: “Lázaro ha muerto.

15 Y me alegro de no haber estado allí a causa de vosotros, para que creáis. Pero vayamos a él”.

16 Entonces Tomás, el llamado Dídimo, dijo a los otros discípulos: “Vayamos también nosotros a morir con Él” [10883] .

17 Al llegar, oyó Jesús que llevaba ya cuatro días en el sepulcro.

18 Betania se encuentra cerca de Jerusalén, a unos quince estadios [10884] .

19 Muchos judíos habían ido a casa de Marta y María para consolarlas por causa de su hermano.

20 Cuando Marta supo que Jesús llegaba, fue a su encuentro, en tanto que María se quedó en casa.

21 Marta dijo, pues, a Jesús: “Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano.

22 Pero sé que lo que pidieres a Dios, te lo concederá” [10885] .

23 Díjole Jesús: “Tu hermano resucitará”.

24 Marta repuso: “Sé que resucitará en la resurrección en el último día” [10886] .

25 Replicóle Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida; quien cree en Mí, aunque muera, revivirá [10887] .

26 Y todo viviente y creyente en Mí, no morirá jamás. ¿Lo crees tú?”

27 Ella le respondió: “Sí, Señor. Yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de, Dios, el que viene a este mundo” [10888] .

28 Dicho esto, se fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en secreto [10889] : “El maestro está ahí y te llama”.

29 Al oír esto, ella se levantó apresuradamente, y fue a Él.

30 Jesús no había llegado todavía a la aldea, sino que aún estaba en el lugar donde Marta lo había encontrado.

31 Los judíos que estaban con María en la casa, consolándola, al verla levantarse tan súbitamente y salir, le siguieron, pensando que iba a la tumba para llorar allí.

32 Cuando María llegó al lugar donde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies, y le dijo: “Señor, si Tú hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”.

33 y Jesús, viéndola llorar, y llorar también a los judíos que la acompañaban se estremeció en su espíritu, y se turbó a sí mismo.

34 Y dijo: “¿Dónde lo habéis puesto?” Le respondieron: “Señor, ven a ver”.

35 Y Jesús lloró [10890] .

36 Los judíos dijeron: “¡Cuánto lo amaba!”

37 Algunos de entre ellos, sin embargo, dijeron: “El que abrió los ojos del ciego, ¿no podía hacer que éste no muriese?”

38 Jesús de nuevo estremeciéndose en su espíritu, llegó a la tumba: era una cueva; y tenía una piedra puesta encima.

39 Y dijo Jesús: “Levantad la piedra”. Marta, hermana del difunto, le observó: “Señor, hiede ya, porque es el cuarto día”.

40 Repúsole Jesús: “¿No te he dicho que, si creyeres, verás la gloria de Dios?”

41 Alzaron, pues, la piedra. Entonces Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: “Padre, te doy gracias por haberme oído.

42 Bien sabía que siempre me oyes, mas lo dije por causa del pueblo que me rodea, para que crean que eres Tú quien me has enviado”.

43 Cuando hubo hablado así, clamó a gran voz: “¡Lázaro, ven fuera!”

44 Y el muerto salió, ligados los brazos y las piernas con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: “Desatadlo, y dejadlo ir” [10891] .

Profecía de Caifás.

45 Muchos judíos, que habían venido a casa de María, viendo lo que hizo, creyeron en Él.

46 Algunos de entre ellos, sin embargo, se fueron de allí a encontrar a los fariseos, y les dijeron lo que Jesús había hecho.

47 Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos reunieron un consejo y dijeron: “¿Qué haremos? Porque este hombre hace muchos milagros.

48 Si le dejamos continuar, todo el mundo va a creer en Él, y los romanos vendrán y destruirán nuestro Lugar (santo) y también nuestro pueblo”.

49 Pero uno de ellos, Caifás, que era Sumo Sacerdote en aquel año, les dijo: “Vosotros no entendéis nada,

50 y no discurrís que os es preferible que un solo hombre muera por todo el pueblo, antes que todo el pueblo perezca”.

51 Esto, no lo dijo por sí mismo, sino que, siendo Sumo Sacerdote en aquel año, profetizó que Jesús había de morir por la nación [10892] ,

52 y no por la nación solamente, sino también para congregar en uno a todos los hijos de Dios dispersos.

53 Desde aquel día tomaron la resolución de hacerlo morir.

54 Por esto Jesús no anduvo más, ostensiblemente, entre los judíos, sino que se fue a la región vecina al desierto, a una ciudad llamada Efraím, y se quedó allí con sus discípulos [10893] .

55 Estaba próxima la Pascua de los judíos, y muchos de aquella región subieron a Jerusalén antes de la Pascua, para purificarse.

56 Y, en el Templo, buscaban a Jesús, y se preguntaban unes a otros: “¿Que os parece? ¿No vendrá a la fiesta?”

57 Entre tanto, los sumos sacerdotes y los fariseos habían impartido órdenes para que quienquiera supiese dónde estaba, lo manifestase, a fin de apoderarse de Él.

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Juan 12

María unge a Jesús.

1 Jesús, seis días antes de la Pascua, vino a Betania donde estaba Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos.

2 Le dieron allí una cena: Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban a la mesa con Él.

3 Entonces María tomó una libra de ungüento de nardo puro de gran precio ungió con él los pies de Jesús y los enjugó con sus cabellos, y el olor del ungüento llenó toda la casa [10894] .

4 Judas el Iscariote, uno de mis discípulos, el que había de entregarlo, dijo:

5 “¿Por qué no se vendió este ungüento en trescientos denarios, y se dio para los pobres?”

6 No dijo esto porque se cuidase de los pobres, sino porque era ladrón; y como él tenía la bolsa, sustraía lo que se echaba en ella [10895] .

7 Mas Jesús dijo: “Déjala, que para el día de mi sepultura lo guardaba.

8 Porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, mas a Mí no siempre me tenéis”.

9 Entre tanto una gran multitud de judíos supieron que Él estaba allí, y vinieron, no por Jesús solo, sino también para ver a Lázaro, a quien Él había resucitado de entre los muertos.

10 Entonces los sumos sacerdotes tomaron la resolución de matar también a Lázaro [10896] ,

11 porque muchos judíos, a causa de él, se alejaban y creían en Jesús.

Entrada triunfal en Jerusalén.

12 Al día siguiente, la gran muchedumbre de los que habían venido a la fiesta, enterados de que Jesús venía a Jerusalén [10897] ,

13 tomaron ramas de palmeras, y salieron a su encuentro; y clamaban: “¡Hosanna! ¡Bendito sea el que viene en nombre del Señor y el rey de Israel!”

14 Y Jesús hallando un pollino, montó sobre él, según está escrito:

15 “No temas, hija de Sión, he aquí que tu rey viene, montado sobre un asnillo”.

16 Esto no entendieron sus discípulos al principio; mas cuando Jesús fue glorificado, se acordaron de que esto había sido escrito de Él, y que era lo que habían hecho con Él.

17 Entre tanto el gentío que estaba con Él cuando llamó a Lázaro de la tumba y lo resucitó de entre los muertos, daba testimonio de ello.

18 Y por eso la multitud le salió al encuentro, porque habían oído que Él había hecho este milagro.

19 Entonces los fariseos se dijeron unos a otros: “Bien veis que no adelantáis nada. Mirad cómo todo el mundo se va tras Él”.

Paganos quieren ver a Jesús.

20 Entre los que subían para adorar en la fiesta, había algunos griegos [10898] .

21 Estos se acercaron a Felipe, que era de Betsaida en Galilea, y le hicieron este ruego: “Señor, deseamos ver a Jesús”.

22 Felipe fue y se lo dijo a Andrés; y los dos fueron a decirlo a Jesús.

23 Jesús les respondió y dijo: “¿Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado?” [10899]

24 En verdad, en verdad, os digo: si el grano de trigo arrojado en tierra no muere, se queda solo; mas si muere, produce fruto abundante [10900] .

25 Quien ama su alma, la pierde; y quien aborrece su alma en este mundo, la conservará para vida eterna.

26 Si alguno me quiere servir, sígame, y allí donde Yo estaré, mi servidor estará también; si alguno me sirve, el Padre lo honrará”.

Testimonio del Padre.

27 “Ahora mi alma está turbada: ¿y qué diré? ¿Padre, presérvame de esta hora? ¡Mas precisamente para eso he llegado a esta hora! [10901]

28 Padre glorifica tu nombre”. Una voz, entonces, bajo del cielo: “He glorificado ya, y glorificaré aún” [10902] .

29 La muchedumbre que ahí estaba y oyó, decía que había sido un trueno; otros decían: “Un ángel le ha hablado” [10903] .

30 Entonces Jesús respondió y dijo: “Esta voz no ha venido por Mí, sino por vosotros.

31 Ahora es el juicio de este mundo, ahora el príncipe de este mundo será expulsado [10904] .

32 Y Yo, una vez levantado de la tierra, lo atraeré todo hacia Mí” [10905] .

33 Decía esto para indicar de cuál muerte había de morir.

34 El pueblo le replicó: “Nosotros sabemos por la Ley que el Mesías morará entre nosotros para siempre; entonces, ¿cómo puedes Tú decir que es necesario que el Hijo del hombre sea levantado? ¿Quién es este Hijo del hombre?” [10906]

35 Jesús les dijo: “Poco tiempo está aún la luz entre vosotros; mientras tenéis la luz, caminad, no sea que las tinieblas os sorprendan; el que camina en tinieblas, no sabe adónde va [10907] .

36 Mientras tenéis la luz, creed en la luz, para volveros hijos de la luz”. Después de haber dicho esto, Jesús se alejó y se ocultó de ellos [10908] .

Anuncio de la incredulidad.

37 Mas a pesar de los milagros tan grandes que Él había hecho delante de ellos, no creían en Él [10909] .

38 Para que se cumpliese la palabra del profeta Isaías que dijo: “Señor, ¿quién ha creído a lo que oímos (de Ti) y el brazo del Señor, ¿a quién ha sido manifestado?” [10910]

39 Ellos no podían creer, porque Isaías también dijo [10911] :

40 “Él ha cegado sus ojos y endurecido sus corazones, para que no vean con sus ojos, ni entiendan con su corazón, ni se conviertan, ni Yo los sane”.

41 Isaías dijo esto cuando vio su gloria, y de Él habló.

Jesús, Legado divino.

42 Sin embargo, aun entre los jefes, muchos creyeron en Él, pero a causa de los fariseos, no (lo) confesaban, de miedo de ser excluidos de las sinagogas [10912] ;

43 porque amaron más la gloria de los hombres que la gloria de Dios.

44 Y Jesús clamó diciendo: “El que cree en Mí, no cree en Mí, sino en Aquel que me envió [10913] ;

45 y el que me ve, ve al que me envió [10914] .

46 Yo la luz, he venido al mundo para que todo el que cree en Mí no quede en tinieblas [10915] .

47 Si alguno oye mis palabras y nos las observa, Yo no lo juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvarlo [10916] .

48 El que me rechaza y no acepta mi palabra, va tiene quien lo juzgará: la palabra que Yo he hablado, ella será la que lo condenará, en el último día [10917] .

49 Porque Yo no he hablado por Mí mismo, sino que el Padre, que me envió, me prescribió lo que debo decir y enseñar [10918] ;

50 y sé que su precepto es vida eterna. Lo que Yo digo, pues, lo digo como el Padre me lo ha dicho”.

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III. PLÁTICAS DE DESPEDIDA

(13,1- 17,26)

Juan 13

Jesús lava los pies a sus discípulos.

1 Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora para que pasase de este mundo al Padre, como amaba a los suyos, los que estaban en el mundo, los amó hasta el fin [10919] .

2 Y mientras cenaban, cuando el diablo había ya puesto en el corazón de Judas, el Iscariote, hijo de Simón, el entregarlo,

3 sabiendo que su Padre todo se lo había dado a Él en las manos, que había venido de Dios y que a Dios volvía [10920] .

4 se levantó de la mesa, se quitó sus vestidos [10921] , y se ciñó un lienzo.

5 Luego, habiendo echado agua en un lebrillo, se puso a lavar los pies de sus discípulos y a enjugarlos con el lienzo con que estaba ceñido [10922] .

6 Llegando a Simón Pedro, éste le dijo: “Señor, ¿Tú lavarme a mí los pies?”

7 Jesús le respondió: “Lo que Yo hago, no puedes comprenderlo ahora, pero lo comprenderás después.

8 Pedro le dijo: “No, jamás me lavarás Tú los pies”. Jesús le respondió. “Si Yo no te lavo, no tendrás nada de común conmigo” [10923] .

9 Simón Pedro le dijo: “Entonces, Señor, no solamente los pies, sino también las manos y la cabeza”.

10 Jesús le dijo: “Quien está bañado, no necesita lavarse [más que los pies] [10924] , porque está todo limpio. Y vosotros estáis limpios, pero no todos”.

11 Él sabía, en efecto, quién lo iba a entregar; por eso dijo: “No todos estáis limpios”.

12 Después de lavarles los pies, tomó sus vestidos, se puso de nuevo a la mesa y les dijo: “¿Comprendéis lo que os he hecho?

13 Vosotros me decís: «Maestro» y «Señor», y decís bien, porque lo soy.

14 Si, pues, Yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis unos a otros lavaros los pies [10925] ,

15 porque os he dado el ejemplo, para que hagáis como Yo os he hecho.

16 En verdad, en verdad, os digo, no es el siervo más grande que su Señor ni el enviado mayor que quien lo envía.

17 Sabiendo esto, seréis dichosos al practicarlo.

18 No hablo de vosotros todos; Yo sé a quiénes escogí; sino para que se cumpla la Escritura: «El que come mi pan, ha levantado contra Mí su calcañar» [10926] .

19 Desde ahora os lo digo, antes que suceda, a fin de que, cuando haya sucedido, creáis que soy Yo.

20 En verdad, en verdad, os digo, quien recibe al que Yo enviare, a Mí me recibe; y quien me recibe a Mí, recibe al que me envió”.

Jesús denuncia al traidor.

21 Habiendo dicho esto, Jesús se turbó en su espíritu y manifestó abiertamente: “En verdad, en verdad, os digo, uno de vosotros me entregará”.

22 Los discípulos se miraban unos a otros, no sabiendo de quién hablaba.

23 Uno de sus discípulos, aquel a quien Jesús amaba [10927] , estaba recostado a la mesa en el seno de Jesús.

24 Simón Pedro dijo, pues, por señas a ése: “Di, quién es aquel de quien habla?”

25 Y él, reclinándose así sobre el pecho dé Jesús, le preguntó: “Señor, ¿quién es?”

26 Jesús le respondió: “Es aquel a quien daré el bocado [10928] , que voy a mojar”. Y mojando un bocado, lo tomó y se lo dio a Judas Iscariote, hijo de Simón.

27 Y tras el bocado, en ese momento, entró en él Satanás. Jesús le dijo, pues: “Lo que haces, hazlo más pronto”

[10929] .

28 Mas ninguno de los que estaban a la mesa entendió a qué propósito le dijo esto.

29 Como Judas tenía la bolsa, algunos pensaron que Jesús le decía: “Compra lo que nos hace falta para la fiesta”, o que diese algo a los pobres.

30 En seguida qué tomó el bocado, salió. Era de noche.

El mandamiento nuevo.

31 Cuando hubo salido, dijo Jesús: “Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado, y Dios glorificado en Él [10930] .

32 Si Dios ha sido glorificado en Él, Dios también lo glorificará en Sí mismo, y lo glorificará muy pronto.

33 Hijitos míos, ya no estaré sino poco tiempo con vosotros. Me buscaréis, y, como dije a los judíos, también lo digo a vosotros ahora: “Adónde Yo voy, vosotros no podéis venir”.

34 Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros: para que, así como Yo os he amado, vosotros también os améis unos a otros [10931] .

35 En esto reconocerán todos que sois discípulos míos, si tenéis amor unos para otros”.

Anuncia la negación de Pedro.

36 Simón Pedro le dijo: “Señor, ¿adónde vas?” Jesús le respondió: “Adonde Yo voy, tú no puedes seguirme ahora, pero más tarde me seguirás” [10932] .

37 Pedro le dijo: “¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por Ti”.

38 Respondió Jesús: “¿Tú darás tu vida por Mí?” En verdad, en verdad, te digo, no cantará el gallo hasta que tú me hayas negado tres veces” [10933] .

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Juan 14

El supremo discurso de Jesús:

1 No se turbe vuestro corazón: creed en Dios, creed también en Mí [10934] .

2 En la casa de mi Padre hay muchas moradas; y si no, os lo habría dicho, puesto que voy a preparar lugar para vosotros [10935] .

3 Y cuando me haya ido y os haya preparado el lugar, vendré otra vez y os tomaré junto a Mí, a fin de que donde Yo estoy, estéis vosotros también [10936] .

4 Y del lugar adonde Yo voy, vosotros sabéis el camino” [10937] .

5 Díjole Tomás: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo, pues, sabremos el camino?”

6 Jesús le replicó: “Soy Yo el camino, y la verdad, y la vida; nadie va al Padre, sino por Mí [10938] .

7 Si vosotros me conocéis, conoceréis también a mi Padre. Más aún, desde ahora lo conocéis y lo habéis visto”.

8 Felipe le dijo: “Señor, muéstranos al Padre, y esto nos basta”.

9 Respondióle Jesús: “Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, ¿y tú no me has conocido, Felipe? El que me ha visto, ha visto a mi Padre. ¿Cómo puedes decir: Muéstranos al Padre?

10 ¿No crees que Yo soy en el Padre, y el Padre en Mí? Las palabras que Yo os digo, no las digo de Mí mismo; sino que el Padre, que mora en Mí, hace Él mismo sus obras [10939] .

11 Creedme: Yo soy en el Padre, y el Padre en Mí; al menos, creed a causa de las obras mismas.

12 En verdad, en verdad, os digo, quien cree en Mí, hará él también las obras que Yo hago, y aun mayores, porque Yo voy al Padre [10940]

13 y haré todo lo que pidiereis en mi nombre, para que el Padre sea glorificado en el Hijo [10941] .

14 Si me pedís cualquier cosa en mi nombre Yo la haré”.

Promesa del Espíritu Santo.

15 “Si me amáis, conservaréis mis mandamientos [10942] .

16 Y Yo rogaré al Padre, y Él os dará otro Intercesor, que quede siempre con vosotros [10943] ,

17 el Espíritu de verdad, que el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce; mas vosotros lo conocéis, porque Él mora con vosotros y estará en vosotros [10944] .

18 No os dejaré huérfanos; volveré a vosotros.

19 Todavía un poco, y el mundo no me verá más, pero vosotros me volveréis a ver, porque Yo vivo, y vosotros viviréis.

20 En aquel día conoceréis que Yo soy en mi Padre, y vosotros en Mí, y Yo en vosotros [10945] .

21 El que tiene mis mandamientos y los conserva, ése es el que me ama; y quien me ama, será amado de mi Padre, y Yo también lo amaré, y me manifestaré a él” [10946] .

22 Díjole Judas –no el Iscariote–: “Señor, ¿cómo es eso: que te has de manifestar a nosotros y no al mundo?”

23 Jesús le respondió y dijo: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y en él haremos morada [10947] .

24 El que, no me ama no guardará mis palabras; y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió” [10948] .

Jesús da su propia paz.

25 “Os he dicho estas cosas durante mi permanencia con vosotros.

26 Pero el intercesor, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, Él os lo enseñará todo, y os recordará todo lo que Yo os he dicho [10949] .

27 Os dejo la paz, os doy la paz mía; no os doy Yo como da el mundo. No se turbe vuestro corazón, ni se amedrente.

28 Acabáis de oírme decir: «Me voy y volveré a vosotros». Si me amaseis, os alegraríais de que voy al Padre, porque el Padre es más grande que Yo [10950] .

29 Os lo he dicho, pues, antes que acontezca, para que cuando esto se verifique, creáis.

30 Ya no hablaré mucho con vosotros, porque viene el príncipe del mundo [10951] . No es que tenga derecho contra Mí [10952] ,

31 pero es para que el mundo conozca que Yo amo al Padre, y que obro según el mandato que me dio el Padre. Levantaos, vamos de aquí”.

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Juan 15

La vid y los sarmientos.

1 “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador.

2 Todo sarmiento que, estando en Mí, no lleva fruto, lo quita, pero todo sarmiento que lleva fruto, lo limpia, para que lleve todavía más fruto [10953] .

3 Vosotros estáis ya limpios, gracias a la palabra que Yo os he hablado [10954] .

4 Permaneced en Mí, y Yo en vosotros. Así como el sarmiento no puede por sí mismo llevar fruto, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en Mí [10955] .

5 Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. Quien permanece en Mí, y Yo en él, lleva mucho fruto, porque separados de Mí no podéis hacer nada [10956] .

6 Si alguno no permanece en Mí, es arrojado fuera como los sarmientos, y se seca; después los recogen y los echan al fuego, y se queman [10957] .

7 Si vosotros permanecéis en Mí, y mis palabras permanecen en vosotros, todo lo que queráis, pedidlo, y lo tendréis [10958] :

8 En esto es glorificada mi Padre: que llevéis mucho fruto, y seréis discípulos míos” [10959] .

Jesús declara cómo nos ama.

9 “Como mi Padre me amó, así Yo os he amado: permaneced en mi amor [10960] .

10 Si conserváis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, lo mismo que Yo, habiendo conservado los mandamientos de mi Padre, permanezco en su amor.

11 Os he dicho estas cosas, para que mi propio gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea cumplido [10961] .

12 Mi mandamiento es que os améis unos a otros, como Yo os he amado.

13 Nadie puede tener amor más grande que dar la vida por sus amigos.

14 Vosotros sois mis amigos, si hacéis esto que os mando [10962] .

15 Ya no os llamo más siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor, sino que os he llamado amigos, porque todo lo que aprendí de mi Padre, os lo he dado a conocer [10963] .

16 Vosotros no me escogisteis a Mí; pero Yo os escogí, y os he designado para que vayáis, y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que el Padre os dé todo lo que le pidáis en mi nombre [10964] .

17 Estas cosas os mando, para que os améis unos a otros”.

Los discípulos serán odiados.

18 “Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a Mí antes que a vosotros [10965] .

19 Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como vosotros no sois del mundo –porque Yo os he entresacado del mundo– el mundo os odia.

20 Acordaos de esta palabra que os dije: No es el siervo más grande que su Señor. Si me persiguieron a Mí, también os perseguirán a vosotros; si observaron mi palabra, observarán [10966] también la vuestra.

21 Pero os harán todo esto a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió [10967] .

22 Si Yo hubiera venido sin hacerles oír mi palabra, no tendrían pecado, pero ahora no tienen excusa por su pecado.

23 Quien me odia a Mí odia también a mi Padre.

24 Si Yo no hubiera hecho en medio de ellos las obras que nadie ha hecho, no tendrían pecado, mas ahora han visto, y me han odiado, lo mismo que a mi Padre.

25 Pero es para que se cumpla la palabra escrita en su Ley: «Me odiaron sin causa» [10968] .

26 Cuando venga el Intercesor [10969] , que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de Mí.

27 Y vosotros también dad testimonio, pues desde el principio estáis conmigo”.

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Juan 16

Causa de la persecución.

1 “Os he dicho esto para que no os escandalicéis [10970] .

2 Os excluirán de las sinagogas; y aun vendrá tiempo en que cualquiera que os quite la vida, creerá hacer un obsequio a Dios [10971] .

3 Y os harán esto, porque no han conocido al Padre, ni a Mí.

4 Os he dicho esto, para que, cuando el tiempo venga, os acordéis que Yo os lo había dicho. No os lo dije desde el comienzo, porque Yo estaba con vosotros [10972] .

5 Y ahora Yo me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿Adónde vas? [10973]

6 sino que la tristeza ha ocupado vuestros corazones porque os he dicho esto.

7 Sin embargo, os lo digo en verdad: Os conviene que me vaya; porque, si Yo no me voy, el Intercesor no vendrá a vosotros; mas si me voy, os lo enviaré [10974] .

8 Y cuando Él venga, presentará querella al mundo, por capítulo de pecado, por capítulo de justicia, y por capítulo de juicio [10975] :

9 por capítulo de pecado, porque no han creído en Mí [10976] ;

10 por capítulo de justicia, porque Yo me voy a mi Padre, y vosotros no me veréis más [10977] ;

11 por capítulo de juicio, porque el príncipe de este mundo está juzgado [10978] .

12 Tengo todavía mucho que deciros, pero no podéis soportarlo ahora.

13 Cuando venga Aquél, el Espíritu de verdad, Él os conducirá a toda la verdad; porque Él no hablará por Sí mismo, sino que dirá lo que habrá oído, y os anunciará las cosas por venir [10979] .

14 Él me glorificará, porque tomará de lo mío, y os (lo) declarará. Todo cuanto tiene el Padre es mío;

15 por eso dije que Él tomará de lo mío, y os (lo) declarará”.

Me volveréis a ver.

16 “Un poco de tiempo y ya no me veréis: y de nuevo un poco, y me volveréis a ver, porque me voy al Padre” [10980] .

17 Entonces algunos de sus discípulos se dijeron unos a otros: “¿Qué es esto que nos dice: «Un poco, y ya no me veréis; y de nuevo un poco, y me volveréis a ver» y: «Me voy al Padre?»”

18 Y decían: “¿Qué es este «poco» de que habla? No sabemos lo que quiere decir”.

19 Mas Jesús conoció que tenían deseo de interrogarlo, y les dijo: “Os preguntáis entre vosotros que significa lo que acabo de decir: «Un poco, y ya no me veréis, y de nuevo un poco, y me volveréis a ver».

20 En verdad, en verdad, os digo, vosotros vais a llorar y gemir, mientras que el mundo se va a regocijar. Estaréis contristados, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo.

21 La mujer, en el momento de dar a luz, tiene tristeza, porque su hora ha llegado; pero, cuando su hijo ha nacido, no se acuerda más de su dolor, por el gozo de que ha nacido un hombre al mundo.

22 Así también vosotros, tenéis ahora tristeza, pero Yo volveré a veros, y entonces vuestro corazón se alegrará y nadie os podrá quitar vuestro gozo.

23 En aquel día no me preguntaréis más sobre nada. En verdad, en verdad, os digo, lo que pidiereis al Padre, Él os lo dará en mi nombre [10981] .

24 Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre. Pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado” [10982] .

Tened confianza.

25 “Os he dicho estas cosas en parábolas; viene la hora en que no os hablaré más en parábolas, sino que abiertamente os daré noticia del Padre.

26 En aquel día pediréis en mi nombre, y no digo que Yo rogaré al Padre por vosotros [10983] ,

27 pues el Padre os ama Él mismo, porque vosotros me habéis amado, y habéis creído que Yo vine de Dios.

28 Salí del Padre, y vine al mundo; otra vez dejo el mundo, y retorno al Padre” [10984] .

29 Dijéronle los discípulos: “He aquí que ahora nos hablas claramente y sin parábolas.

30 Ahora sabemos que conoces todo, y no necesitas que nadie te interrogue. Por esto creemos que has venido de Dios”.

31 Pero Jesús les respondió: “¿Creéis ya ahora?

32 Pues he aquí que viene la hora, y ya ha llegado, en que os dispersaréis cada uno por su lado, dejándome enteramente sólo. Pero, Yo no estoy solo, porque el Padre está conmigo.

33 Os he dicho estas cosas, para que halléis paz en Mí. En el mundo pasáis apreturas, pero tened confianza: Yo he vencido al mundo”.

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Juan 17

Jesús ora por la gloria del Padre y por su propia glorificación.

1 Así habló Jesús [10985] . Después, levantando sus ojos al cielo, dijo: “Padre, la hora es llegada; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a Ti [10986] ;

2 –conforme al señorío que le conferiste sobre todo el género humano– dando vida eterna a todos los que Tú le has dado.

3 Y la vida eterna es: que te conozcan a Ti, solo Dios verdadero, y a Jesucristo Enviado tuyo [10987] .

4 Yo te he glorificado a Ti sobre la tierra dando acabamiento a la obra que me confiaste para realizar.

5 Y ahora Tú, Padre, glorifícame a Mí junto a Ti mismo, con aquella gloria que en Ti tuve antes que el mundo existiese” [10988] .

Ruega por los discípulos.

6 “Yo he manifestado tu Nombre [10989] a los hombres que me diste (apartándolos) del mundo. Eran tuyos, y Tú me los diste, y ellos han conservado tu palabra.

7 Ahora saben que todo lo que Tú me has dado viene de Ti [10990] .

8 Porque las palabras que Tú me diste se las he dado a ellos, y ellos las han recibido y han conocido verdaderamente que Yo salí de Ti, y han creído que eres Tu quien me has enviado [10991] .

9 Por ellos ruego; no por el mundo, sino por los que Tú me diste, porque son tuyos [10992] .

10 Pues todo lo mío es tuyo, y todo lo tuyo es mío, y en ellos he sido glorificado.

11 Yo no estoy ya en el mundo, pero éstos quedan en el mundo mientras que Yo me voy a Ti. Padre Santo, por tu nombre, que Tú me diste, guárdalos para que sean uno como somos nosotros [10993] .

12 Mientras Yo estaba con ellos, los guardaba por tu Nombre, que Tú me diste, y los conservé, y ninguno de ellos se perdió sino el hijo de perdición, para que la Escritura fuese cumplida [10994] .

13 Mas ahora voy a Ti, y digo estas cosas estando (aún) en el mundo, para que ellos tengan en sí mismos el gozo cumplido que tengo Yo.

14 Yo les he dado tu palabra y el mundo les ha tomado odio, porque ellos ya no son del mundo, así como Yo no soy del mundo.

15 No ruego para que los quites del mundo, sino para que los preserves del Maligno [10995] .

16 Ellos no son ya del mundo, así como Yo no soy del mundo.

17 Santifícalos en la verdad [10996] : la verdad es tu palabra.

18 Como Tú me enviaste a Mí al mundo, también Yo los he enviado a ellos al mundo.

19 Y por ellos me santifico Yo mismo, para que también ellos “sean santificados, en la verdad” [10997] .

Ruega por todos los que van a creer en él.

20 “Mas no ruego sólo por ellos, sino también por aquellos que, mediante la palabra de ellos, crean en Mí [10998] ,

21 a fin de que todos sean uno, como Tú, Padre, en Mí y Yo en Ti, a fin de que también ellos sean en nosotros, para que el mundo crea que eres Tú el que me enviaste [10999] .

22 Y la gloria que Tú me diste, Yo se la he dado a ellos, para que sean uno como nosotros somos Uno [11000] :

23 Yo en ellos y Tú en Mí, a fin de que sean perfectamente uno, y para que el mundo sepa que eres Tú quien me enviaste y los amaste a ellos como me amaste a Mí [11001] .

24 Padre, aquellos que Tú me diste quiero que estén conmigo en donde Yo esté, para que vean la gloria mía, que Tú me diste, porque me amabas antes de la creación del mundo [11002] .

25 Padre Justo, si el mundo no te ha conocido, te conozco Yo, y éstos han conocido que eres Tú el que me enviaste [11003] ,

26 y Yo les hice conocer tu nombre, y se lo haré conocer para que el amor con que me has amado sea en ellos y Yo en ellos” [11004] .

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IV. PASIÓN Y MUERTE DE JESÚS

(18,1 – 19,42)

Juan 18

Jesús es tomado preso.

1 Después de hablar así, se fue Jesús acompañado de sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el cual entró con ellos [11005] .

2 Y Judas, el que lo entregaba, conocía bien este lugar, porque Jesús y sus discípulos se habían reunida allí frecuentemente.

3 Judas, pues, tomando a la guardia y a los satélites de los sumos sacerdotes y de los fariseos, llegó allí con linternas y antorchas, y con armas.

4 Entonces Jesús, sabiendo todo lo que le había de acontecer, se adelantó y les dijo: “¿A quién buscáis?”

5 Respondiéronle: “A Jesús el Nazareno”. Les dijo: “Soy Yo”. Judas, que lo entregaba, estaba allí con ellos.

6 No bien les hubo dicho: “Yo soy”, retrocedieron y cayeron en tierra.

7 De nuevo les preguntó: “¿A quién buscáis?” Dijeron: “A Jesús de Nazaret”.

8 Respondió Jesús: “Os he dicho que soy Yo. Por tanto si me buscáis a Mí, dejad ir a éstos” [11006] ;

9 para que se cumpliese la palabra, que Él había dicho: “De los que me diste, no perdí ninguno” [11007] .

10 Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la desenvainó e hirió a un siervo del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha. El nombre del siervo era Malco.

11 Mas Jesús dijo a Pedro: “Vuelve la espada a la vaina; ¿no he de beber el cáliz que me ha dado el Padre?”

Jesús ante Anás y Caifás. Negación de Pedro.

12 Entonces la guardia, el tribuno y los satélites de los judíos prendieron a Jesús y lo ataron.

13 Y lo condujeron primero a Anás [11008] , porque éste era el suegro de Caifás, el cual era Sumo Sacerdote en aquel año. [

24 Pero Anás lo envió atado a Caifás, el Sumo Sacerdote] [11009] .

14 Caifás era aquel que había dado a los judíos el consejo: “Conviene que un solo hombre muera por el pueblo”.

15 Entretanto Simón Pedro seguía a Jesús como también otro discípulo. Este discípulo, por ser conocido del Sumo Sacerdote, entró con Jesús en el palacio del Pontífice [11010] ;

16 mas Pedro permanecía fuera, junto a la puerta Salió, pues, aquel otro discípulo, conocido del Sumo Sacerdote, habló a la portera, y trajo adentro a Pedro.

17 Entonces, la criada portera dijo a Pedro: “¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?” Él respondió: “No soy”.

18 Estaban allí de pie, calentándose, los criados y los satélites, que habían encendido un fuego, porque hacía frío. Pedro estaba también en pie con ellos y se calentaba.

19 El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y sobre su enseñanza.

20 Jesús le respondió: “Yo he hablado al mundo públicamente; enseñé en las sinagogas y en el Templo, adonde concurren todos los judíos, y nada he hablado a escondidas [11011] .

21 ¿Por qué me interrogas a Mí? Pregunta a los que han oído, qué les he enseñado; ellos saben lo que Yo he dicho” [11012] .

22 A estas palabras, uno de los satélites, que se encontraba junto a Jesús, le dio una bofetada, diciendo: ¿Así respondes Tú al Sumo Sacerdote?”

23 Jesús le respondió: “Si he hablado mal, prueba en qué está el mal; pero si he hablado bien ¿por qué me golpeas?” [11013]

24 [Va después del 13] [11014] .

25 Entretanto Simón Pedro seguía allí calentándose, y le dijeron: “No eres tú también de sus discípulos?” Él lo negó y dijo: “No lo soy”.

26 Uno de los siervos del Sumo Sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dijo: “¿No te vi yo en el huerto con Él?”

27 Pedro lo negó otra vez, y en seguida cantó un gallo.

Jesús ante Pilato.

28 Entonces condujeron a Jesús, de casa de Caifás, al pretorio: era de madrugada. Pero ellos no entraron en el pretorio, para no contaminarse, y poder comer la Pascua [11015] .

29 Vino, pues, Pilato a ellos, afuera, y les dijo: “¿Qué acusación traéis contra este hombre?”

30 Respondiéronle y dijeron: “Si no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado”.

31 Díjoles Pilato: “Entonces tomadlo y juzgadlo según vuestra Ley”. Los judíos le respondieron: “A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie”;

32 para que se cumpliese la palabra por la cual Jesús significó de qué muerte había de morir [11016] .

33 Pilato entró, pues, de nuevo en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó: “¿Eres Tú el Rey de los judíos?”

34 Jesús respondió: “¿Lo dices tú por ti mismo, o te lo han dicho otros de Mí?”

35 Pilato repuso: “¿Acaso soy judío yo? Es tu nación y los pontífices quienes te han entregado a Mí. ¿Qué has hecho?”

36 Replicó Jesús: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores combatirían a fin de que Yo no fuese entregado a los judíos. Mas ahora mi reino no es de aquí” [11017] .

37 Díjole, pues, Pilato: “¿Conque Tú eres rey?” Contesto Jesús: “Tú lo dices: Yo soy rey. Yo para esto nací y para esto vine al mundo, a fin de dar testimonio a la verdad. Todo el que es de la verdad [11018] , escucha mi voz”.

38 Pilato le dijo: “¿Qué cosa es verdad?” [11019] .

Jesús y Barrabás. Apenas dicho esto, salió otra vez afuera y les dijo a los judíos: “Yo no encuentro ningún cargo contra él.

39 Pero tenéis costumbre de que para Pascua os liberte a alguien. ¿Queréis, pues, que os deje libre al rey de los judíos?”

40 Y ellos gritaron de nuevo: “No a él, sino a Barrabás”. Barrabás era un ladrón.

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Juan 19

Jesús azotado y coronado de espinas.

1 Entonces, pues, Pilato tomó a Jesús y lo hizo azotar [11020] .

2 Luego los soldados trenzaron una corona de espinas, que le pusieron sobre la cabeza, y lo vistieron con un manto de púrpura.

3 Y acercándose a Él, decían: “¡Salve, rey de los judíos!” y le daban bofetadas.

Ecce Homo.

4 Pilato salió otra vez afuera, y les dijo: “Os lo traigo fuera, para que sepáis que yo no encuentro contra Él ningún cargo”.

5 Entonces Jesús salió fuera, con la corona de espinas y el manto de púrpura, y (Pilato) les dijo: “¡He aquí al hombre!”

6 Los sumos sacerdotes y los satélites, desde que lo vieron, se pusieron a gritar: “¡Crucifícalo, crucifícalo!” Pilato les dijo: “Tomadlo vosotros, y crucificadlo; porque yo no encuentro en Él ningún delito” [11021] .

7 Los judíos le respondieron: “Nosotros tenemos una Ley, y según esta Ley, debe morir, porque se ha hecho Hijo de Dios”.

8 Ante estas palabras, aumentó el temor de Pilato [11022] .

9 Volvió a entrar al pretorio, y preguntó a Jesús: “¿De dónde eres Tú?” Jesús no le dio respuesta.

10 Díjole, pues, Pilato: “¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo el poder de librarte y el poder de crucificarte?”

11 Jesús le respondió: “No tendrías sobre Mí ningún poder, si no te hubiera sido dado de lo alto; por esto quien me entregó a ti, tiene mayor pecado” [11023] .

La condenación.

12 Desde entonces Pilato buscaba cómo dejarlo libre; pero los judíos se pusieron a gritar diciendo: “Si sueltas a éste, no eres amigo del César: todo el que se pretende rey, se opone al César”.

13 Pilato, al oír estas palabras, hizo salir a Jesús afuera; después se sentó en el tribunal en el lugar llamado Lithóstrotos, en hebreo Gábbatha.

14 Era la preparación de la Pascua, alrededor de la hora sexta. Y dijo a los judíos: “He aquí a vuestro Rey”.

15 Pero ellos se pusieron a gritar: “¡Muera! ¡Muera! ¡Crucifícalo!” Pilato les dijo: “¿A vuestro rey he de crucificar?” Respondieron los sumos sacerdotes: “¡Nosotros no tenemos otro rey que el César!” [11024]

16 Entonces se lo entregó para que fuese crucificado.

La crucifixión. Tomaron, pues, a Jesús;

17 y Él, llevándose su cruz, salió para el lugar llamado “El cráneo”, en hebreo Gólgotha [11025] ,

18 donde lo crucificaron, y con Él a otros dos, uno de cada lado, quedando Jesús en el medio.

19 Escribió también Pilato un título que puso sobre la cruz. Estaba escrito: “Jesús Nazareno, el rey de los judíos”.

20 Este título fue leído por muchos judíos, porque el lugar donde Jesús fue crucificado se encontraba próximo a la ciudad; y estaba redactado en hebreo, en latín y en griego.

21 Mas los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: “No escribas “el rey de los judíos”, sino escribe que Él ha dicho: “Soy el rey de los judíos”.

22 Respondió Pilato: “Lo que escribí, escribí”.

23 Cuando los soldados hubieron crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos, de los que hicieron cuatro partes, una para cada uno, y también la túnica. Esta túnica era sin costura, tejida de una sola pieza desde arriba.

24 Se dijeron, pues, unos a otros: “No la rasguemos, sino echemos suertes sobre ella para saber de quién será”; a fin de que se cumpliese la Escritura: “Se repartieron mis vestidos, y sobre mi túnica echaron suertes”. Y los soldados hicieron esto [11026] .

María al pie de la cruz.

25 Junto a la cruz de Jesús estaba de pie [11027] su madre, y también la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena.

26 Jesús, viendo a su madre y, junto a ella, al discípulo que amaba, dijo a su madre: “Mujer, he ahí a tu hijo” [11028] .

27 Después dijo al discípulo: “He ahí a tu madre”. Y desde este momento el discípulo la recibió consigo [11029] .

Muerte de Jesús.

28 Después de esto, Jesús, sabiendo que todo estaba acabado, para que tuviese cumplimiento la Escritura, dijo: “Tengo sed” [11030] .

29 Había allí un vaso lleno de vinagre. Empaparon pues, en vinagre una esponja, que ataron a un hisopo, y la aproximaron a su boca.

30 Cuando hubo tomado el vinagre, dijo: “Está cumplido” [11031] , e inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

La lanzada.

31 Como era la Preparación a la Pascua, para que los cuerpos no quedasen en la cruz durante el sábado –porque era un día grande el de aquel sábado– los judíos pidieron a Pilato que se les quebrase las piernas, y los retirasen.

32 Vinieron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero, y luego del otro que había sido crucificado con Él.

33 Mas llegando a Jesús y viendo que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas;

34 pero uno de los soldados le abrió el costado con la lanza, y al instante salió sangre y agua.

35 Y el que vio, ha dado testimonio –y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad– a fin de que vosotros también creáis [11032] .

36 Porque esto sucedió para que se cumpliese la Escritura: “Ningún hueso le quebrantaréis” [11033] .

37 Y también otra Escritura dice: “Volverán los ojos hacia Aquel a quien traspasaron” [11034] .

Sepultura de Jesús.

38 Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, pero ocultamente, por miedo a los judíos, pidió a Pilato llevarse el cuerpo de Jesús, y Pilato se lo permitió. Vino, pues, y se llevó el cuerpo.

39 Vino también Nicodemo, el que antes había ido a encontrarlo de noche; éste trajo una mixtura de mirra y áloe, como cien libras.

40 pues, el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en fajas con las especies aromáticas, según la manera de sepultar de los judíos.

41 En el lugar donde lo crucificaron había un jardín, y en el jardín un sepulcro nuevo, donde todavía nadie había sido puesto.

42 Allí fue donde, por causa de la Preparación de los judíos, y por hallarse próximo este sepulcro, pusieron a Jesús.

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V. JESÚS VENCEDOR DE LA MUERTE

(20, 1 – 31)

Juan 20

Aparición a la Magdalena y a los apóstoles.

1 El primer día de la semana [11035] , de madrugada, siendo todavía oscuro, María Magdalena llegó al sepulcro; y vio quitada la losa sepulcral.

2 Corrió, entonces, a encontrar a Simón Pedro, y al otro discípulo a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto”.

3 Salió, pues, Pedro y también el otro discípulo, y se fueron al sepulcro.

4 Corrían ambos, pero el otro discípulo corrió más a prisa que Pedro y llegó primero al sepulcro.

5 E, inclinándose, vio las fajas puestas allí, pero no entró.

6 Llegó luego Simón Pedro, que le seguía, entró en el sepulcro y vio las fajas puestas allí,

7 y el sudario, que había estado sobre su cabeza, puesto no con las fajas, sino en lugar aparte, enrollado [11036] .

8 Entonces, entró también el otro discípulo, que había llegado primero al sepulcro, y vio, y creyó.

9 Porque todavía no habían entendido la Escritura, de cómo Él debía resucitar de entre los muertos.

10 Y los discípulos se volvieron a casa.

11 Pero María se había quedado afuera, junto al sepulcro, y lloraba. Mientras lloraba, se inclinó al sepulcro,

12 y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde había sido puesto el cuerpo de Jesús.

13 Ellos le dijeron: “Mujer, ¿por qué lloras?” Díjoles: “Porque han quitado a mi Señor, y yo no sé dónde lo han puesto”.

14 Dicho esto se volvió y vio a Jesús que estaba allí, pero no sabía que era Jesús.

15 Jesús le dijo: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas” Ella, pensando que era el jardinero, le dijo: “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré”.

16 Jesús le dijo: “Mariam” [11037] . Ella, volviéndose, dijo en hebreo: “Rabbuní”, es decir: “Maestro”.

17 Jesús le dijo: “No me toques más, porque no he subido todavía al Padre; pero ve a, encontrar a mis hermanos, y diles: voy a subir a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios”.

18 María Magdalena fue, pues, a anunciar a los discípulos: “He visto al Señor”, y lo que Él le había dicho.

19 A la tarde de ese mismo día, el primero de la semana, y estando, por miedo a los judíos, cerradas las puertas (de) donde se encontraban los discípulos, vino Jesús y, de pie en medio de ellos, les dijo: ¡Paz a vosotros!”

20 Diciendo esto, les mostró sus manos y su costado; y los discípulos se llenaron de gozo, viendo al Señor.

21 De nuevo les dijo: ¡Paz a vosotros! Como mi Padre me envió, así Yo os envío”.

22 Y dicho esto, sopló sobre ellos, y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo [11038] :

23 a quienes perdonareis los pecados, les quedan perdonados; y a quienes se los retuviereis, quedan retenidos”.

Incredulidad de Tomás.

24 Ahora bien Tomás, llamado Dídimo, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando vino Jesús.

25 Por tanto le dijeron los otros: “Hemos visto al Señor”. Él les dijo: “Si yo no veo en sus manos las marcas de los clavos, y no meto mi dedo en el lugar de los clavos, y no pongo mi mano en su costado, de ninguna manera creeré” [11039] .

26 Ocho días después, estaban nuevamente adentro sus discípulos, y Tomás con ellos. Vino Jesús, cerradas las puertas, y, de pie en medio de ellos, dijo: “¡Paz a vosotros!”

27 Luego dijo a Tomás: “Trae acá tu dedo, mira mis manos, alarga tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente”.

28 Tomás respondió y le dijo: “¡Señor mío y Dios mío!”

29 Jesús le dijo: “Porque me has visto, has creído; dichosos los que han creído sin haber visto” [11040] .

30 Otros muchos milagros obró Jesús, a la vista de sus discípulos, que no se encuentran escritos en este libro.

31 Pero éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y, creyendo, tengáis vida en su nombre [11041] .

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APÉNDICE

(21,1 – 25)

Juan 21

Aparición junto al mar de Tiberíades.

1 Después de esto, Jesús se manifestó otra vez a los discípulos a la orilla del mar de Tiberíades [11042] . He aquí cómo:

2 Simón Pedro, Tomás, llamado Dídimo; Natanael, el de Caná de Galilea; los hijos de Zebedeo, y otros dos discípulos, se encontraban juntos.

3 Simón Pedro les dijo: “Yo me voy a pescar”. Le dijeron: “Vamos nosotros también contigo”. Partieron, pues, y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada.

4 Cuando ya venía la mañana, Jesús estaba sobre la ribera, pero los discípulos no sabían que era Jesús.

5 Jesús les dijo: “Muchachos, ¿tenéis algo para comer?” Le respondieron: “No”.

6 Díjoles entonces: “Echad la red al lado derecho de la barca, y encontraréis”. La echaron, y ya no podían arrastrarla por la multitud de los peces.

7 Entonces el discípulo, a quien Jesús amaba, dijo a Pedro: “¡Es el Señor!” Oyendo que era el Señor, Simón Pedro se ciñó la túnica –porque estaba desnudo– y se echó al mar.

8 Los otros discípulos vinieron en la barca, tirando de la red (llena) de peces, pues estaban sólo como a unos doscientos codos de la orilla.

9 Al bajar a tierra, vieron brasas puestas, y un pescado encima, y pan [11043] .

10 Jesús les dijo: “Traed de los peces que acabáis de pescar”.

11 Entonces Simón Pedro subió (a la barca) y sacó a tierra la red, llena de ciento cincuenta y tres grandes peces; y a pesar de ser tantos, la red no se rompió.

12 Díjoles Jesús: “Venid, almorzad”. Y ninguno de los discípulos osaba preguntarle: “¿Tú quién eres?” sabiendo que era el Señor.

13 Aproximóse Jesús y tomando el pan les dio, y lo mismo del pescado.

14 Esta fue la tercera vez que Jesús, resucitado de entre los muertos, se manifestó a sus discípulos.

El primado de Pedro.

15 Habiendo, pues, almorzado, Jesús dijo a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas tú más que éstos?” Le respondió: “Sí, Señor, Tú sabes que yo te quiero”. Él le dijo: “Apacienta mis corderos” [11044] .

16 Le volvió a decir por segunda vez: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Le respondió: “Sí, Señor, Tú sabes que te quiero”. Le dijo: “Pastorea mis ovejas”.

17 Por tercera vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?” Se entristeció Pedro de que por tercera vez le preguntase: “¿Me quieres?”, y le dijo: “Señor, Tú lo sabes todo. Tú sabes que yo te quiero”. Díjole Jesús: “Apacienta mis ovejas”.

Sobre Pedro y Juan.

18 “En verdad, en verdad, te digo, cuando eras más joven, te ponías a ti mismo el ceñidor, e ibas adonde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás los brazos, y otro te pondrá el ceñidor, y te llevará adonde no quieres” [11045] .

19 Dijo esto para indicar con qué muerte él había de glorificar a Dios. Y habiéndole hablado así, le dijo: “Sígueme”.

20 Volviéndose Pedro, vio que los seguía el discípulo al cual Jesús amaba, el que, durante la cena, reclinado sobre su pecho, le había preguntado: “Señor ¿quién es el que te ha de entregar?”

21 Pedro, pus, viéndolo, dijo a Jesús: “Señor: ¿y éste, qué?”

22 Jesús le respondió: “Si me place que él se quede hasta mi vuelta, ¿qué te importa a ti? Tú sígueme” [11046] .

23 Y así se propagó entre los hermanos el rumor de que este discípulo no ha de morir. Sin embargo, Jesús no le había dicho que él no debía morir, sino: “Si me place que él se quede hasta mi vuelta, ¿qué te importa a ti?”

24 Éste es el discípulo que da testimonio de estas cosas, y que las ha escrito, y sabemos que su testimonio es verdadero [11047] .

25 Jesús hizo también muchas otras cosas: si se quisiera ponerlas por escrito, una por una creo que el mundo no bastaría para contener los libros que se podrían escribir [11048] .

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Comentarios de Mons. Straubinger

1 ss. Juan es llamado el águila entre los evangelistas, por la sublimidad de sus escritos, donde Dios nos revela los más altos misterios de lo sobrenatural. En los dos primeros versos el Águila gira en torno a la eternidad del Hijo (Verbo) en Dios. En el principio: Antes de la creación, de toda eternidad, era ya el Verbo; y estaba con su Padre (14, 10 s.) siendo Dios como Él. Es el Hijo Unigénito, igual al Padre, consubstancial al Padre, coeterno con Él, omnipotente, omnisciente, infinitamente bueno, misericordioso, santo y justo como lo es el Padre, quien todo lo creó por medio de Él (v. 3).

5. No la recibieron: Sentido que concuerda con los vv. 9 ss.

6. Apareció un hombre: Juan Bautista. Véase v. 15 y 19 ss.

9. Aquí comienza el evangelista a exponer el misterio de la Encarnación, y la trágica incredulidad de Israel, que no lo conoció cuando vino para ser la luz del mundo (1, 18; 3, 13), Venía: Así también Pirot. Literalmente: estaba viniendo (én erjómenon). Cf. 11, 27 y nota.

12. Hijos de Dios: “El misericordiosísimo Dios de tal modo amó al mundo, que dio a su Hijo Unigénito (3, 16); y el Verbo del Padre Eterno, con aquel mismo único amor divino, asumió de la descendencia de Adán la naturaleza humana, pero inocente y exenta de toda mancha, para que del nuevo y celestial Adán se derivase la gracia del Espíritu Santo a todos los hijos del primer padre” (Pío XII, Encíclica sobre el Cuerpo Místico).

13. Sino de Dios: Claramente se muestra que esta filiación ha de ser divina (cf. Ef. 1, 5 y nota), mediante un nuevo nacimiento (3, 3 ss.), para que no se creyesen tales por la sola descendencia carnal de Abrahán. Véase 8, 30-59.

14. Se hizo carne: El Verbo que nace eternamente del Padre se dignó nacer, como hombre, de la Virgen María, por voluntad del Padre y obra del Espíritu Santo (Lc. 1, 35). A su primera naturaleza, divina, se añadió la segunda, humana, en la unión hipostática. Pero su Persona siguió siendo una sola: la divina y eterna Persona del Verbo (v. 1). Así se explica el v. 15. Cf. v. 3 s. Vimos su gloria: Los apóstoles vieron la gloria de Dios manifestada en las obras todas de Cristo. Juan, con Pedro y Santiago, vio a Jesús resplandeciente de gloria en el monte de la Transfiguración. Véase Mt. 16, 27 s.; 17, 1 ss.; 2 Pe. 1, 16 ss.; Mc. 9, 1 ss.; Lc. 9, 20 ss.

16. Es decir que toda nuestra gracia procede de la Suya, y en Él somos colmados, como enseña S. Pablo (Col. 2, 9 s.). Sin Él no podemos recibir absolutamente nada de la vida del Padre (15, 1 ss.). Pero con Él podemos llegar a una plenitud de vida divina que corresponde a la plenitud de la divinidad que Él posee. Cf. 2 Pe. 1, 4.

17. La gracia superior a la Ley de Moisés, se nos da gratis por los méritos de Cristo, para nuestra justificación. Tal es el asunto de la Epístola a los Gálatas.

18. Por aquí vemos que todo conocimiento de Dios o sabiduría de Dios (eso quiere decir teosofía) tiene que estar fundado en las palabras reveladas por Él, a quien pertenece la iniciativa de darse a conocer, y no en la pura investigación o especulación intelectual del hombre. Cuidémonos de ser “teósofos”. prescindiendo de estudiar a Dios en sus propias palabras y formándonos sobre Él ideas que sólo estén en nuestra imaginación. Véase el concepto de S. Agustín en la nota de 16, 24.

19. Sacerdotes y levitas: Véase Ez. 44, 15 y nota. Cf. Lc. 10, 31 s.

20. Muchos identificaban a Juan con el Mesías o Cristo; por eso el fiel Precursor se anticipa a desvirtuar tal creencia. Observa S. Crisóstomo que la pregunta del v. 19 era capciosa y tenía por objeto inducir a Juan a declararse el Mesías, pues ya se proponían cerrarle el paso a Jesús.

21. El Profeta: Falsa interpretación judaica de Dt. 18, 15, pasaje que se refiere a Cristo. Cf. 6, 14 s.

26. Yo bautizo con agua: Juan es un profeta como los anteriores del Antiguo Testamento, pero su vaticinio no es remoto como el de aquéllos, sino inmediato. Su bautizo era simplemente de contrición y humildad para Israel (cf. Hch. 19, 2 ss. y nota), a fin de qué reconociese, bajo las apariencias humildes, al Mesías anunciado como Rey y Sacerdote (cf. Za. 6, 12 s. y nota), como no tardó en hacerlo Natanael (v. 49). Pero para eso había que ser como éste “un israelita sin doblez” (v. 47). En cambio a los “mayordomos” del v. 19, que usufructuaban la religión, no les convenía que apareciese el verdadero Dueño, porque entonces ellos quedarían sin papel. De ahí su oposición apasionada contra Jesús (según lo confiesa Caifás en 11, 47 ss.) y su odio contra los que creían en su venida (cf. 9, 22).

29. Juan es el primero que llama a Jesús Cordero de Dios. Empieza a descorrerle el velo. El cordero que sacrificaban los judíos todos los años en la víspera de la fiesta de Pascua y cuya sangre era el signo que libraba del exterminio (Ex. 12, 13), figuraba a la Víctima divina que, cargando con nuestros pecados, se entregaría “en manos de los hombres” (Lc. 9, 44), para que su Sangre “más elocuente que la de Abel” (Hb. 12, 25), atrajese sobre el ingrato Israel (v. 11) y sobre el mundo entero (11, 52) la misericordia del Padre, su perdón y los dones de su gracia para los creyentes (Ef. 2. 4-8).

34. El Hijo de Dios: Diversos mss. y S. Ambrosio dicen: el escogido (eklektós) de Dios. Cf. v. 45 y nota.

40. El otro era el mismo Juan, el Evangelista. Nótese el gran papel que en la primera vocación de los apóstoles desempeña el Bautista (v. 37). Cf. v. 26 y nota; Mt. 11, 13.

42. Véase Mt. 4, 18; 16, 18. Kefas significa en arameo: roca (en griego Petros).

45. Natanael es muy probablemente el apóstol Bartolomé. Felipe llama a Jesús “hijo de José” porque todos los creían así: el misterio de la Anunciación (Lc. 1, 26 ss.) y la Encarnación del Verbo por obra del Espíritu Santo fue ocultado por María. Ello explica que fuese tan rudimentario el concepto de los discípulos sobre Jesús (cf. v. 34 y nota). Según resulta de los sinópticos combinados con Juan, aquéllos, después de una primera invitación, se volvieron a sus trabajos y luego recibieron la definitiva vocación al apostolado (Mt. 4, 18-22; Mc. 1, 16-20; Lc. 5, 8-11).

47. Las promesas del Señor son para los hombres sin ficción (Sal. 7, 11; 31, 11). Dios no se cansa de insistir, en ambos Testamentos, sobre esta condición primaria e indispensable que es la rectitud de corazón, o sea la sinceridad sin doblez (Sal. 25, 2). Es en realidad lo único que Él pide, pues todo lo demás nos lo da el espíritu Santo con su gracia y sus dones. De ahí la asombrosa benevolencia de Jesús con los más grandes pecadores, frente a su tremenda severidad con los fariseos, que pecaban contra la luz (Jn. 3, 19) o que oraban por fórmula (St. 4, 8). De ahí la sorprendente revelación de que el Padre descubre a los niños lo que oculta a los sabios (Lc. 10, 21).

51. Algunos refieren esto a los prodigios que continuamente les mostraría Jesús (cf. Mt. 11, 4). Otros, a su triunfo escatológico.

4. Jesús pone a prueba la fe de la Virgen, que fue en ella la virtud por excelencia (19, 25 y nota; Lc. 1, 38 y 45) y luego adelanta su hora a ruego de su Madre. Según una opinión que parece plausible, esta hora era simplemente la de proveer el vino, cosa que hacían por turno los invitados a las fiestas nupciales, que solían durar varios días.

6. Una metreta contenía 36,4 litros.

12. Entre los judíos todos los parientes se llamaban hermanos (Mt. 12, 46 y nota). Jesús no los tenía y lo vemos confiar el cuidado de su madre a su primo Juan (Jn. 19, 26).

14. Estos mercaderes que profanaban la santidad del Templo, tenían sus puestos en el atrio de los gentiles. Los cambistas trocaban las monedas corrientes por la moneda sagrada, con la que se pagaba el tributo del Templo. Cf. Mt. 21, 12 s.; Mc. 11, 15 ss.; Lc. 19, 45 ss.

16. El evangelio es eterno, y no menos para nosotros que para aquel tiempo. Cuidemos, pues, de no repetir hoy este mercado, cambiando simplemente las palomas por velas o imágenes.

17. Cf. Sal. 68, 10; Mal. 3, 1-3.

18. A los ojos de los sacerdotes y jefes del Templo, Jesús carecía de autoridad para obrar como lo hizo. Sin embargo, con un ademán se impuso a ellos, y esto mismo fue una muestra de su divino poder, como observa S. Jerónimo.

19. Véase Mt. 26, 61.

24 s. Lección fundamental de doctrina y de vida. Cuando aun no estamos familiarizados con el lenguaje del divino Maestro y de la Biblia en general, sorprende hallar constantemente cierto pesimismo, que parece excesivo, sobre la maldad del hombre. Porque pensamos que han de ser muy raras las personas que obran por amor al mal. Nuestra sorpresa viene de ignorar el inmenso alcance que tiene el primero de los dogmas bíblicos: el pecado original. La Iglesia lo ha definido en términos clarísimos (Denz. 174-200). Nuestra formación, con mezcla de humanismo orgulloso y de sentimentalismo materialista, nos lleva a confundir el orden natural con el sobrenatural, y a pensar que es caritativo creer en la bondad del hombre, siendo así que en tal creencia consiste la herejía pelagiana, que es la misma de Jean Jacques Rousseau, origen de tantos males contemporáneos. No es que el hombre se levante cada día pensando en hacer el mal por puro gusto. Es que el hombre, no sólo está naturalmente entregado a su propia inclinación depravada (que no se borró con el Bautismo), sino que está rodeado por el mundo enemigo del Evangelio, y expuesto además a la influencia del Maligno, que lo engaña y le mueve al mal con apariencia de bien. Es el “misterio de la iniquidad”, que S. Pablo explica en 2 Ts. 2, 6. De ahí que todos necesitemos nacer de nuevo (3, 3 ss.) y renovarnos constantemente en el espíritu por el contacto con la divina Persona del único Salvador, Jesús, mediante el don que Él nos hace de su Palabra y de su Cuerpo y su Sangre redentora. De ahí la necesidad constante de vigilar y orar para no entrar en tentación, pues apenas entrados, somos vencidos. Jesús nos da así una lección de inmenso valor para el saludable conocimiento y desconfianza de nosotros mismos y de los demás, y muestra los abismos de la humana ceguera e iniquidad, que son enigmas impenetrables para pensadores y sociólogos de nuestros días y que en el Evangelio están explicados con claridad transparente. Al que ha entendido esto, la humildad se le hace luminosa, deseable y fácil. Véase el Magníficat (Lc. 1, 46 ss.) y el Sal. 50 y notas.

1 s. Vino de noche: La sinceridad con que Nicodemo habla al Señor y la defensa que luego hará de Él ante los prepotentes fariseos (7, 50 ss.) no menos que su piedad por sepultar al divino Ajusticiado (19, 39 ss.) cuando su descrédito y aparente fracaso era total ante el abandono de todos sus discípulos y cuando ni siquiera estaba Él vivo para agradecérselo, nos muestran la rectitud y el valor de Nicodemo; por donde vemos que al ir de noche, para no exponerse a las iras de la Sinagoga, no le guía el miedo cobarde, como al discípulo que se avergüenza de Jesús (Mt. 10, 33) o se escandaliza de Él (Mt. 11, 6; 13, 21), sino la prudencia de quien no siendo aún discípulo de Jesús –pues ignoraba su doctrina–, pero reconociendo el sello de verdad que hay en sus palabras (7, 17) y en sus hechos extraordinarios, y no vacilando en buscar a ese revolucionario, pese a su tremenda actitud contra la Sinagoga, en que Nicodemo era alto jefe (v. 10), trata sabiamente de evitar el inútil escándalo de sus colegas endurecidos por la soberbia, los cuales, por supuesto, le habrían obstaculizado su propósito. Igual prudencia usaban los cristianos ocultos en las catacumbas, y todos hemos de recoger la prevención, porque el discípulo de Cristo tiene el anuncio de que será perseguido (Lc. 6, 22; Jn. 15, 18 ss.; 16, 1 ss.) y Jesús, el gran Maestro de la rectitud, es quien pos enseña también esa prudencia de la serpiente (Mt. 10, 16 ss.) para que no nos pongamos indiscretamente –o quizá por ostentosa vanidad– a merced de enemigos que más que nuestros lo son del Evangelio. Muchos discípulos del Señor han tenido y tendrán aún que usar de esa prudencia (cf. Hch. 7, 52; 17, 6) en tiempos de persecución y de apostasía como los que están profetizados (2 Ts. 2, 3 ss.) y Dios no enseña a desafiar el peligro por orgulloso estoicismo ni por dar “perlas a los cerdos” (Mt. 7, 6); antes bien, su suavísima doctrina paternal nos revela que la vida de sus amigos le es muy preciosa (Sal. 115, 15 y nota). Lo dicho no impide, claro está, pensar que la doctrina dada aquí por Jesús a Nicodemo preparó admirablemente su espíritu para esa ejemplar actuación que tuvo después.

3. Nace de lo alto: ¿No es cosa admirable que la Serpiente envidiosa contemple hoy, como castigo, que se ha cumplido en verdad, por obra del Redentor divino, esa divinización del hombre, que fue precisamente lo que ella propuso a Eva, creyendo que mentía, para llevarla a la soberbia emulación del Creador? He aquí que –¡oh abismo!– la bondad sin límites del divino Padre, halló el modo de hacer que aquel deseo insensato llegase a ser realidad. Y no ya sólo como castigo a la mentira del tentador, ni sólo como respuesta a aquella ambición de divinidad (que ojalá fuese más frecuente ahora que es posible, y lícita, y santa). No: Cierto que Satanás quedó confundido, y que la ambición de Eva se realizará en los que formamos la Iglesia; pero la gloria de esa iniciativa no será de ellos, sino de aquel Padre inmenso, porque Él ya lo tenía así pensado desde toda la eternidad, según nos lo revela San Pablo en el asombroso capítulo primero de los Efesios. Cf. 1, 13; 1 Pe. 1, 23.

5. Alude al Bautismo, en que se realiza este nacimiento de lo alto. No hemos de renacer solamente del agua, sino también del Espíritu Santo (Conc. Trid. Ses. 6, c. 4; Denz. 796 s.). El término espíritu indica una creación sobrenatural, obra del Espíritu divino. S. Pablo nos enseña que el hombre se renueva mediante el conocimiento espiritual de Cristo (Ef. 4, 23 ss.; Col. 3, 10; Ga. 5, 16). Este conocimiento renovador se adquiere escuchando a Jesús, pues Él nos dice que sus palabras son espíritu y vida (6, 64).

8. Viento y espíritu son en griego la misma palabra (pneuma). Jesús quiere decir: la carne no puede nacer de nuevo (v. 4) y así el hombre carnal tampoco lo puede (cf. v. 6; 6, 63; Ga. 5, 17). En cambio el espíritu lo puede todo porque no tiene ningún obstáculo, hace lo que quiere con sólo quererlo, pues lo que vale para Dios es el espíritu (4, 23; 6, 29). Por eso es como el viento, que no teniendo los inconvenientes de la materia sólida, no obstante ser invisible e impalpable, es más poderoso que ella, pues la arrastra con su soplo y él conserva su libertad. De ahí que las palabras de Jesús nos hagan libres como el espíritu (8, 31-32), pues ellas son espíritu y son vida (6, 63), como el viento “que mueve aún las hojas muertas”. Pues Jesús “vino a salvar lo que había perecido” (Lc. 19, 10). Cf. 3, 16.

12. Cosa de la tierra es el nacer de nuevo (v. 3 y 5), pues ha de operarse en esta vida. Cosas del cielo serán las que Jesús dirá luego acerca de su Padre, a quien sólo Él conoce (v. 13; 1, 18).

14. Véase Nm. 21, 9 y nota. Cf. 12, 32.

16. “Este versículo, que encierra la revelación más importante de toda la Biblia, debiera ser lo primero que se diese a conocer a los niños y catecúmenos. Más y mejor que cualquier noción abstracta, él contiene en esencia y síntesis tanto el misterio de la Trinidad cuanto el misterio de la Redención” (Mons. Keppler). Dios nos amó primero (1 Jn. 4, 19), y sin que le hubiésemos dado prueba de nuestro amor. “¡Oh, cuán verdadero es el amor de esta Majestad divina que al amarnos no busca sus propios intereses!” (S. Bernardo). Hasta dar su Hijo único en quien tiene todo su amor que es el Espíritu Santo (Mt. 17, 5), para que vivamos por Él (1 Jn. 4, 9).

17. Para juzgar al mundo: Véase 5, 22 y nota.

19. Este es el juicio de discernimiento entre el que es recto y el que tiene doblez. Jesús será para ellos como una piedra de toque (cf. 7, 17; Lc. 2, 34 s.). La terrible sanción contra los que rechazan la luz será abandonarlos a su ceguera (Mc. 4, 12), para que crean a la mentira y se pierdan. S. Pablo nos revela que esto es lo que ocurrirá cuando aparezca el Anticristo (2 Ts. 2, 9-12). Cf. 5, 43 y nota.

23. Ainón, situada en el valle del Jordán, al sur de la ciudad de Betsán.

29. Juan se llama “amigo del Esposo” porque pertenece, como Precursor, al Antiguo Testamento y no es todavía miembro de la Iglesia, Esposa de Cristo, que no está fundada aún (véase Mt. 16, 20; Lc. 16, 16 y notas). De ahí lo que Jesús dice del Bautista en Mt. 11, 11 ss. Sobre la humildad de Juan véase Mc. 1, 7.

30. Como el lucero de la mañana palidece ante el sol, así el Precursor del Señor quiere eclipsarse ante el que es la Sabiduría encarnada. Ésta es la lección que nos deja el Bautista a cuantos queremos predicar al Salvador: desaparecer. “¡Ay, cuando digan bien de vosotros!” (Lc. 6, 26). Cf. 5, 44; 21, 15 y nota; Jn. 1, 7.

36. Vemos aquí el gran pecado contra la fe, de que tanto habla Jesús. Cf. 16, 9 y nota.

6. Ese pozo, que aun existe, tiene una profundidad de 32 metros y está situado al sudeste de la ciudad de Nablus, llamada antiguamente Siquem y Sicar. Los cruzados levantaron encima de la fuente una iglesia, cuya sucesora es la iglesia actual que pertenece a los ortodoxos griegos. ¡Fatigado! Es ésta una de las notas más íntimas con que se aumenta nuestra fe al contacto del Evangelio. ¡Fatigado! Luego es evidente que el Hijo de Dios podía fatigarse, que se hizo igual a nosotros y que lo hizo por amarnos.

8. El Evangelista quiere advertirnos de la delicadeza de Jesús, que no habría descubierto en presencia de ellos la vida íntima de esa mujer (cf. v. 18).

9. La intención de la mujer no se ve con certeza, pero sí vemos que ella se coloca en la situación humilde de una despreciada samaritana (cf. Si. 50, 28 y nota). Esto es lo que hace que Jesús “ponga los ojos en su pequeñez” (Lc. 1, 48) y le muestre (v. 10) que no es Él quien pide, sino quien da. Porque el dar es una necesidad del Corazón divino del Hijo, como lo es del Padre; y por eso Jesús prefiere no a Marta sino a María, la que sabe recibir. Véase Lc. 10, 42; Jn. 13, 38 y notas.

10. Si tú conocieras el don de Dios, es decir, no ya sólo las cosas que Él te da, empezando por tu propia existencia, sino la donación que Dios te hace de Sí mismo, el Don en que el Padre se te da en la Persona de su único Hijo, para que Jesús te divinice haciéndote igual a Él o mejor transformándote para que puedas vivir eternamente su misma vida divina, la vida de felicidad en el conocimiento y en el amor.

14. No tendrá sed, etc. Nótese el contraste con lo que se dice de la Sabiduría en Si. 24, 29 s. y nota. El que bebe en el “manantial de la divina sabiduría, que es la palabra de Dios” (Si. 1, 5), calmará la inquietud de su espíritu atormentado por la sed de la felicidad, y poseerá con la gracia una anticipación de la gloria.

15 ss. La mujer no comprende el sentido, pensando solamente en el agua natural que tenía que sacar del pozo todos los días. Tan sólo por la revelación de sus pecados ocultos viene a entender que Jesús hablaba simbólicamente de un agua sobrenatural, que no se saca del pozo. Jesús, antes de darle el “agua viva”, quiere despertar en ella la conciencia de sus pecados y la conduce al arrepentimiento con admirable suavidad. Ya brota la fe en el corazón de la samaritana. Lo prueba la pregunta sobre el lugar donde había que adorar a Dios. Los samaritanos creían que el lugar del culto no era ya el Templo de Jerusalén sino el monte Garizim, donde ellos tuvieron un templo basta el año 131 a. C. Cf. Esd. 4, 1-5.

21. Antes de anunciar en el v. 23 el culto esencialmente espiritual, que habría de ser el sello característico de la Iglesia cristiana, Jesús le anuncia aquí la Próxima caducidad del culto israelita (cf. Hb. 8, 4 y 13 y notas), y aún quizá también la incredulidad, tanto de los judíos como de los samaritanos. De ahí que, ante el fracaso de unos y otros, le diga: Créeme a Mí. Así viven los hombres también hoy entre opiniones y bandos, todos falaces. Y Jesús sigue diciéndonos: Créeme a Mí, único que no te engaña, y Yo te enseñaré, como a esta humilde mujer, lo que agrada al Padre (v. 23), es decir, la sabiduría. Véase Si. 1, 34 y nota.

22. La salvación viene de los judíos: La nación judía fue hecha depositaria de las promesas de Dios a Abrahán, el “padre de los creyentes”, “en quien serán bendecidas todas las naciones de la tierra” (Gn. 18, 18; cf. 3, 17; Rm. 9, 4 s.; 11, 17 y 26). El mediador de todas esas bendiciones es Jesús, descendiente de Abrahán por María. Cf. Lc. 1, 32.

23. En espíritu: es decir, “en lo más noble y lo más interior del hombre (Rm. 8, 5)” (Pirot). Cf. Mt. 22, 37. En verdad, y no con la apariencia, es decir, “con ázimos de sinceridad” (1 Co. 5, 8), y no como aquel pueblo que lo alababa con los labios mientras su corazón estaba lejos de Él (Mt. 15, 8), o como los que oraban para ser vistos en las sinagogas (Mt. 6, 5) o proclamaban sus buenas obras (Mt. 6, 2). Desde esta revelación de Jesucristo aprendemos a no anteponer lo que se ve a lo que no se ve (2 Co. 4, 18); a preferir lo interior a lo exterior, lo espiritual a lo material. De ahí que hoy no sea fácil conocer el verdadero grado de unión con Dios que tiene un alma, y que por eso no sepamos juzgarla (Lc. 6, 41 s. y nota). Porque las almas le agradan según su mayor o menor rectitud y simplicidad de corazón, o sea según su infancia espiritual (Mt. 18, 1 ss.). Cf. 1 Co. 2, 15.

24. Para ponerse en contacto con Dios, cuya naturaleza es espiritual, el hombre ha de poner en juego todo lo que tiene de semejante a Él: toda su actividad espiritual, que se manifiesta en la fe, la esperanza y la caridad (véase 3, 5 y nota; 6, 64). San Juan de la Cruz aprovecha este pasaje para exhortarnos a que no miremos en que el lugar para orar sea de tal o cual comodidad, sino al recogimiento interior, “en olvido de objetos y jugos sensibles”. En efecto, si Dios es espíritu ¿qué pueden importarle, en sí mismas, las cosas materiales? “¿Acaso he de comer Yo la carne de los toros?”, dice Él, refiriéndose a las ofrendas que se le hacen (Sal. 49, 13 ss.). Lo que vale para Él es la intención, a tal punto que, según Santa Gertrudis, Jesús le reveló que cada vez que deseamos de veras hacer algo por darle gusto al Padre o a Él, aunque no podamos realizarlo, vale tanto como si ya lo hubiéramos hecho; y eso lo entenderá cualquiera, pues el que ama no busca regalos por interés, y lo que aprecia es el amor con que están hechos.

28. Dejando su cántaro: detalle elocuente que muestra cómo el fervor del interés por Cristo le hizo abandonar toda preocupación temporal. Ni siquiera se detiene a saludar a los recién llegados (cf. Lc. 10, 4). Ella tiene prisa por comunicar a los de su pueblo (cf. Lc. 8, 39) las maravillas que desbordaban de su alma después de escuchar a Jesús (véase Hch. 4, 20). Los frutos de este fervor apostólico se ven en el v. 39.

34. Esa obra, que consiste en darnos a conocer al Padre (1, 18) es la que Jesús declara cumplida en 17, 4. S. Hilario hace notar que ésta fue la obra por excelencia de Cristo.

35. Levantad vuestros ojos: Era ésa la fértil llanura dada por Jacob a su hijo José, figura de Cristo (v. 5). Se refiere ahora a los samaritanos que vienen en su busca, guiados por la mujer, mostrando que la semilla esparcida en el pueblo de los samaritanos, tan despreciado por los judíos, ya daba fruto. Samaria fue la primera ciudad en que, después de Jerusalén, se formó una comunidad numerosa de cristianos (Hch. cap. 8).

39. Cuanto he hecho: la samaritana, conquistada por la gracia de Jesús, no vacila en hacer humildemente esta alusión a sus pecados. Sus oyentes, que la conocían, se sienten a su vez conquistados por tan indiscutible prueba de sinceridad.

41 s. He aquí señalada la eficacia de esas palabras de Jesús de las cuales podemos disfrutar nosotros también en el Evangelio (1 Jn. 1, 3 s.).

44. Véase sobre esto Lc. 4, 14 ss.

48. Los milagros confirman la autoridad del que predica (Mc. 16, 20); con todo, no son necesarios ni suficientes para engendrar por sí mismos la fe (2, 23 ss.; 12, 37 ss.). Ella viene de prestar asentimiento a la palabra de Jesucristo (Rm. 10, 17), explotando el “afecto de credulidad” (Denz. 178) que Dios pone en nosotros. Cf. 7, 17 y nota.

50. Este acto de fe en la palabra de Jesús fue precursor de su conversión, referida en el v. 53.

1 s. Según admiten muchos (Lagrange, Joüon, Olivier, Pirot, etc.), el cap. 5 debe ponerse después del cap. 6. Una fiesta: (varios mss., quizás de antes de la inversión de los capítulos, dice la fiesta): la Pascual, de la cual en 6, 4 se dice que está próxima. Sería la segunda Pascua de Jesús en Jerusalén. Para la primera, cf. 2, 13 y 23; para la tercera y última, cf. 12, 1.

4. La mayoría de los exégetas niega autenticidad a este v., ausente de los mejores testigos griegos. Algunos desconocen también el final del v. 3 sobre la agitación del agua, si bien ésta podría deberse a un carácter termal (Durand) u otra causa natural. El milagro singular aquí señalado sería único en la Biblia (Prat).

14. El caso parece distinto del de 9, 3. Cf. nota.

17. Continúa obrando: aun en sábado. Si Dios no obrase sin cesar, la creación volvería a la nada (Sal. 103, 29 y nota). Así también obra constantemente el Verbo, por quien el Padre lo hace todo (1, 3).

22. A Jesús le corresponde ser juez de todos los hombres, también por derecho de conquista; porque nos redimió a todos con su propia Sangre (Hch. 10, 42; Rm. 14, 9; 2 Tm. 4, 8; 1 Pe. 4, 5 s.). Entretanto, Jesús nos dice aquí que ahora ni el Padre juzga a nadie ni Él tampoco (8, 15), pues no vino a juzgar sino a salvar (3, 17; 12, 47). Es el “año de la misericordia”, que precede al “día de la venganza” (Lc. 4, 19; Is. 61, 1 ss.).

24. Véase 6, 40 y nota. No viene a juicio: “Algunos de los buenos se salvarán y no serán juzgados, a saber: los pobres en espíritu, pues aun ellos juzgarán a los demás” (Catecismo Romano, Expos. del Símbolo según Santo Tomás, Art. VII, I). Cf. Mt. 19, 28; 1 Co. 6, 2 s. y nota.

25. Cf. v. 28; 2 Tm. 4, 1 y nota.

30 ss. Continúa el pensamiento del v. 19. La justicia está en pensar, sentir y obrar como Dios quiere. Tal fue el sumo anhelo de Jesús, y así nos lo dice en 4, 34; 17, 4, etc.

31 ss. Vale la pena detenerse en comprender bien lo que sigue, pues en ello está toda la “apologética” del Evangelio, o sea los testimonios que invocó el mismo Jesucristo para probar la verdad de su misión. El “Otro” (v. 32) es el Padre.

33. Éste fue enviado (1, 6 ss.), como último profeta del Antiguo Testamento (Mt. 11, 13), para dar testimonio del Mesías a Israel (1, 15; 3, 26-36; Mt. 3, 1 ss.; Mc. 1, 12 ss.; Lc. 3, 13 ss.).

34 ss. Con ser Juan tan privilegiado (Mt. 11, 11), el Señor quiere mostrarnos aquí que el Precursor no era sino un momentáneo reflejo de la luz (1, 8). Vemos aquí una vez más que no hemos de poner de un modo permanente nuestra admiración en hombre alguno ni someter el testimonio de Dios al de los hombres sino a la inversa (cf. Hch. 4, 19; 5, 29; 17, 11). Por donde se ve que es pobre argumento para Jesús el citar a muchos hombres célebres que hayan creído en Él. Porque si eso nos moviera, querría decir que atendíamos más a la autoridad de aquellos hombres que a los testimonios ofrecidos por el mismo Jesús. Cf. v. 36 ss. y notas.

36 ss. He aquí el gran testimonio del Hijo: su propio Padre que lo envió y que lo acreditó de mil maneras. Vemos así cómo el Evangelio se defiende a sí mismo, pues en él hallamos las credenciales que el Padre nos ofrece sobre Jesús, con palabras que tienen virtud sobrenatural para dar la fe a toda alma que no la escuche con doblez. Véase 4, 48; 7, 17; Sal. 92, 5 y notas. Este pasaje condena todo esfuerzo teosófico. San Juan nos dice que nadie vio nunca a Dios, y que fue su Hijo quien lo dio a conocer (1, 18), de modo que en vano buscaría el hombre el trato con Dios si Él no hubiese tomado la iniciativa de darse a conocer al hombre mediante la Palabra revelada de sus profetas y de su propio Hijo. Véase 7, 17 y nota; Hb. 1, 1 ss.

39. Véase v. 46. Con esto recomienda el Señor mismo, como otro testimonio, la lectura de los libros del Antiguo Testamento. Quien los rechaza no conoce las luces que nos dieron los Profetas sobre Cristo. “En el Antiguo Testamento está escondido el Nuevo, y en el Nuevo se manifiesta el Antiguo” (S. Agustín). “Los libros del Antiguo Testamento son palabra de Dios y parte orgánica de su revelación” (Pío XI).

41. No recibo, esto es (como en el v. 34): no os digo esto porque tenga nada que ganar con vuestra adhesión, sino que os desenmascaro porque conozco bien vuestra hipocresía.

42. No tenéis en vosotros el amor de Dios. Es decir, que, como observa S. Ireneo, el amor acerca a Dios más que la pretendida sabiduría y experiencia, las cuales son compatibles (como aquí vemos) con la blasfemia y la enemistad con Dios.

43. La historia rebosa de comprobaciones de esta dolorosa realidad. Los falsos profetas se anuncian a sí mismos y son admirados sin más credenciales que su propia suficiencia. Los discípulos de Jesús, que hablan en nombre de Él, son escuchados por pocos, como pocos fueron los que escucharon a Jesús, el enviado del Padre. Véase Mt. 7, 15 y nota. Suele verse aquí una profecía de la aceptación que tendrá el Anticristo como falso Mesías. Cf. Ap. 13.

44. Es impresionante la severidad con que Jesús niega aquí la fe de los que buscan gloria humana. Cf. 3, 30; Lc. 6, 26; Ga. 1, 10; Sal. 52, 6.

46 s. De Mí escribió él: “En cuanto al Salvador del género humano, nada existe sobre Él tan fecundo y tan expresivo como los textos que encontramos en toda la Biblia, y San Jerónimo tuvo razón de afirmar que ‘ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo’” (León XIII, Enc. “Providentissimus Deus”). Esta notable cita de San Jerónimo se encuentra repetida por Benedicto XV en la Encíclica “Spiritus Paraclitus” y también por Pío XII en la Encíclica “Divino Afflante Spiritu”. No podemos, pues, mirarla como una simple referencia literaria sino que hemos de meditar toda su gravedad. ¿Acaso pretendería alguien salvarse sin conocer al Salvador?” ¿Cómo creeréis a mis palabras? Argumento igual al del v. 44 y que se aplica con mayor razón aun a los que ignoran voluntariamente las propias palabras de Cristo. Cf. 12, 48 y nota.

1. Después de esto. Véase 5, 1 y nota sobre el orden invertido de los capítulos.

5. La multiplicación de los panes. Cf. Mt. 14, 13 ss.; Mc. 6, 34 ss.; Lc. 9, 10 ss., sirve de introducción al gran discurso sobre el pan de vida (v. 24).

11. Jesús da gracias al Padre anticipadamente (cf. 11, 41 s.), a fin de referirle a Él la gloria del milagro. “Por Él y con Él y en El te es dado a Ti, oh Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y gloria” (Canon de la Misa).

12. La importancia de esta operación, destinada a grabar en la memoria de los discípulos la magnitud del prodigio, se puede apreciar en Mc. 8, 17-21 y en Mt. 16, 8-10.

13. En Mt. 14, 13-21; Mc. 6, 31-44; Lc. 9, 10-17, se dan mayores detalles.

14. Véase 11, 27. El profeta, esto es, el Mesías Rey. Así lo entiende Jesús en el vers. 15. Cf. Mt. 21, 11.

15. Sólo una vez Jesús se dejó aclamar por Rey: fue el Domingo de Ramos (cf. 12, 12 s. y nota). Bien sabía nuestro Salvador que había de prevalecer en el pueblo el sentir hostil hacia Él de los jefes de la nación y que la afirmación de su realeza sobre Israel, anunciada por el ángel a María como una realidad futura, sería el capítulo principal de su acusación por los judíos cuando éstos le hiciesen comparecer ante el gobernador romano (Lc. 1, 32; 23, 2).

21. En seguida llegaron, aunque no habían recorrido sino la mitad del camino (v. 19), que fue la que recorrió Jesús caminando sobre las aguas, teniendo el lago un ancho de 10 a 13 kms. Notable episodio en que se ve que el miedo les había impedido aceptar a Jesús (cf. Lc. 8, 37). Cuando le perdemos el miedo y lo recibimos en nuestra navecilla llegamos felizmente al puerto (S. Beda).

26. Desecharon en el milagro la evidencia, negándose a ver en Jesús a un enviado de Dios, con derecho como tal a ser escuchado. Le buscan como dispensador de bienes, mas no espirituales sino temporales.

27. Pirot recuerda aquí el agua viva que ofreció a la Samaritana en 4, 13. Cf. v. 35. El sello del Padre son esos milagros que dan fe de la misión de Jesús (3, 33) y que Él prodiga con una bondad que no puede ser sino divina. Cf. Mt. 11, 4-6.

29. Le preguntan por las obras: Él señala la obra por excelencia: la obra interior que consiste en creer recta y plenamente. La fe es también la obra de Dios en el sentido de que es Él quien nos atrae (6, 44 y 66).

30. ¿Qué milagro haces? Asombrosa ceguera y mala fe de los fariseos que hacen tal pregunta cuando acaban de comer el pan milagrosamente multiplicado por Jesús.

31. Véase Ex. 16, 15-16; Sal. 77, 25 s.; 1 Co. 10, 3.

32s. El “Don perfecto” por excelencia (cf. St. 1, 17) es el que ese Padre nos hizo de su Hijo muy amado (cf. 3, 16), el verdadero “pan del cielo”, que nos imparte la vida y la sustenta con el pan de su palabra (v. 63) y con su carne hecha pan supersubstancial (v. 51; Lc. 11, 3).

33. Pan de Dios: De estas sublimes palabras viene la expresión popular que suele aplicarse para decir que alguien es muy bueno. Pero ¿cuántos piensan en aplicarla a la bondad del único a quien esas palabras corresponden? (Mt. 19, 16). Desciende del cielo: Nótese aquí, como en los v. 38 y 42, que Jesús es el único Hombre que se ha atrevido a atribuirse un origen celestial y a sostener su afirmación hasta la muerte. Cf. 3, 13; 8, 23 y 38 ss.

34. Siguen creyendo que Jesús habla del pan multiplicado que ellos comieron. No acaban nunca de abrir su entendimiento y su corazón a la fe, como Jesús se lo reprocha en el v. 36.

35. Aquí declara el Señor que Él mismo es el “pan de vida” dado por el Padre (v. 32). Más tarde habla del pan eucarístico que dará el mismo Jesús para la vida del mundo (v. 51).

37. Sobre la iniciativa del Padre en la salvación, véase Rm. 10, 20; Denz. 200. La promesa que aquí nos hace Jesús, de no rechazar a nadie, es el más precioso aliento que puede ofrecerse a todo pecador arrepentido. Cf. en 5, 40 la queja dolorosa que Él deja escapar para los que a pesar de esto desoyen su invitación. Cf. 17, 10 y nota.

38. El Hijo de Dios se anonadó a Sí mismo, como ocultando su divinidad (véase Fil. 2, 7 s. y nota) y se empeñó en cumplir esa voluntad salvífica del Padre, aunque ese empeño le costase la muerte de cruz. Cf. Mt. 26, 42 y nota.

39. Lo resucite: “Para saber si amamos y apreciamos el dogma de la resurrección –dice un autor– podemos preguntarnos qué pensaríamos si Dios nos dijese ahora que el castigo del pecado, en vez del infierno eterno, sería simplemente el volver a la nada, es decir, quedarnos sin resurrección del cuerpo ni inmortalidad del alma, de modo que todo se acabara con la muerte. Si ante semejante noticia sintiéramos una impresión de alivio y comodidad, querría decir simplemente que envidiamos el destino de los animales, esto es, que nuestra fe está muerta en su raíz, aunque perduren de ella ciertas manifestaciones exteriores. Mucho me temo que fuese aterrador el resultado de una encuesta que sobre esto se hiciese entre los que hoy se llaman cristianos”. Véase lo que a este respecto profetiza el mismo Jesús en Lucas 18, 8.

40. He aquí el plan divino: Jesús, el Mediador, es el único camino para ir al Padre. Es decir que, viéndolo y estudiándolo a Él, hemos de creer en el Padre (5, 24), del cual Cristo es espejo perfectísimo (14, 9; Hb. 1, 3). Sólo ese Hijo puede darnos exacta noticia del Padre, porque sólo Él lo vio (1, 18; 3, 32; 6, 46), y la gloria del Padre consiste en que creamos a ese testimonio que el Hijo da de Él (v. 29), a fin de que toda glorificación del Padre proceda del Hijo (14, 13). Véase atentamente 12, 42-49 y notas.

41. Nótese, como siempre, la ingratitud con que responden los hombres a las maravillosas revelaciones que Jesús acaba de hacerles. Véase v. 34 y nota.

44 s. Cf. Is. 54, 13; Jr. 31, 33-34; Mt. 16, 17. Es decir que Dios nos atrae infaliblemente hacia Jesús (si bien, como dice S. Agustín, no contra nuestra voluntad). Es el misterio del amor del Padre al Hijo. El Padre está engendrando eternamente al Hijo, el cual es todo su tesoro (Mt. 17, 5); no obstante ello fue el mismo Padre quien nos lo dio, lo cual hace aún más asombrosa esa bondad. Justo es entonces que el Padre sea el solo Dispensador de su Hijo y Enviado, infundiendo a los que Él elige, el Espíritu Santo (Lc. 11, 13), que es quien nos lleva a Jesús. Cf. 14, 23.

46. Esto es: al hablar (en el v. 45) de los que han “escuchado” al Padre, no digo que lo hayan visto directamente, como me ven a Mí, sino que el Padre habla por boca del Hijo, como se vio en el v. 40 y nota.

51. Hasta aquí Jesús se ha dado a conocer como el pan de vida. En este v. se llama el pan vivo, y en vez de que baja (v. 50) dice que bajó. Pirot anota a este respecto: “La idea general que sigue inmediatamente en la primera parte del v.: Si uno come de este pan vivirá para siempre –repetición en positivo de lo que se dice negativamente en el v. 50– podría aún, en rigor, significar el resultado de la adhesión a Cristo por la fe. Pero el final del v.: y el pan que Yo daré es mi carne… para vida del mundo introduce manifiestamente una nueva idea. Hasta ahora el pan de vida era dado, en pasado, por el Padre. A partir de ahora, será dado, en el futuro, por el Hijo mismo. Además, el pan que hasta aquí podía ser tomado en un sentido metafórico espiritual, es identificado a la carne en Jesús (carne, como en 1, 14, más fuerte que cuerpo)… La única dificultad que aún provoca el v. es la de saber si el último miembro: Para la vida del mundo se refiere al pan o a la carne. La dificultad ha sido resuelta en el primer sentido por algunos raros manuscritos intercalando la frase en cuestión inmediatamente después de daré: el pan que Yo daré para la vida del mundo es mi carne. Pero la masa de los manuscritos se pronuncia por el segundo sentido. No parece, pues, dudoso que Juan haya querido establecer la identidad existente entre el pan eucarístico y la carne de Cristo en su estado de Víctima inmolada por el mundo”. El mismo autor cita luego como acertada la explicación del P. Calmes, según el cual en esa frase “se hallan confundidas la predicción de la Pasión y la promesa del pan eucarístico, y esto sin que baya equívoco, pues la Eucaristía es, al mismo tiempo que un sacramento, un verdadero sacrificio, un memorial de la muerte de N. S. J.”. Cf. Ef. 2, 14; Hb. 10, 20.

54. Por cuarta vez Jesús promete juntamente la vida del alma y la resurrección del cuerpo. Antes hizo esta promesa a los creyentes; ahora la confirma hablando de la comunión eucarística. Peligra, dice S. Jerónimo, quien se apresura a llegar a la mansión deseada sin el pan celestial. La Iglesia prescribe la comunión pascual y recomienda la comunión diaria. ¿Veríamos una carga en este don divino? “La Iglesia griega se ha sentido autorizada por esto para dar la Eucaristía a los niños de primera edad. La Iglesia latina exige la edad de discreción. Puede apoyarse en una razón muy fuerte. Jesús recuerda que el primer movimiento hacia Él se hace por la fe (vv. 35, 45, 57)” Pirot. Cf. 4, 10 ss. El verbo comer que usa el griego desde aquí ya no es el de antes: estío, sino trago, de un realismo aún más intenso, pues significa literalmente masticar, como dando la idea de una retención (cf. v. 27, Lc. 2, 19 y 51). En el v. 58 contrastan ambos verbos: uno en pretérito: éfagon y otro en presente: trogon.

57. El que me come: aquí y en el v. 58 vuelve a hablar de Él mismo como en el v. 50. Vivirá por Mí: de tal manera que vivamos en Él y Él en nosotros, como lo revela el v. anterior. Cf. 1, 16; Col. 2, 9; véase la “secreta” del Domingo XVIII p. Pentecostés. S. Cirilo de Alejandría compara esta unión con la fusión en una de dos velas de cera bajo la acción del fuego: ya no formarán sino un solo cirio. Cf. 1 Co. 10, 17. Nótese que Cristo se complace amorosamente en vivir del Padre, como de limosna, no obstante haber recibido desde la eternidad el tener la vida en Sí mismo (5, 26). Y esto nos lo enseña para movernos a que aceptemos aquel ofrecimiento de vivir de Él totalmente, como Él vive del Padre, de modo que no reconozcamos en nosotros otra vida que esta vida plenamente vivida que Él nos ofrece gratuitamente. Es de notar que por el Padre y por Mi pueden también traducirse para el Padre y para Mí. S. Agustín y Sto. Tomás admiten ambos sentidos y el último parece apoyado por el verbo vivirá, en futuro (Lagrange). ¡Vivir para Aquel que muriendo nos dio vida divina, como Él vivió vara el Padre que engendrándolo se la da a Él! “El que así no vive ¿lo habrá acaso comido espiritualmente?” Véase v. 63; 2 Co. 5, 15; 1 Ts. 5, 10; Ga. 2, 20; cf. Hch. 17, 28; Rm. 14, 8; 2 Co. 4, 11; 6, 9; 1 Jn. 4, 9.

59. He aquí, pues, las maravillas de la comunión explicadas por el mismo Jesús: nos da vida eterna (v. 50, 55 y 59) y resurrección gloriosa (55), siendo una comunidad (“comunión”) de vida con Jesús (57) que nos hace vivir su propia vida como Él vive la del Padre (58).

60. Por no haber abierto sus almas a la inteligencia espiritual del misterio, incurren en el sarcasmo de llamar “dura” la doctrina más tierna que haya sido revelada a los hombres. Cf. v. 41 y nota.

61. Véase Lc. 20, 17 s., donde el Maestro manso y humilde de corazón es llamado por el mismo Dios “piedra de tropiezo”, o sea de escándalo. Cf. Lc. 2, 34; Rm. 9, 32 s., etc. El mismo Jesús dijo muchas veces que los hombres, y también sus discípulos, se escandalizarían, de Él y de su doctrina, cuya generosidad sobrepasa el alcance de nuestro mezquino corazón (cf. Mt. 11, 6 y nota). De ahí la falta de fe que Él señala y reprocha en los v. 36 y 64.

62. Subir: en el misterio de la Ascensión lo verán volver al cielo y ya no se escandalizarán (cf. v. 41 s.) de que se dijese bajado del cielo (v. 33, 46, 50 s., 58), ni podrán creer que les ha hablado de comerlo como los antropófagos (cf. v. 52).

63. La carne para nada aprovecha: Enseñanza tan enorme y preciosa como poco aprovechada. Porque es difícil de admitir para el que no ha hecho la experiencia y para el que no escucha a Jesús como un niño, que acepta sin discutirle al Maestro. Quiere decir que “la carne miente”, porque lo tangible y material se nos presenta como lo más real y positivo, y Jesús nos dice que la verdadera realidad está en el espíritu, que no se ve (cf. 2 Co. 4, 18). El hombre “prudente” piensa que las palabras son humo y ociosidad. Quiere “cosas y no palabras”. Jesús reivindica aquí a la palabra –no la humana pero sí la divina– mostrándonos que en ella se esconde la vida, porqué Él es a un tiempo la vida y la Palabra: el Verbo. Véase 1, 4; 14, 6. Por eso S. Juan lo llama el Verbo de la vida (1 Jn. 1, 1). Y de ahí que no solamente la Palabra es fuente de obras buenas (2 Tm. 3, 16 s.), sino que el estar oyéndolo a Él y creyéndole, es “la obra” por antonomasia (v. 29), la mejor parte (Lc. 10, 42), la gran bienaventuranza (Lc. 11, 28).

65. Véase los vers. 44 y 64.

68 ss. Los apóstoles (con excepción de Judas Iscariote, que más tarde fue el traidor) sostuvieron esta vez gloriosamente la prueba de su fe. Pedro habla aquí, como en otros casos, en nombre de todos (14, 27; Mt. 6, 16). El Santo de Dios; véase Lc. 1, 35.

70. Jesús entrega a nuestra meditación esta sorprendente y terrible verdad de que el hecho de ser auténticamente elegido y puesto por Él no impide ser manejado por Satanás.

1. Este v. sigue probablemente a 5, 47. Véase 5, 1 y nota.

2. La fiesta de los Tabernáculos celebrábase con gran alegría en otoño, con tiendas de ramas, para recordar al pueblo los cuarenta años que estuvo en el desierto. Cf. Lv. 23, 34.

5. Los hermanos, o sea los parientes de Jesús, muestran aquí la verdad de lo que el mismo Maestro enseñó sobre la inutilidad de los lazos de la sangre cuando se trata de espíritu (véase Mt. 12, 46 y nota). Consuela pensar que más tarde se convirtieron, según resulta de Hch. 1, 14.

6. ¡Penetrante ironía! Para los mundanos siempre es tiempo de exhibirse. En el mundo están ellos en su elemento (v. 7) y no conciben que Jesús no ame como ellos la fama (v. 3 s.).

13. Por miedo a los judíos, es decir, a los jefes de la Sinagoga y a los fariseos influyentes (12, 42).

17. Procedimiento infalible para llegar a tener fe: Jesús promete la luz a todo aquel que busca la verdad para conformar a ella su vida (1 Jn. 1, 5-7). Está aquí, pues, toda la apologética de Jesús. El que con rectitud escuche la Palabra divina, no podrá resistirle, porque “jamás hombre alguno habló como Éste” (v. 46). El ánimo doble, en cambio, en vano intentará buscar la Verdad divina en otras fuentes, pues su falta de rectitud cierra la entrada al Espíritu Santo, único que puede hacernos penetrar en el misterio de Dios (1 Co. 2, 10 ss.). De ahí que, como lo enseña S. Pablo y lo declaró Pío X en el juramento antimodernista, basta la observación de la naturaleza para conocer la existencia del Creador eterno, su omnipotencia y su divinidad (Rm. 1, 20); pero la fe no es ese conocimiento natural de Dios, sino el conocimiento sobrenatural que viene de la adhesión prestada a la verdad de la palabra revelada, “a causa de la autoridad de Dios sumamente veraz” (Denz. 2145). Cf. 5, 31-39 y notas.

18. Jesús, “testigo fiel y veraz” (Ap. 3, 14), nos da aquí una norma de extraordinario valor psicológico para conocer la veracidad de los hombres. El que se olvida de sí mismo para defender la causa que se le ha encomendado, está demostrando con eso su sinceridad. Según esa norma, se retrata Él mismo, que fue el arquetipo de la fidelidad en la misión que el Padre le confiara (17, 4-8).

19. Jesús trae aquí un recuerdo que resulta toda una ironía, pues cuando el pueblo recibió de Moisés la Ley hizo, como un solo hombre, grandes promesas de cumplir todas las palabras del Señor (Ex 24, 3), y ahora el Mesías les muestra que ni uno de ellos cumple.

21. Una sola obra: Jesús alude aquí al milagro de la curación del enfermo de treinta y ocho años, realizada en día sábado (cap. 5, 1-9). Esto da un nuevo indicio de lo que observamos en 5, 1 sobre el orden de los capítulos.

27. Éste, en tono despectivo. Los judíos esperaban que el Mesías, después de nacer en Belén, del linaje de David, aparecería con poder y majestad para tomar posesión de su reino (cf. Lc. 17, 20 y nota). También creían erróneamente que Jesús era de Nazaret, y por lo tanto, no quisieron ver en Él al Mesías. Mas, a pesar de las palabras y hechos con que Él puso en evidencia que se cumplían en su persona todos los anuncios de los Profetas, nunca procuraron averiguar con exactitud dónde había nacido (v. 41 ss.; 8, 14), no obstante lo que se había hecho público en Mt. 2, 2-6.

28 s. Jesús insiste sobre la necesidad de conocer a Dios como Padre suyo (4, 34 y nota), pues Israel ignoraba entonces el misterio de la Trinidad, o sea que Dios tuviese un Hijo. Cf. 3, 16; 8, 54 y nota.

30. Los fariseos, y no el pueblo, pues muchos creyeron en Él, en contraste con los jefes. Véase v. 40 y 44.

37. Según Lagrange, Pirot y otros modernos, debe preferirse esta puntuación, que parece ser la primitiva (S. Ireneo, S. Cipriano, etc.), a la otra según la cual el agua viva manaría del seno del que bebiese (cf. 4, 14). Mons. von Keppler hace notar que la alegría era la nota dominante, tanto en la asistencia al templo (Dt. 12, 7; 14, 26) cuanto en esa fiesta de los Tabernáculos (Dt. 16, 15), cuya culminación era la toma del agua, de la cual decía el proverbio: “Quien no ha visto la alegría de la toma del agua no ha visto alegría”. Por donde se ve que Jesús, al decir estas palabras, se manifestaba como el único que puede distribuir el agua viva de la alegría verdadera. Véase Is. 12, 3; 44, 3; Dt. 32, 51; Ez. 47, 1 y 12; Za. 14, 8.

39 s. No había sido todavía glorificado: el Espíritu Santo, que Jesús resucitado anunció como promesa del Padre (Lc. 24, 49; Hch. 1, 4) para consolarnos como lo había hecho Él (14, 26; 16, 13), bajó en Pentecostés (Hch. 2, 1 ss.) después de la Ascensión de Jesús, es decir, sólo cuando Él, glorificado a la diestra del Padre lo imploró para nosotros. Véase Hb. 7, 25; Sal. 109, 4 y nota. El profeta: véase 6, 14 s.; Hch. 3, 22 y notas.

42 ss. Véase v. 17 y nota; 1, 46; 2 Sam. 7, 12; Sal. 88, 4 s.; Mi. 5, 2.

48 s. Tremenda confesión hecha por ellos mismos. Sólo creían los pequeños (v. 41; cf. Mt. 11, 25), a quienes ellos, los jefes legítimos pero apóstatas, despreciaban como ignorantes, porque ellos se habían guardado la llave de las Escrituras y no entraban ni dejaban entrar (cf. Lc. 11, 52).

50. La defensa del Señor por parte de Nicodemo, es fruto de su conversación nocturna con el Señor (cap. 3). Sobre este fruto véase 4, 41 s. y nota.

52. Falso, pues Jonás era galileo (2 R. 14, 25).

1 ss. Sobre la perícopa 1-11 véase Lc. 21, 38 y nota.

5 ss. Véase Lv. 20, 10; Dt. 22, 22-24; 17, 7.

8. Según S. Jerónimo, esta actitud podría recordar a los fariseos el texto de Jr. 17, 13. En general se piensa que indicaba simplemente distracción o displicencia despectiva ante la odiosa conducta de aquellos hipócritas.

9. “Quedaron estos dos: la mísera y la misericordia” (S. Agustín).

12. Esta imagen de la “luz” fue propuesta con motivo de la iluminación del Templo. El mismo S. Juan nos presenta esta altísima doctrina de cómo la luz, que es el Verbo (1, 9), es para nosotros vida (1, 4). Según el plan de Dios, el Espíritu Santo nos es dado mediante esta previa iluminación del Verbo.

13 s. Aunque Jesús no invoca generalmente su propio testimonio porque tiene el de su Padre (v. 18; 5, 31-36), todo profeta tiene un testimonio en su conciencia de enviado de Dios.

15. Sobre este importante punto, véase 5, 22 y nota. Cf. v. 11.

17. Véase Dt. 17, 6; 19, 15.

23. Es como la síntesis de todos los reproches de Jesús a los falsos servidores de Dios de todos los tiempos: la religión es cosa esencialmente sobrenatural que requiere vivir con la mirada puesta en lo celestial (Col. 3, 1 ss.; Hb. 9, 12; 10, 22; 12, 2; 13, 15), es decir, en el misterio (1 Co. 2, 7 y 14), y los hombres se empeñan en hacer de ella una cosa humana “convirtiendo, dice S. jerónimo, el Evangelio de Dios en evangelio del hombre” (cf. Lc. 16, 15). Es lo que un célebre predicador alemán comentaba diciendo: “El apostolado no consiste en demostrar que el Cristianismo es razonable sino paradójico. Sólo porque lo ha dicho un Dios, y no por la lógica, podemos creer que se oculta a los sabios lo que se revela a los pequeños (Mt. 11, 25) y que la parte de María, sentada, vale efectivamente más que la de Marta en movimiento (Lc. 10, 38 ss.). Cf. Lc. 7, 23 y nota.

24. En vuestros pecados: El v. 21 se refiere, en singular, al pecado por excelencia de la Sinagoga. que es el de incredulidad frente al Mesías (cf. 16, 9; Rm. 11, 22). Aquí muestra que, cometido aquel pecado, los demás pecados permanecerán también. Es como una tremenda condenación en vida, que Jesús anticipa a los hombres de espíritu farisaico.

25. Algunos traducen: “Ante todo, ¿por qué os hablo?” Preferimos nuestra versión, según la cual Jesús muestra a los fariseos que ya no necesita repetirles la verdad de su carácter mesiánico: se lo ha dicho muchas veces, y ellos no quieren creerle. Cabe aún otra versión, cuyo sentido sería: Ante todo, ¿si Yo no fuera el Mesías, acaso os hablaría como os hablo?

28. Anuncio de la crucifixión que va a abrir los ojos de muchos. Efectivamente, después de la muerte de Jesús (Mt. 27, 54; Mc. 15, 38 s.; Lc. 23, 47 s.) y en particular después de la venida del Espíritu Santo, muchísimos creyeron en Cristo como testimonio del amor del Padre que lo enviaba, si bien la conversión de todo Israel sólo está anunciada para cuando Él vuelva (Mt. 23, 39 y nota). Cf. 19, 37; 3, 14; 12, 32. De Mí mismo no hago nada: Admiremos el constante empeño de Jesús por ocultarse a fin de que toda la gloria sea para el Padre. Véase 7, 28; 12, 49 s.; Fil. 2, 7 s.

30. No muchos fariseos (v. 21 y 24) sino muchos del pueblo judío. Éstos comprendieron ese misterio de la sumisión filial y amorosa de Cristo al Padre, que aquéllos no entendieron (v. 27).

31. Si permanecéis en mi palabra: Como si dijera: si mi palabra permanece en vosotros (15, 7).

32. La libertad de los hijos de Dios se funda en la buena doctrina (v. 31). La vida eterna es conocimiento (17, 3). Cf. 2 Co. 3, 17; St. 1, 25; 2, 12.

33. Los que replican no son los que creyeron (nota 30), sino los enemigos, que se dan indebidamente por aludidos, según se ve por lo que sigue. La falsedad de su afirmación es notoria, pues los judíos fueron esclavos en Egipto, en Babilonia, etc., y a la sazón dependían de Roma.

34. Del pecado: falta en varios códices y no agrega, antes quita, fuerza. El hombre liberado por la verdad de Cristo (32) es espiritual (Ga. 5, 16) y no peca (1 Jn. 3, 6 y 9). El carnal es esclavo, porque no es capaz de seguir su voluntad libre, sino que obra dominado por la pasión (Rm. 7, 23).

38. Ese padre es el diablo (v. 44), y sus hijos son mentirosos y maliciosos como él.

43. Profunda enseñanza. según la cual, para comprender la Palabra de Jesús, hay que estar dispuesto a admitirla y a creer en su misión (véase 7, 17 y nota). Es la verdad que S. Anselmo expresaba diciendo: “Creo para entender”.

44. Sobre su obra tenebrosa, véase Mt. 13, 57 y nota.

48 s. Los judíos: aquellos a que se refiere el v. 33, no los del v. 30. Nótese, cómo no teniendo qué responder, recurren al puro ultraje, cosa que Jesús les hace notar en el v. 49, con sublime serenidad. Cf. v. 59; 9, 34; 10, 39.

50. No busco mi gloria, dice el único merecedor de ser infinitamente glorificado por el Padre (v. 54). Antes había dicho: “No busco mi voluntad” (5, 30). Jesús obra en todo como un hijo pequeño y ejemplar, frente a su Padre. Se nos ofrece así como el modelo perfecto de la infancia espiritual, que es la síntesis de las virtudes evangélicas, el remedio de nuestras malas inclinaciones, y la prenda de las más altas promesas. Véase Mt. 5, 3; 18, 4; Lc. 10, 21 y notas. Hay quien la busca: Notemos la ternura de esta alusión de Jesús a su divino Padre. ¿Cómo no habla de glorificar Él al Hijo amado y al Enviado fidelísimo que así afrontaba los insultos, y hasta la muerte ignominiosa, por cumplir la misión salvadora que el Padre le confió? Véase 12, 28 y nota.

51. Porque esa gloria (v. 50) que Jesús pedirá al Padre en 17, 1 consistirá precisamente en poder darnos vida eterna, es decir, librar de la muerte a los que guardemos su Palabra (17, 2 y nota). Sobre este misterio, cf. 5, 24; 6, 40; 11, 26; 1 Jn. 5, 13.

54. Si Yo me glorifico, es decir, si Yo me glorificase y fuese orgulloso, como vosotros pretendéis, mi gloria sería falsa. Es lo que Jesús ha establecido en 7, 18 y en el v. 53. “Mi Padre… que es vuestro Dios”: se identifica aquí la persona del Padre con Yahvé, el Dios de Israel. Cf. 7, 28 y nota; Mt. 22, 44; Sal. 109, 1.

56. En las promesas que Dios le dio, presintió Abrahán el día del Mesías (cf. Mt. 13, 17; Lc. 17, 22; Hb. 11, 13). También los creyentes nos llenaremos un día de ese gozo (1 Pe. 1, 8). Cf. Mt. 8, 11.

58. Yo soy: presente insólito, que expresa una existencia eterna, fuera del tiempo. Cf. Jn. 1, 1 y Hb. 9, 14, donde la divinidad de Jesús es llamada “el Espíritu eterno”.

2 s. Los discípulos, como los judíos en general, creían que todo mal temporal era castigo de Dios. En su respuesta rechaza el Señor este concepto. Véase 5, 14 y nota.

5. Esto es: Él sigue, como en Mt. 11, 5, realizando esas maravillas para las cuales fue enviado (Is. 35, 5 y nota), hasta que la violencia se lo impida (Mt. 11, 12; Lc. 13, 32) y empiece para “este mundo” la noche que perdurará “hasta que Él venga” (Ga. 1, 4; 2 Pe. 1, 19; 1 Co. 11, 26). Sobre la luz, cf. 1, 4 y 8 s.; 3, 19; 8, 12; 12, 35 y 46.

7. La piscina del Siloé se hallaba a 333 metros al sur del Templo. Hoy día se llama: Ain Sitti Miriam (Fuente de Nuestra Señora María).

17. Es un profeta: El ciego quiere decir un enviado de Dios. Todavía no está seguro de que sea el Mesías. Más tarde lo confiesa plenamente (v. 38).

27. La ironía que se revela en la pregunta del ciego, excita extremadamente a los fariseos, que son los verdaderos ciegos luchando contra la evidencia de los hechos.

30 ss. “El que era ciego y ahora ve se indigna contra los ciegos” (S. Agustín). Vemos aquí en efecto que ese pecado de incredulidad de los fariseos (8, 24 y nota) es de ceguera voluntaria (v. 39 ss.) que deliberadamente niega la evidencia. Es el pecado centra la luz (v. 5; 3, 19) y en consecuencia contra el Espíritu (Mc. 3, 28-30; Hch. 7, 51), el que no tiene perdón, porque no es obra de la flaqueza sujeta a arrepentirse (Lc. 7, 47), sino de la soberbia reflexiva y de la hipocresía que encubre el mal con la apariencia del bien para poder defenderlo, (Mt. 23, 1-39; 2 Tm. 3, 5).

34. Una vez más los fariseos recurren al insulto, a falta de argumentos (cf. 8, 48) y ponen en práctica lo que tenían resuelto según el v. 22.

37. Jesús se define de la misma manera en 4, 26. Él es, por excelencia, la “Palabra”: el Verbo, el Logos.

39. Es el juicio de 3, 19. Los soberbios serán heridos de ceguera espiritual (St. 4, 1; 1 Pe. 5, 5), ceguera culpable que los hará perderse (v. 40 s.; 2 Ts. 2, 10 ss.).

41. Nótese la estupenda dialéctica del Maestro. El rechazo que ellos hacen de la imputación de cegueras se vuelve en su contra, como un argumentum ad hominem, mostrando así que su culpa es aún mayor de lo que Jesús les había dicho antes.

1. Como expresa la perícopa de este Evangelio en el Domingo del Buen Pastor (II post Pascua), Jesús habla aquí “a los fariseos”, continuando el discurso precedente (cf. 9, 41 y nota), cosa que debe tenerse en cuenta para entender bien este capítulo. La puerta es Jesús (v. 7; 14, 6; cf. Sal. 117, 20 y nota). Aprisco: corral común donde varios pastores guardan sus rebaños durante la noche.

3. ¿Quien es este portero tan importante, sino el divino Padre? Él es quien abre la puerta a las ovejas que van hacia el Buen Pastor. Porque, así como nadie va al Padre sino por Jesús (14, 6), nadie puede ir a Jesús si el Padre no lo elige (v. 37) y no lo atrae (6, 44 y 65). Y nótese que Jesús no sólo es el Pastor bueno (v. 11) sino que Él es también la puerta (v. 7 ss.). Esa puerta que el Padre nos abre, es, pues, el mismo Hijo, porque el Padre nos lo dio para que por Él entremos a la vida (3, 16) y para que Él mismo sea nuestra vida. Véase 1, 4; 1 Jn. 4, 9; 5, 11-13.

4 s. Las almas fieles no pueden desviarse: Jesús las va conduciendo y se hace oír de ellas en el Evangelio y por su Espíritu. Él es la puerta abierta que nadie puede cerrar para aquellos que custodian su palabra y no niegan su Nombre (Ap. 3, 8).

5. ¡Privilegio de los que están familiarizados con el lenguaje de Jesús! Él les promete aquí un instinto sobrenatural que les hará reconocer a los falsos maestros y huir de ellos. Entonces se explica que puedan “ir y venir” (v. 9), porque las Palabras del Buen Pastor les habrán dado la libertad, después de prepararlas para ella, como lo explica Jesús en 8, 31 ss.

8. Dice Durand: “Ladrones que roban por astucia y salteadores que se apoderan por la violencia” (cf. Mt. 11, 12 y nota). Los tales son ladrones de gloria, porque la buscan para sí mismos y no para el Padre como hacía Jesús (cf. 5, 43 s.; 7, 18); y salteadores de almas, porque se apoderan de ellas y, en vez de darles el pasto de las Palabras reveladas (v. 9) para que tengan vida divina (v. 10; 6, 64), las dejan “esquilmadas y abatidas” (Mt. 9, 36) y “se apacientan a sí mismos”. Cf. 21, 15 ss.; Ez. 34, 2 ss.; Za. 11, 5 y notas.

11. Pone su vida: o sea la expone, lo cual es más exacto que decir “la da”. El pastor no se empeña en que el lobo lo mate, pero no vacila en arriesgarse a ello si es necesario en defensa de sus ovejas. Tampoco Jesús solicitó que lo rechazaran y le quitaran la vida. Antes por el contrario, afirmó abiertamente su misión, mostrando que las profecías mesiánicas se cumplían en Él. Mas si aceptó el reconocimiento de sus derechos (1, 49 s.; Lc. 1, 32 s.; Mt. 21, 16; Lc. 19, 39 s.), no quiso imponerlos por fuerza (Mt. 26, 52 s.; Jn. 18, 36), ni resistir a la de sus enemigos (Mt. 5, 39; Lc. 16, 16 y nota), y no vaciló en exponer su vida al odio de los homicidas, aunque sabía que la crudeza de su doctrina salvadora exasperaría a les poderosos y le acarrearía la muerte. Tal es el contenido de la norma de caridad fraterna que nos da S. Juan a imitación de Cristo: amar a los hermanos hasta exponer si es necesario la vida por ellos (1 Jn. 3, 16). En igual sentido dice S. Pablo que Jesús fue obediente al Padre hasta la muerte de cruz (Fil. 2, 8), y tal es también el significado de la fidelidad que Jesús nos reclama “hasta el fin” (Mt. 10, 22; 24, 13), es decir, hasta el martirio si necesario fuera. Cf. v. 18 y nota.

16. Las ovejas a quienes el Salvador fue enviado, son los judíos (Mt. 10, 5 s. y nota). Como ellas no oyen la voz de su pastor (Hch. 28, 25 ss.), Dios “escogerá de entre los gentiles un pueblo para su Nombre” (Hch. 15, 15; cf. Mt. 13, 47 ss.; Lc. 24, 47; Jn. 11, 52, hasta que con el retorno de Israel (Rm. 11, 25 ss.) se forme un solo rebaño con un solo pastor. Fillion y Gramática recuerdan aquí a Ez. 34, 23 y 37, 21 ss. Véase también Ez. 36, 37 s. y 37, 15 ss. con respecto a las diez tribus que estaban ausente en los días de Jesús.

17. Para volver a tomarla: Texto diversamente traducido. El P. Joüon vierte: “mas la volveré a tomar”, lo que aclara el sentido y coincide con la nota de Fillion, según la cual “es la generosa inmolación del buen Pastor por sus ovejas, lo que lo hace extraordinariamente caro a su Padre”. No puede pedirse una prueba más asombrosa de amor y misericordia del Padre hacia nosotros.

18. Es decir que la obediencia que en este caso prestó Jesús a la voluntad salvífica del Padre (3, 16; Rm. 5, 8 ss.; 1 Jn. 4, 10), nada quita al carácter libérrimo de la oblación de Cristo, cuya propia voluntad coincidió absolutamente con el designio misericordioso del Padre. Véase Mt. 26, 42; Sal. 39, 7 s. comparado con Hb. 10, 5 ss.; Is. 53, 7.

20. Sobre estos “virtuosos” que se escandalizan de Jesús véase Mt. 11, 6; 12, 24-48; Lc. 11, 15-20; Mc. 3, 28-30 y notas.

22. La fiesta de la Dedicación del Templo celebrábase en el mes de diciembre, en memoria de la purificación del Templo por Judas Macabeo. También se llamaba “Fiesta de las Luces”, porque de noche se hacían grandes luminarias. Cf. 8, 12 y nota.

29. Esta versión muestra el inmenso aprecio que Jesús hace de nosotros como don que el Padre le hizo (cf. 11 s.; 17, 9 y 24; Mt. 10, 31, etc.). Otros traducen: “Mi Padre es mayor que todo”, lo que explicaría por qué nadie podrá arrebatarnos de su mano. Según otros, lo que mi Padre me dio sería la naturaleza divina y el poder consiguiente (cf. 17, 22; Mt. 11, 27; 28, 18).

30. El Hijo no está solo para defender el tesoro de las almas que va a redimir con Su Sangre; está sostenido por el Padre, con quien vive en la unidad de un mismo Espíritu y a quien hoy ruega por nosotros sin cesar (Hb. 7, 24 s.).

34 ss. Si la Escritura llama “dioses” a los príncipes de la tierra, para destacar su dignidad de lugartenientes de Dios, ¿por qué queréis apedrearme a Mí, si me llamo Hijo de Dios? Véase Sal. 81, 6. Hoy somos nosotros los hijos de Dios, y no sólo adoptivos, sino verdaderos, gracias a Cristo. Cf. 1, 12; 20, 17; 1 Jn. 3, 1; Rm. 8, 16-29; Ga. 4, 5 s.; Ef. 1, 5 y nota.

35. La Escritura no puede ser anulada: Vemos cómo Jesús no sólo responde de la autenticidad de los Sagrados Libros sino que declara que no pueden ser modificados ni en un ápice. Véase Pr. 30, 6 y nota; Ap. 22, 18 s.

36. Jesús proclama una vez más “su consagración y su misión teocrática, tanto más reales y elevadas que las de los jueces de Israel” (Fillion). Cf. 18, 37.

39. ¡He aquí el fruto de tanta evidencia! (cf. 9, 30 ss. y nota). Sírvanos de gran consuelo esto que soportó Él, cuando nos hallemos ante igual dureza. Cf. 15, 18 ss. y notas.

2. Véase 12, 3 ss.; Lc. 7, 36-50.

3. Admírese la brevedad y perfección de esta súplica, semejante a la de María en 2, 3, que en dos palabras expone la necesidad y expresa la plena confianza. “Es como si dijesen: Basta que Tú lo sepas, porque Tú no puedes amar a uno y dejarlo abandonado” (S. Agustín).

9 ss. Como en 9, 5 (cf. nota), Jesús quiere decir: nada tengo que temer mientras estoy en mi carrera terrenal, fijada por el Padre.

16. La presunción de Tomás había de resultarle fallida, como la de Pedro en 13, 37 s. Véase su falta de fe en 20, 25, y la objeción con que parece rectificar a Jesús en 14, 5. Por lo demás era gratuita la creencia de que el Señor fuese entonces a morir, dado lo que Él acababa de decir en vv. 9 ss.

18. Unos quince estadios: más de dos kilómetros.

22 ss. La fe de Marta es pobre. puesto que no esperaba el milagro por virtud del mismo Jesús. Por eso dijo el Señor: “Yo soy la resurrección y la vida”. Crece entonces la fe de Marta de modo que confiesa: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios” (v. 27).

24. Jesús les había sin duda enseñado ese misterio como en 6, 39, 40, 44 y 54.

25 s. Cf. 6, 50. Léase – dice S. Pablo a este respecto (1 Co. 15, 51-55 y 1 Ts. 4, 13-18).

27. El que viene: en griego, ho erjómenos, participio presente que traduce literalmente la fórmula hebrea: Ha-ba, con que el Antiguo Testamento anuncia al Mesías Rey venidero. Así lo vemos en Mt. 11, 13 y 21, 9, en Lc. 7, 19 y en Jn. 6, 14, etc., aplicado como aquí en el sentido de el que había de venir. En Mt. 23, 39 (véase la nota), Jesús se aplica la misma palabra griega correspondiente a la misma expresión hebrea del Sal. 117, 26 que Él cita allí, pero esta vez con relación a su segunda venida. Lo mismo hace en Mt. 16, 28; 26, 64; Mc. 13, 26; 14, 62, etc., anunciando la primera vez su Transfiguración, y todas las demás veces su Parusía, y usando siempre esta palabra en el sentido de futuro en que la había usado el Bautista al anunciar la primera en Mt. 3, 11, donde la Vulgata la traduce por: venturos (venidero). Es decir que aunque Jesús ya vino, sigue siendo el que viene, o sea el que ha de venir, pues cuando vino no lo recibieron (1, 11) y entonces Él anunció a los judíos que vendría de nuevo (cf. Hb. 9, 28; Hch. 3, 20 ss.; Fil. 3, 20 s., etc.), por donde en adelante el participio presente tiene el sentido de futuro como lo usa Jesús en los anuncios de su Parusía que hemos mencionado. Cf. 2 Jn. 7; Ap. 1, 8. Así lo hace también San Pablo (cf. Hb. 10, 37 y nota), tomando esa palabra que Habacuc (2, 3 s.) usa en los LXX para anunciar al Libertador de Israel, y aplicándola, como dice Crampon, al Cristo venidero en los tiempos mesiánicos, o sea, como dice la reciente Biblia de Pirot, “cuando venga a juzgar al mundo”.

28. En secreto, para que no oyesen los judíos la venida de Jesús. Ellos creyeron que iba al sepulcro (v. 31).

35. Jesús no repara en llorar por amor a un amigo, como no reparó en llorar por amor compasivo a Jerusalén (Lc. 19, 41).

44. Los judíos solían envolver los cadáveres con fajas de lienzo. Por eso Lázaro no puede andar ni valerse de las manos.

51 s. Preocupado sólo de su intriga contra el Salvador, lejos estaba Caifás de suponer que sus palabras encerraban una auténtica profecía. Sobre su alcance, cf. 10, 16 y nota.

54. Efraím, en otro tiempo relacionado con Betel (2 Cro. 13, 19), se identifica hoy con la aldea de Taibé a cinco leguas al N. de Jerusalén, casi en el desierto.

3. Sobre esta cena de Betania véase también Mt. 26, 6 ss.; Mc. 14, 3 ss. Según S. Crisóstomo y S. Jerónimo, esta María, hermana de Lázaro de Betania, no sería idéntica con la pecadora que unge a Jesús en Lc. 7, 36-50. En cambio, otras opiniones coinciden con la Liturgia que las identifica a ambas, como se ve en la Misa de Santa María Magdalena, el 22 de julio, y consideran que la actitud amorosa y fiel de Magdalena al pie de la Cruz y en la Resurrección (19, 25; 20, 1-18), es muy propia de aquella que en Betania escuchaba extasiada a Jesús (Lc. 10, 38 ss.).

6. Jesús, el más pobre de los pobres, no llevaba dinero, ni lo llevaban los apóstoles, sino que vivían de limosnas, cuyo administrador infiel era Judas Iscariote. Éste es llamado ladrón porque sustraía los fondos comunes. Podemos juzgar lo que valía su defensa de los pobres, cuando él, por dinero, llegó a entregar a su divino Maestro. Cf. 1 Co. 13, 3.

10. No lograron quitar la vida a Lázaro. Según una tradición, fue uno de los primeros obispos de Chipre. El emperador León VI exhumó su cuerpo para entregarlo a Santa Ricardis, esposa del emperador Carlos III.

12 s. Compárese con Mt. 21, 1-11; Mc. 11, 1-11; Lc. 19 29-45 y nótese el reconocimiento de la realeza de Cristo por parte de los buenos israelitas (cf. 6, 15) en tanto que la negaban sus enemigos. Cf. 18, 39 s.; 19, 12-15; Lc. 23, 2, etc. Hosanna: exclamación de júbilo, que significa: ¡ayúdanos! (oh Dios). Véase Salmo 117, 25; Mt. 21, 9 y notas.

20. Los griegos que desean ver a Jesús son prosélitos o afiliados al judaísmo, como el centurión de Lc. 7, 2-10. Se les llamaba “temerosos de Dios” (Hch. 13, 43). De no ser así no habrían venido a Jerusalén a la fiesta.

23. La hora, como anota Pirot, era de inmolación (v. 27), de la cual vendría su glorificación (Lc. 24, 26). Cf. Sal. 109, 7 y nota.

24 ss. Jesús aplica esto primero a Él mismo, según vemos por el v. 23. Significa así la necesidad de su Pasión y Muerte (cf. Lc. 24, 46) para que su fruto sea el perdón nuestro (ibid. 47; cf. Is. 53, 10 ss.). En segundo lugar lo aplica a nosotros (v. 25) pata enseñarnos a no poner el corazón en nuestro yo ni en esta vida que se nos escapa de entre las manos, y a buscar el nuevo nacimiento según el espíritu (3, 3 ss.; Ef. 4, 24), prometiéndonos una recompensa semejante a la que Él mismo tendrá (v. 26). Cf. 17, 22-24.

27. Mi alma está turbada: Santo Tomás llama a esto un anticipo de la Pasión. Jesús encara aquí su drama con la misma generosidad con que beberá en Getsemaní el cáliz de la amargura (Mt. 26, 39), y renuncia a pedir al Padre que lo libre, pues sabe que así debe suceder (Mt. 26, 53 s.).

28. Glorifica tu nombre: En 17, 1 s. vemos que la glorificación que el Padre recibe del Hijo consiste en salvarnos a nosotros. El Padre quedará glorificado más y más (cf. 13, 31 s.) al mostrar que su misericordia por los pecadores no vaciló en entregar su divino Hijo (3, 16) y dejarlo llegar hasta el último suplicio (10, 17; Rm. 5, 10; 8, 32; 1 Jn. 4, 9). Y a su vez el Padre, que ya glorificó al Hijo dando testimonio de Él con su Palabra (Mt. 17, 5) y en los milagros, lo glorificará más y más, después de sostenerlo en su Pasión (Lc. 22, 43), y de resucitarlo, (Hch. 2, 24; 3, 15; Rm. 8, 11; Ef. 1, 20; Col. 2, 12), sentándolo a su derecha, con su Humanidad santísima, con la misma gloria que eternamente tuvo el Verbo (17, 5 y 24). Cf. Sal. 109, 1 ss.

29. Así fue también en Hch. 9. 7; 22, 9; Fil. 3, 21. Sobre la dulce muerte a sí mismo (v. 25). véase Lc. 9, 23 s. y nota. Cf. Mt. 10, 39; 16, 25; Mc. 8, 35; Lc. 17, 33. Alma (gr. psyjé). Así también de la Torre. Otros vierten vida. El mismo v. trae otra palabra (zoé) que traducimos por vida.

31. Satanás y sus satélites serán echados fuera de las almas por la regeneración que obrará en ellas el Bautismo (Ef. 4, 8; Denz. 140). Véase, empero, 14, 30 y nota.

32. Lo atraeré todo hacia Mí: esto es, consumada mi redención, Yo quedaré como el centro al cual convergen todos los misterios de ambos Testamentos. Otros leen: atraeré a todos y lo interpretan del llamado que se extiende a toda la gentilidad. En Ef. 1, 10 (cf. nota), hay una base de interpretación aun más amplia de este anuncio del Señor.

34. Aluden a las profecías sobre el Mesías Rey de Israel. Cf. Is. 49, 8; Ez. 37, 25.

35 s. Mientras: en griego “hos” (cf. Lc. 3, 23 y nota). Jesús es la luz (9, 5) y los invita a obrar mientras Él está con ellos, pues Él los guardará como dice en 17, 12. No os sorprendan: sobre este sentido, véase Mt. 24, 24; 2 Ts. 2, 10.

36. Creer a la Palabra de Jesús es la condición que Él mismo nos pone para hacernos hijos de Dios. Cf. 1, 12.

37. Véase 6, 30: 9, 30; Lc. 11, 31 y notas.

38. Cita de Is. 53, 1, profecía de la Pasión, como la del Sal. 21, 2, que Cristo pronuncia en la Cruz (Mt. 27, 46). Nadie las creía, ni los apóstoles.

39 ss. Anuncio de la ceguera que los llevó a rechazar a Cristo, no obstante la claridad de las profecías antes invocadas (cf. 9, 39). Cuando vio su gloria: Cf. 8, 56; Is. 6, 9 ss.; Lc. 19, 14 y 27.

42. Véase 7, 13 y nota.

44. Véase 6, 40 y nota.

45. Por el misterio que se ha llamado “circuminsesión”, el Padre está en el Hijo, así como el Hijo está en el Padre. Bajo los velos de la humanidad de Cristo late su divinidad, que posee con el Padre en la unidad de un mismo Espíritu. Véase 10, 30; 14, 7-11.

46. Jesús no quiere que sus discípulos queden en tinieblas. Elocuente condenación de lo que hoy suele llamarse la fe del carbonero. Las tinieblas son lo propio de este mundo (9, 5 y nota), mas no para los “hijos de la luz”, que viven de la esperanza (1 Ts. 5, 4 s.).

47. En esta mi primera venida no he de juzgar al mundo, pero sí en la segunda. Véase 3, 17; 5, 22 y nota; 8, 15; Ap. 19, 11 ss.

48. Cf. 3, 18. Según esto, el no querer escuchar la Palabra de Cristo es peor que, después de haberla escuchado, no cumplirla. Confirma así el v. 46.

49. El que hace caso omiso del Mediador, desecha la misericordia del que se dignó constituirlo. Véase 14, 31; 15, 10. Entretanto, admiremos una vez más la humildad de niño con que el divino Legado habla del Padre.

1. El sentido literal de este v. puede ser doble: que los amó hasta el extremo (como lo veremos en lo que hace a continuación), o que quiso extender a todos los suyos, que vivirán hasta el fin de los tiempos, el mismo amor que tenía a aquellos que entonces estaban en el mundo. Así también lo vemos formular aquí su Mandamiento nuevo (v. 34), en el cual se ofrece por modelo del amor que hemos de tenernos entre nosotros, a fin de que ese amor Suyo por los hombres perdure sobre la tierra como si Él mismo se quedara, puesto que, mediante el Espíritu Santo (Lc. 11, 13), cada uno podrá amar a su hermano con el mismo amor con que Jesús lo amó. Es, como vemos, el aspecto inverso del mismo misterio de caridad que reveló en Mt. 25, 45 al decirnos que Él recibe, como hecho a su propia Persona, cuanto hacemos por el más pequeño de sus hermanos.

3. El Evangelista, siempre tan sobrio y falto de todo encomio, parece querer acentuar esta vez la enormidad indecible que significa esa actitud de siervo tomada aquí por Jesús (v. 4), no obstante saber Él muy bien que, como aquí se expresa, Él era el Príncipe divino, el único hombre que ha habido y habrá digno de adoración.

4. Los vestidos: plural de generalización. “Jesús no se quitó sin duda más que el manto” (Joüon).

5. Algunos piensan aquí en una purificación de los apóstoles, pero Jesús explica en vv. 12 ss. el significado y el propósito ejemplarizador de este acto de su inefable humildad y caridad fraterna, “más para (ser) meditado que para expresado”, escribe S. Agustín. En el v. 10 les dice que ya estaban limpios, y el lavar los pies no era un acto de purificación de la conciencia sino un servicio de esclavo, que aquí es muestra de amor (cf. v. 1), tanto más especial cuanto que no se trata de visitantes recién llegados (cf. Lc. 7, 44). ¡También a Judas le lavó los pies! La idea de purificación es, pues, como dice Huby, ajena al discurso de Jesús.

8. Sobre esta falsa humildad cf. Mt. 5, 8; 16, 23; Lc. 12, 37 y nota. “Para tener comunidad con Jesús es necesario no tener miedo de Él. Sin eso ¿cómo nos llamaríamos redimidos por Él?”

10. Las palabras entre corchetes faltan en muchos manuscritos. Pirot las suprime totalmente.

14. Sobre la sencillez y humildad sin límites de Jesús, véase Mt. 20, 28; Lc. 22, 27 y nota.

18. Jesús ofrece aquí una nueva prueba de que es el Mesías, mostrando que va a cumplirse en Él la traición que David sufrió como figura Suya y que anunció mil años antes al presentar típicamente a Judas en la persona de Aquitofel (Sal. 40, 10; 54, 14 y notas). El divino Maestro nos enseña con esto la triste pero importante verdad de que no hemos de confiar imprudentemente ni en el más íntimo amigo, porque, aunque hoy nos parezca imposible, bien puede convertirse en el traidor de mañana.

23. Aquel a quien Jesús amaba, el mismo Evangelista, quien por modestia oculta su nombre (véase 1, 39 y nota). Recostado quiere decir que Juan, según la costumbre oriental, estaba echado delante de Jesús, apoyándose sobre el codo izquierdo, con el pecho vuelto el Maestro.

26. El bocado: no se dice de pan, ni que fuese mojado en vino, ni puede pensarse que Jesús daba a Judas la Eucaristía para que la recibiese sacrílegamente (Scio).

27. En ese momento entró en él Satanás: Juan recalca el momento preciso, para distinguir esta posesión diabólica total de Judas del designio del v. 2, que Satanás “había puesto en su corazón”. Lucas coloca antes de la cena pascual esa posesión diabólica y el pacto con los sacerdotes para entregarles a Jesús (Lc. 22, 3 7 ss.), en lo cual coincide con Mt. 26, 14 ss. y Mc. 14, 10 ss., que sitúan ese pacto inmediatamente después de la cena de Simón el leproso. De ahí han supuesto algunos que esta cena del lavatorio de pies pudiese ser, como aquella que se le dio en Betania seis días antes (12, 1; Mt. 26, 6 ss.; Mc. 14, 3 ss.), anterior a la de Pascua (cf. v. 1). Se observa que falta aquí toda mención de la Eucaristía, que traen los tres sinópticos, y de la preparación de la Cena pascual (Mt. 26, 17 ss.; Mc. 14, 12 ss.; Lc. 22, 7 ss.); que esa fiesta se da aquí por futura (v. 29); que los discípulos parecen ignorar aún la culpa de Judas (v. 28), cosa que en la otra Cena se hizo pública (Mt. 26, 21-25); que la negación de Pedro (v. 38) no fue anunciada para esa misma noche (como lo fue en Mt. 26, 34; Mc. 14, 30; Lc. 22, 34); que Judas al salir ya de noche (v. 30) no pudo tener tiempo para convenir la entrega de Jesús esa misma noche; que los caps. 14 y 15 no aparecen continuando los anteriores como los caps. 16, 17 y 18; que el himno dicho al final de la Pascua (Mt. 26, 30) no pudo ser la oración del cap. 17 sino el Hallel (Sal. 112-117); que ambas Cenas tienen ya cada una su gran contenido propio e independiente (cf. v. 5 y nota); y que, en fin, los sinópticos escribieron cuando aun continuaba el apostolado sobre Israel, en tanto que Juan escribió casi treinta años después de haber rechazado Israel la predicación apostólica (Hch. 28, 25 ss.) y de la destrucción de Jerusalén y del Templo que siguió muy luego; por lo cual pudo Juan tener algún propósito especial provocado por esos grandes acontecimientos. Hazlo más pronto (así también de la Torre). ¡Es la urgencia de Lc. 12, 50 y 22, 15! La invitación parecería dirigida a Satanás que había entrado en Judas (cf. Lc. 8, 30) y que al promover la inmolación del Cordero no pensó por cierto que servía de instrumento al Redentor. Cf. v. 31 y nota; Hch. 13. 27; 1 Co. 2, 8.

31 s. Ahora… ha sido: Los expositores suelen verse en aprietos para explicarse literalmente este verbo en tiempo pasado, que estaría en oposición con toda la economía de la Escritura, según la cual la glorificación de Jesús tuvo lugar cuando el Padre lo sentó a su diestra (cf. 16, 7; Sal. 109, 1 y notas). El evangelista sin embargo da a entender su pensamiento al poner en futuro el v. 32 y al señalar que Jesús dijo esto en el momento en que salió Judas para consumar su obra. Es como si dijera: “echada está la suerte. Debo padecer para entrar en mi gloria (Lc. 24, 26), y ahora tiene principio de ejecución el proceso que me llevará a glorificar al Padre y ser glorificado por Él”.

34. El mandamiento es “nuevo” en cuanto propone a los hombres la imitación de la caridad de Cristo: amor que se anticipa a las manifestaciones de amistad; amor compasivo que perdona y soporta; amor desinteresado y sin medida (Rm. 13, 10; 1 Co. 13, 4-7).

36. No puedes seguirme ahora, porque no estás confirmado en la fe, como se verá luego en sus negaciones. Lo seguirá más tarde hasta el martirio, cuando haya recibido el Espíritu Santo. Cf. 21, 19; 2 Pe. 1, 14.

38. En lugar de anunciar anticipadamente el bien que nos proponemos hacer, cuidemos de proveemos de los auxilios sobrenaturales para poder cumplirlo. “Sin Mí, dice Jesús, nada podéis hacer” (15, 5). Cf. 1 Co. 3, 5.

1. Despídese el Señor en los cuatro capítulos siguientes, dirigiendo a los suyos discursos qué reflejan los íntimos latidos de su divino Corazón. Estos discursos forman la cumbre del Evangelio de S. Juan y sin duda de toda la divina Revelación hecha a los Doce. Creed en Dios: Recuérdese que Jesús les dijo que su fe no era ni siquiera como un grano de mostaza (Lc. 17, 6 y nota). Es muy de notar también esta clara distinción de Personas que enseña aquí Jesús, entre Él y su Padre. No son ambos una sola Persona a la cual haya que dirigirse vagamente, bajo un nombre genérico, sino dos Personas distintas, con cada una de las cuales tenemos una relación propia de fe y de amor (cf. 1 Jn. 1, 3), la cual ha de expresarse también en la oración.

2. Tened confianza en Dios que como Padre vuestro tiene reservadas las habitaciones del cielo para todos los que aprovechan la Sangre de Cristo. En el Sermón de la Montaña (Mt. cap. 5 ss.), Jesús ha recordado que el hombre no está solo, sino que tiene un Dueño que lo creó, en cuyas manos está, y que le impone como ley la práctica de la misericordia, sin la cual no podrá recibir a su vez la misericordia que ese Dueño le ofrece como único medio para salvarse del estado de perdición en que nació como hijo de Adán, quien entregó su descendencia a Satanás cuando eligió a este en lugar de Dios (Sb. 2, 24 y nota). Ahora, en el Sermón de la Cena, Jesús nos descubre la Sabiduría, enseñándonos que en el conocimiento de su Padre está el secreto del amor que es condición indispensable para el cumplimiento de aquella Ley de nuestro Dueño. Pues Él, por los méritos de su Hijo y Enviado, nos da su propio Espíritu (Lc. 11, 13 y nota) que nos lleva a amarlo cuando descubrimos que ese Dueño, cuya autoridad inevitable podía parecernos odiosa, es nuestro Padre que nos ama infinitamente y nos ha dado a su Hijo para que por Él nos hagamos hijos divinos también nosotros, con igual herencia que el Unigénito (Ef. 1, 5; 2 Pe. 1, 4). De ahí que Jesús empiece aquí con esa estupenda revelación de que no quiere guardarse para Él solo la casa de su Padre, donde hasta ahora ha sido el Príncipe único. Y no sólo nos hace saber que hay allí muchas moradas, o sea un lugar también para nosotros (v. 2). sino que añade que Él mismo nos lo va a preparar, porque tiene gusto en que nuestro destino de redimidos sea el mismo que el Suyo de Redentor (v. 3).

3. Os tomaré junto a Mi: Literalmente: os recibiré a Mi mismo (así la Vulgata). Expresión sin duda no usual, como que tampoco es cosa ordinaria, sino única, lo que el Señor nos revela aquí. Más que tomarnos consigo, nos tomará a Él, porque entonces se realizará el sumo prodigio que S. Pablo llama misterio oculto desde todos los siglos (Ef. 3, 9; Col. 1, 26): el prodigio por el cual nosotros, verdaderos miembros de Cristo, seremos asumidos por Él que es la Cabeza, para formar el Cuerpo de Cristo total. Será, pues, más que tomarnos junto a Él: será exactamente incorporarnos a Él mismo, o sea el cumplimiento visible y definitivo de esa divinización nuestra como verdaderos hijos de Dios en Cristo (véase Ef. 1, 5 y nota). Es también el misterio de la segunda venida de Cristo, que San Pablo nos aclara en 1 Ts. 4, 13-17 y en que los primeros cristianos fundaban su esperanza en medio de las persecuciones (cf. Hb. 10, 25 y nota). De ahí la aguda observación de un autor moderno: “A primera vista, la diferencia más notable entre los primeros cristianos y nosotros es que, mientras nosotros nos preparamos para la muerte, ellos se preparaban para el encuentro con N. Señor en su Segundo Advenimiento”.

4. Sabéis el camino: El camino soy Yo mismo (v. 6), no sólo en cuanto señalé la Ley de caridad que conduce al cielo, sino también en cuarto los méritos míos, aplicados a vosotros como en el caso de Jacob (véase Gn. 27, 19 y nota) os atraerán del Padre las mismas bendiciones que tengo Yo, el Primogénito (Rm. 8, 29).

6 s. El Padre es la meta. Jesús es el camino de verdad y de vida para llegar hasta Él. Como se expresó en la condenación del quietismo, la pura contemplación del Padre es imposible si se prescinde de la revelación de Cristo y de su mediación. En el v. 7 no hay un reproche como en la Vulgata (si me conocierais…) sino un consuelo: si me conocéis llegaréis también al Padre indefectiblemente. Vemos así que la devoción ha de ser al Padre por medio de Jesús, es decir, contemplando a ambos como Personas claramente caracterizadas y distintas (Concilio III de Cartago, can. 23). Querer abarcar de un solo ensamble a la Trinidad sería imposible para nuestra mente, pues la tomaría como una abstracción que nuestro corazón no podría amar como ama al Padre y al Hijo Jesús, con los cuales ha de ser, dice S. Juan, nuestra sociedad (1 Jn. 1, 3). La Trinidad no es ninguna cosa distinta de las Personas que la forman. Lo que hemos de contemplar en ella es el amor infinito que el Padre y el Hijo se tienen recíprocamente en la Unidad del Espíritu Santo. Y así es cómo adoramos también a la Persona de este divino Espíritu que es el amor que une a Padre e Hijo. El Espíritu Santo es el espíritu común del Padre y del Hijo, y propio de cada uno de Ambos, porque todo el espíritu del Padre es de amor al Hijo y todo el espíritu del Hijo es de amor al Padre. Del primero, amor paternal, beneficiamos nosotros al unirnos a Cristo. Del segundo, amor filial, participamos igualmente adhiriéndonos a Jesús para amar al Padre como Él y junto con Él y mediante Él y a causa de Él, y dentro de Él, pues Ambos son inseparables, como vemos en los vv. 9 ss.

10. Es notable que ya en el Antiguo Testamento el Padre (Yahvé) habla del Mesías llamándolo “el Varón unido conmigo” (Za. 13, 7). Cf. 16, 32.

12. Una de las promesas más asombrosas que Jesús hace a la fe viva, Desde el cielo Él la cumplirá.

13. En este v. y en el siguiente promete el Salvador que será oída la oración que hagamos en su nombre. Esta promesa se cumple siempre cuando confiados en los méritos de Jesucristo y animados por su espíritu nos dirigimos al Padre. Es la oración dominical la que mejor nos enseña el recto espíritu y, por eso, garantiza los mejores frutos (Mt. 6, 9 ss.; Lc. 11, 2 ss.).

15. Él que ama se preocupa de cumplir los mandamientos, y para eso cuida ante todo de conservarlos en su corazón. Véase v. 23 s.; Sal. 118, 11 y nota.

16. El otro Intercesor es el Espíritu Santo, Que nos ilumina y consuela y fortalece con virtud divina. El mundo es regido por su príncipe (v. 30), y por eso no podrá nunca entender al Espíritu Santo (1 Co. 2, 14), ni recibir sus gracias e ilustraciones. Los apóstoles experimentaron la fortaleza y la luz del divino Paráclito pocos días después de la Ascensión del Señor, en el día de Pentecostés (Hch. 2) y recibieron carismas visibles, de los cuales se habla en los Hechos de los Apóstoles.

17 ss. Mora con vosotros: Casi siempre vivimos en un estado de fe imperfecta, como diciéndonos: si yo lo tuviera delante al Padre celestial o a Jesús, le diría tal y tal cosa. Olvidamos que el Padre y el Hijo no son como los hombres ausentes que hay que ir a buscar sino que están en nuestro interior (vv. 20 y 23), lo mismo que el Espíritu (v. 26; 16, 13; Lc. 11, 13). Nada consuela tanto como el cultivo suavísimo de esta presencia de Dios permanente en nosotros, que nos está mirando, sin cansarse, con ojos de amor como los padres contemplan a su hijo en la cuna (Sal. 138, 1; St. 7, 10 y notas). Y nada santifica tanto como el conocimiento vivo de esta verdad que “nos corrobora por el Espíritu en el hombre interior” (Ef. 3, 16) como templos vivos de Dios (Ef. 2, 21 s.). Estará en vosotros: Entendamos bien esto: “El Espíritu Santo estará en nosotros como un viento que sopla permanentemente para mantener levantada una hoja seca, que sin Él cae. De modo que a un tiempo somos y no somos. En cuanto ese viento va realizando eso en nosotros, somos agradables a Dios, sin dejar empero, de ser por nosotros mismos lo que somos, es decir, “siervos inútiles” (Lc. 17, 10). Si no fuese así, caeríamos fatalmente (a causa de la corrupción que heredamos de Adán) en continuos actos de soberbia y presunción, que no sólo quitaría todo valor a nuestras acciones delante de Dios, sino que sería ante Él una blasfemia contra la fe, es decir, una rivalidad que pretendería sustituir la Gracia por esa ilusoria suficiencia propia que sólo busca quitar a Dios la gloria de ser el que nos salva.

20. En aquel día: Véase 16, 16 y nota. Vosotros estáis en Mí, etc.. “En vano soñarán los poetas una plenitud de amor y de unión entre el Creador y la creatura, ni una felicidad para nosotras, como ésta que nos asegura nuestra fe y que desde ahora poseemos “en esperanza”. Es un misterio propio de la naturaleza divina que desafía y supera todas las audacias de la imaginación, y que sería increíble si Él no lo revelase. ¿Qué atractivos puede hallar Él en nosotros? Y sin embargo, al remediar el pecado de Adán, en vez de rechazarnos de su intimidad (mirabilius reformasti) buscó un pretexto para unirnos del todo a Él, ¡como si no pudiese vivir sin nosotros!” Véase 17, 26 y nota.

21. Es decir: el que obedece eficazmente al Padre muestro que tiene amor, pues si no lo amase no tendría fuerza para obedecerlo, como vemos, en el v. 23. No tiene amor porque obra, sino que obra porque tiene amor. Cf. Lc. 7, 47 y nota.

23. El amor es el motor indispensable de la vida sobrenatural: todo aquel que ama, vive según el Evangelio; el que no ama no puede cumplir los preceptos de Cristo, ni siquiera conoce a Dios, puesto que Dios es amor (1 Jn. 4, 8). “Del amor a Dios brota de por sí la obediencia a su divina voluntad (Mt. 7, 21; 12, 50; Mc. 3, 35; Lc. 8, 21), la confianza en su providencia (Mt. 6, 25-34; 10, 29-33; Lc. 12, 4-12 y 22-34; 18, 1-8), la oración devota (Mt. 6, 7-8; 7, 7-12; Mc. 11, 24; Lc. 11, 1-13; Jn. 16, 23-24), Y el respeto a la casa de Dios (Mt. 21, 12-17; Jn. 2, 16)” (Lesétre).

24. Dios nos revela a este respecto su intimidad diciendo: “Como una mujer que desprecia al que la ama, así me ha despreciado Israel” (Jr. 3, 20). Esto nos hace comprender que querer suplir con obras materiales la falta de amor, sería como si una mujer que rechaza el amor de un príncipe pretendiera consolarlo ofreciéndole dinero. O como si un hijo que se apartó del hogar creyese que satisface a su padre con mandarle regalos. Véase la clara doctrina de S. Pablo en 1 Co. 13, 1 ss.

26. Jesús hace aquí quizá la más estupenda de sus revelaciones y de sus promesas. El mismo Espíritu divino, que Él nos conquistó con sus méritos infinitos, se hará el inspirador de nuestra alma y el motor de nuestros actos, habitando en nosotros (v. 16 s.). Tal es el sentido de las palabras “os lo enseñará todo”, es decir, no todas las cosas que pueden saberse, sino todo lo vuestro, como maestro permanente de vuestra vida en todo instante. San Pablo confirma esto en Rm. 8, 14 llamando hijos de Dios a “los que son movidos por el Espíritu de Dios”. Si bien miramos, todo el fruto de la Pasión de Cristo consiste en habernos conseguido esa maravilla de que el Espíritu de Dios, que es todo luz y amor y gozo, entre en nosotros, confortándonos, consolándonos, inspirándonos en todo momento y llevándonos al amor de Jesús (6, 44 y nota) para que Jesús nos lleve al Padre (vv. 6 ss.) y así el Padre sea glorificado en el Hijo (v. 13). Tal es el plan del Padre en favor nuestro (6, 40 y nota), de tal modo que la glorificación de ambos sea también la nuestra, como se ve expresamente en 17, 2. Para entrar en nosotros ese nuevo rector que es el Espíritu Santo, sólo espera que el anterior le ceda el puesto. Eso quiere decir simplemente el “renunciarse a sí mismo”. Os recordará, etc.: es decir, traerá a la memoria en cada momento oportuno (Mt. 10, 19; Mc. 13, 11) las enseñanzas de Jesús a los que se hayan preocupado de aprenderlas. Véase 16, 13; Lc. 11, 13 y notas.

28. El Padre es más grande que Yo significa que el Padre es el origen y el Hijo la derivación. Como dice S. Hilario, el Padre no es mayor que el Hijo en poder, eternidad o grandeza, sino en razón de que es principio del Hijo, a quien da la vida. Porque el Padre nada recibe de otro alguno, mas el Hijo recibe su naturaleza del Padre por eterna generación, sin que ello implique imperfección en el Hijo. De ahí la inmensa gratitud de Jesús y su constante obediencia y adoración del Padre. Un buen hijo, aunque sea adulto y tan poderoso como su padre, siempre lo mirará como a superior. Tal fue la constante característica de Jesús (4, 34; 6, 38; 12, 49 s.; 17, 25, etc.), también cuando, como Verbo eterno, era la Palabra creadora y Sabiduría del Padre (1, 2; Pr. 8, 22 ss.; Sb. 7, 26; 8, 3; Si. 24, 12 ss., etc.). Véase 5, 48 y nota; Mt. 24, 36; Mc. 13, 32; Hch. 1, 7; 1 Co. 15, 28 y notas. El Hijo como hombre es menor que el Padre.

30. El príncipe del mundo: Satanás. Tremenda revelación que, explicándose por el triunfo originario de la serpiente sobre el hombre (cf. Sb. 2, 24 y nota), explica a su vez las condenaciones implacables que a cada paso formula el Señor sobre todo lo mundano, que en cualquier tiempo aparece tan honorable como aparecían los que condenaron a Jesús, Cf. v. 16; 7, 7; 12, 31; 15, 18 ss.; 16, 11; 17, 9 y 14; Lc. 16, 15; Rm. 12, 2; Ga. 1, 4; 6, 14; 1 Tm. 6, 13; St. 1, 27; 4, 4; 1 Pe. 5, 8; 1 Jn. 2, 15 y notas.

31. No es por cierto a Jesús a quien tiene nada que reclamar el “acusador” (Ap. 12, 10 y nota). Pero el Padre le encomendó las “ovejas perdidas de Israel” (Mt. 10, 5 y nota), y cuando vino a lo suyo, “los suyos no lo recibieron” (1, 11), despreciando el mensaje de arrepentimiento y perdón (Mc. 1, 15) que traía “para confirmar las promesas de los patriarcas” (Rm. 15, 8). Entonces, como anunciaban misteriosamente las profecías desde Moisés (cf. Hch. 3, 22 y nota), el Buen Pastor se entregó como un cordero (10, 11), libremente (10, 17 s.), dando cuanto tenía, hasta la última gota de su Sangre, aparentemente vencido por Satanás para despojarlo de su escritura contra nosotros clavándola en la Cruz (Col. 2, 14 s.), y realizar, a costa Suya, el anhelo salvador del Padre (6, 38; Mt. 26, 42 y notas) y “no sólo por la nación sino también para congregar en uno a todos los hijos de Dios dispersos” (11, 52). viniendo a ser por su Sangre causa de eterna salud para judíos y gentiles, como enseña S. Pablo (Hch. 5, 9 s.).

2. Lo limpia: He aquí encerrado todo el misterio de Job y el problema de la tentación y del dolor. Recordémoslo para saber y creer, con la firmeza de una roca, que con cada prueba, siempre pasajera, nos está preparando nuestro Padre un bien mucho mayor. Es lo que la simple experiencia popular ha expresado en el hermoso aforismo: “No hay mal que por bien no venga”.

3. “Esta idea de que la fe en la Palabra de Jesús hace limpio, es expresada aun más claramente por S. Pedro al hablar de los gentiles que creyeron: «por su fe Dios purificó sus corazones» (Hch. 15, 9)”. P. Joüon. Limpios significa aquí lo mismo que “podados”; por donde vemos que el que cultiva con amor la Palabra de Dios, puede librarse también de la poda de la tribulación (v. 2).

4. Nosotros (los sarmientos) necesitamos estar unidos a Cristo (la vid) por medio de la gracia (la savia de la vid), para poder obrar santamente, puesto que sólo la gracia da a nuestras obras un valor sobrenatural. Véase 2 Co. 3, 5; Ga. 2, 16 ss. “La gracia y la gloria proceden de Su inexhausta plenitud. Todos los miembros de su Cuerpo místico, y sobre todo los más importantes, reciben del Salvador dones constantes de consejo, fortaleza, temor y piedad, a fin de que todo el cuerpo aumente cada día más en integridad y en santidad de vida” (Pío XII, Enc. del Cuerpo Místico). Cf. 1 Co. 12, 1 ss.; Ef. 4, 7 ss.

5. No podéis hacer nada: A explicar este gran misterio dedica especialmente S. Pablo su admirable Epístola a los Gálatas, a quienes llama “insensatos” (Ga. 3, 1) porque querían, como judaizantes salvarse por el solo cumplimiento de la Ley, sin aplicarse los méritos del Redentor mediante la fe en Él (cf. el discurso de Pablo a Pedro en Ga. 2, 11-21). La Alianza a base de la Ley dada a Moisés no podía salvar. Sólo podía hacerlo la Promesa del Mesías hecha a Abrahán; pues el hombre que se somete a la Ley, queda obligado a cumplir toda la Ley, y como nadie es capaz de hacerlo, perece. En cambio Cristo vino para salvar gratuitamente, por la donación de sus propios méritos, que se aplican a los que creen en esa Redención gratuita, los cuales reciben, mediante esa fe (Ef. 2, 8 s.), el Espíritu Santo, que es el Espíritu del mismo Jesús (Ga. 4, 6), y nos hace hijos del Padre como Él (Jn. 1, 12), prodigándonos su gracia y sus dones que nos capacitan para cumplir el Evangelio, y derramando en nuestros corazones la caridad (Rm. 5, 5) que es la plenitud de esa Ley (Rm. 13, 10; Ga. 5, 14).

6. Triste es para el orgullo convencerse de que no somos ni podemos ser por nosotros mismos más que sarmientos secos. Pero el conocimiento de esta verdad es condición previa para toda auténtica vida espiritual (cf. 2, 24 y nota). De aquí deducía un ilustre prelado americano que la bondad no consiste en ser bueno, pues esto es imposible porque “separados de Mí no podéis hacer nada”. La bondad consiste en confesarse impotente y buscar a Jesús, para que de Él nos venga la capacidad de cumplir la voluntad del Padre como Él lo hizo.

7. Esto es lo que S. Agustín expresa diciendo “ama y haz lo que quieras”. Porque el que ama sabe que no hay más bien que ése de poseer la amistad del amado, en lo cual consiste el gozo colmado (1 Jn. 1, 3-4); y entonces no querrá pedir sino ese bien superior, que es el amor, o sea el Espíritu Santo, que es lo que el Padre está deseando darnos, puesto que Él nos ama infinitamente más que nosotros a Él. Cf. Lc. 11, 13 y nota; 1 Jn. 5, 14 s.

8. El futuro seréis (genésesthe) según Merk está mejor atestiguado que el subjuntivo seáis. Así también Pirot y otros modernos. El sentido, sin embargo, no fluye con claridad, por lo cual cabe más bien, con la puntuación correspondiente, referir la glorificación del Padre a lo dicho en el v. 7, sentido por cierto bellísimo y que coincide exactamente con 14, 13 y con 17, 2. donde se ve que el Corazón paternal de Dios es glorificado en que nosotros recibamos beneficios de nuestro Hermano Mayor. En tal caso este final queda como una señal que nos da Jesús en pleno acuerdo con el contexto: que (hina con optativo) vuestro sarmiento fructifique mucho y entonces sabréis que está unido a la Vid, es decir, que sois realmente mis discípulos, así como por los frutos se conoce el árbol (Mt. 12, 33; Lc. 6, 43 ss.). El caso inverso se ve en Mt. 7, 15.

9. No se puede pasar en silencio una declaración tan asombrosa como ésta. Jesús vino a revelarnos ante todo el amor del Padre, haciéndonos saber que nos amó hasta entregar por nosotros a su Hijo, Dios como Él (3, 16). Y ahora, al declararnos su propio amor, usa Jesús un término de comparación absolutamente insuperable, y casi diríamos increíble, si no fuera dicho por Él. Sabíamos que nadie ama más que el que da su vida (v. 13), y que Él la dio por nosotros (10, 11), y nos amó hasta el fin (13, 1), y la dio libremente (10, 18), y que el Padre lo amó especialmente por haberla dado (10, 17); y he aquí que ahora nos dice que el amor que Él nos tiene es como el que el Padre le tiene a Él, o sea que Él, el Verbo eterno, nos ama con todo su Ser divino, infinito, sin límites, cuya esencia es el mismo amor (cf. 6, 57; 10, 14 s.). No podrá el hombre escuchar jamás una noticia más alta que esta “buena nueva”, ni meditar en nada más santificante; pues, como lo hacía notar el Beato Eymard, lo que nos hace amar a Dios es el creer en el amor que Él nos tiene. Permaneced en mi amor significa, pues, una invitación a permanecer en esa privilegiada dicha del que se siente amado, para enseñarnos a no apoyar nuestra vida espiritual sobre la base deleznable del amor que pretendemos tenerle a Él (véase como ejemplo 13, 36-38), sino sobre la roca eterna de ese amor con que somos amados por Él. Cf. 1 Jn. 4, 16 y nota.

11. Porque no puede existir para el hombre mayor gozo que el de saberse amado así. En 16, 24; 17, 13; 1 Jn. 1, 4, etc., vemos que todo el Evangelio es un mensaje de gozo fundado en el amor.

14. Si hacéis esto que os mando, es decir, si os amáis mutuamente como acaba de decir en el v. 12 y repite en el v. 17, porque el mandamiento del amor es el fundamento de todos los demás (Mt. 7, 12; 22, 40; Rm. 13, 10; Col. 3, 14).

15. Notemos esta preciosa revelación: lo que nos transforma de siervos en amigos, elevándonos de la vía purgativa a la unión del amor, es el conocimiento del mensaje que Jesús nos ha dejado de parte del Padre. Y Él mismo nos agrega cuán grande es la riqueza de este mensaje, que contiene todos los secretos que Dios comunicó a su propio Hijo.

16. Hay en estas palabras de Jesús un inefable matiz de ternura. En ellas descubrimos no solamente que de Él parte la iniciativa de nuestra elección; descubrimos también que su Corazón nos elige aunque nosotros no lo hubiéramos elegido a Él. Infinita suavidad de un Maestro que no repara en humillaciones porque es “manso y humilde de corazón” (Mt. 11, 29). Infinita fuerza de un amor que no repara en ingratitudes, porque no busca su propia conveniencia (1 Co. 13, 5). Vuestro fruto permanezca: Es la característica de los verdaderos discípulos; no el brillo exterior de su apostolado (Mt. 12, 19 y nota), pero sí la transformación interior de las almas. De igual modo a los falsos profetas, dice Jesús, se les conoce por sus frutos (Mt. 7, 16), que consisten. según S. Agustín, en la adhesión de las gentes a ellos mismos y no a Jesucristo. Cf. 5, 43; 7, 18; 21, 15; Mt. 26, 56 y notas.

18 ss. El mundo, que no recibe a Jesús, ni a su Espíritu, tampoco recibirá a sus discípulos. Con toda claridad profetiza el divino Redentor las persecuciones, que prueban el carácter sobrenatural de su Cuerpo místico. El mundo odia lo sobrenatural en los cristianos, así como lo ha odiado en Cristo.

20. Observarán: espiarán (Scio). Cf. Sal. 16, 11; 55, 7 y notas.

21. Será motivo de gloria para los discípulos el odio y la persecución por causa del Nombre Santo, y una ocasión para afirmar su amor al Padre que nos envió a Jesús (cf. 16, 3; Ga. 6, 14).

25. Véase Sal. 34, 19; 68, 5.

26 s. Intercesor: Otros vierten: Defensor. Hay aquí una bellísima explicación del dogma trinitario. El Espíritu Santo procede del Padre y también del Hijo. Nuestra salvación fue objeto del envío del Hijo por el Padre, que nos lo dio; ahora anuncia Jesús que nuestra santificación va a ser objeto de la misión de otra Persona divina: el Espíritu Santo, que Él enviará desde la diestra del Padre (16, 7 y nota). Dará testimonio de Mí, p. ej. en la Sagrada Escritura, que es por eso un “tesoro celestial” (Conc. Trid.). Del testimonio del Espíritu Santo será inseparable la predicación y el testimonio de los apóstoles porque por su inspiración hablarán. Cf. Hch. 13, 9; Rm. 9, 1; 1 Ts. 1, 5; 2 Pe. 1, 21.

1 s. No os escandalicéis, al ver que la persecución viene a veces de donde menos podía esperarse, Jesús nos previene para que no incurramos en el escándalo de que habla en Mt. 13, 21.

2. Creerá hacer un obsequio a Dios: es decir, que se llega a cometer los más grandes males creyendo obrar bien, o sea que, por falta de conocimiento de la verdad revelada que nos hace libres (8, 32), caemos en los lazos del padre de la mentira (8, 44). Por eso dice: porque no han conocido al Padre ni a Mí, esto es, no los conocían aunque presuntuosamente creían conocerlos para no inquietarse por su indiferencia (cf. Ap. 3, 15 s.). Es ésta la “operación del error” (de que habla con tan tremenda elocuencia S. Pablo en 2 Ts. 2, 9 ss.), a la cual Dios nos abaldona por no haber recibido con amor la verdad que está en su Palabra (17, 17), y nos deja que “creamos a la mentira”. ¿Acaso no fue éste el pecado de Eva y de Adán? Porque si no hubieran creído al engaño de la serpiente y confiado en sus promesas, claro está que no se habrían atrevido a desafiar a Dios. Nuestra situación será mejor que la de ellos si aprovechamos esta prevención de Jesús. Rara vez hay quien haga el mal por el mal mismo, y de ahí que la especialidad de Satanás. habilísimo engañador, sea llevarnos al mal con apariencia de bien. Así Caifás condenó a Jesús, diciendo piadosamente que estaba escandalizado de oírlo blasfemar, y todos estuvieron de acuerdo con Caifás y lo escupieron Jesús por blasfemo (Mt. 26, 65 ss.). Él nos anuncia aquí que así sucederá también con sus discípulos (véase 15, 20 ss.).

4. Cuando Jesús estaba con ellos Él los protegía contra todo (17, 12; 18, 8).

5 s. Ya no os interesáis como antes (13, 36; 14, 5) por saber lo mío, que tanto debiera preocuparos, y sólo pensáis en vuestra propia tristeza, ignorando que mi partida será origen de grandes bienes para vosotros (v. 7). Nótese, en efecto, que cuando Jesús subió al cielo, sus discípulos ya no estaban tristes por aquella separación, sino que “volvieron llenos de gozo” (Lc. 24, 52).

7. Se refiere a Pentecostés (Hch. 2). El don del Espíritu (Lc. 24, 49 y nota), que es su propio espíritu (Ga. 4, 6), nos lo obtuvo Jesús del Padre, como premio conquistado con su Sangre. Se entiende así que el Espíritu Santo no fuese dado (7, 39) hasta que Jesús “una vez consumado” (Hb. 5, 9 s.) por su pasión (Hb. 2, 10) entrase en su gloria (Lc. 24, 26) sentándose a la diestra del Padre (Sal. 109, 1 ss. y notas). Cf. 20, 22 y nota.

8. Presentará querella: “Desde entonces el mundo es un reo, sentado en el banquillo de Dios, perpetuamente acusado por el Espíritu. ¿Cómo podría tener la simpatía del creyente si no es por la engañosa seducción de sus galas?”

9. Jesús se refiere únicamente al pecado de incredulidad, mostrándonos que tal es el pecado por antonomasia, porque pone a prueba la rectitud del corazón. Véase 3, 19; 3, 36; 7, 17; 8, 24; 12, 37 y siguientes; Mc. 3, 22; Rm. 11, 32 y notas.

10. Es decir porque Él va a ser glorificado por el Padre, con lo cual quedará de manifiesto su santidad; y entre tanto sus discípulos, aunque privados de la presencia visible del Maestro, serán conducidos por el Paráclito al cumplimiento de toda justicia, con lo cual su vida será un reproche constante para el mundo pecador.

11. El Espíritu Santo dará contra el espíritu mundano este tremendo testimonio, que consiste en demostrar que, no obstante las virtudes que suele pregonar, tiene como rector al mismo Satanás. Y así como ha quedado demostrada la justicia de la causa de Cristo (v. 10), quedará también evidenciada, para los hijos de la sabiduría humana, la condenación de la causa de Satanás. Esto no quiere decir que ya esté cumplida plenamente la sentencia contra el diablo y sus ángeles. Véase 2 Pe. 2, 4; Judas 6; Ap. 20, 3, 7 y 9.

13. El Espíritu Santo, que en el Ant. Test. “habló por los Profetas”, inspiró también los Libros del Nuevo, que presentan las enseñanzas de Jesús, desenvuelven su contenido y revelan las cosas futuras, objeto de nuestra esperanza. No significa, pues, que cada uno de nosotros haya de recibir una revelación particular del Espíritu Santo, sino que debemos preocuparnos por conocer las profecías bíblicas y no despreciarlas (véase 14, 26 y nota: 1 Ts. 5, 20).

16 ss. S. Agustín hace notar que ese otro poco de tiempo es el que empieza después de la Ascensión, que es cuando Jesús se va al Padre, o sea, que lo volveremos a ver cuando venga de allí a juzgar a los vivos y a los muertos, Esta interpretación se deduce del v. 20, donde Jesús se refiere a la alegría del mundo y a las persecuciones del tiempo presente, como también lo indica Sto. Tomás. Por eso cuando Él vuelva nadie nos quitará el gozo (v. 22). Véase 14, 3. 18 y 28. “Es, añade el doctor de Hipona, una promesa que se dirige a toda la Iglesia. Este poco de tiempo nos parece bien largo, porque dura todavía, pero cuando haya pasado, comprenderemos entonces cuán corto fue”. Cf. Ct. 1, 2; 8, 14 y notas.

23. En aquel día: Véase 14, 20. No me preguntaréis más: Cf. Hb. 8, 11; Jr. 31, 34.

24. En mi nombre: por el conocimiento que tenéis de mi bondad, y de todas mis promesas. La falta de este conocimiento es lo que explica, según S. Agustín, que tantas veces la oración parezca ineficaz, pues se pide en nombre de un Cristo desfigurado a quien el Padre no reconoce por su Hijo. Véase 14, 13 s.; 14, 20; 15, 11; 1 Jn. 5, 14; Mt. 7, 7; Mc. 11, 24; St. 1, 6 s.; 4, 3. Pedid, etc.: Algunos traducen: “pedid que vuestro gozo sea completo, y recibiréis” (lo que pedís), lo cual significaría que se nos promete no ya tales o cuales bienes pedidos, para que nos gocemos en ellos, sino que se nos promete el gozo mismo, como un bien inmenso, el gozo que el propio Jesús tenía (17, 13), la alegría del corazón que debe tenerse siempre (Fil. 4, 4; Tob. 5, 11) y que, siendo un fruto del Espíritu Santo (Ga. 5, 22), es explicable que se conceda a todo el que lo pida, pues si los malos sabemos dar cosas buenas a nuestros hijos, mucho más nos dará el Padre Celestial su buen Espíritu (Lc. 11, 13 y nota); ¡Admirable promesa de felicidad! Porque conceder así el gozo permanente a todo el que lo pida, no es sólo hacernos seguramente felices, sino también darnos una fuente inexhausta de santidad (Si. 30, 23, Vulgata). ¿No es esto lo que se nos enseña a pedir ya en el Sal. 50, 10 y 14? No quiere Jesús que pongamos nuestra felicidad en la posesión de determinados bienes, que pueden no convenirnos, y por eso Santiago enseña que a veces pedimos y no recibimos (St. 4, 3); sino que pidamos el don del gozo espiritual, que es en sí mismo alegría inalterable, como la de aquel “hombre feliz que no tenía camisa”.

26 s. No digo que rogaré. Rasgo de indecible delicadeza. Bien sabemos que rogará siempre por nosotros (Hb. 7, 24 s.), como que tal es su Ministerio de Sacerdote Eterno (Hb. 8, 2; 9, 11 y 24). Y Él mismo nos dijo: “nadie va al Padre sino por Mí” (14, 6). Pero aquí muestra su empeño de que la gloria y el amor sean para el Padre, y por eso, para inclinar hacia Éste nuestro agradecimiento, nos dice que el mismo Padre nos ama. El ideal de Jesús es que nos ame tanto como a Él (17, 26). Y esa verdad de que no vamos al Padre sino por Él, se cumple también aquí, pues Jesús ha sido el instrumento de propiciación (Rm. 3, 25), y si, además del perdón, gozamos de ese amor del Padre es por haberlo amado a Jesús, como dice también en 14, 23: “Si alguno me ama… mi Padre lo amará”.

28. Retorno al Padre: allí, hecho causa de eterna salud (Hch. 5, 9) y ofreciendo por nosotros su sacrificio del Calvario (Hch. 7, 24 s.; 8, 1 ss.; 9, 11-14), Jesús es el Pontífice (Hb. 5, 10; 6, 20; 7, 28; Sal. 109, 4 nota), el puente entre Dios y nosotros (Hb. 13, 10 y 15), el Don del Padre a nosotros (3, 16) y Don de nosotros al Padre. Es la “respiración del alma” que continuamente lo recibe a Él como oxígeno de vida (cf. 15, 1 ss.) y lo devuelve, para gloria de Ambos. al Padre que tiene en Él toda su complacencia (Mt. 17, 5). Todo el Evangelio está aquí, y sus discípulos no tardan en advertirlo (v. 29 s.), dejando sus inquietudes del v. 19, si bien creen erróneamente que ya llegó el feliz día del v. 28 (cf. v. 16 y nota). De ahí la rectificación que el divino Profeta les hace en v. 31 s.

1 ss. Jesús, que tanto oró al Padre “en los días de su carne” (Hb. 5, 7), pronuncia en alta voz esta oración sublime, para dejarnos penetrar la intimidad de su corazón lleno todo de amor al Padre y a nosotros. Dando a conocer el Nombre de Padre (v. 6 ss.) ha terminado la misión que Él le encomendó (v. 4). Ahora el Cordero quiere ser entregado como víctima “en manos de los hombres” (14, 31 y nota), pero apenas hace de ello una vaga referencia en el v. 19. “Es pues con razón que el P. Lagrange intitula el c. 17: Oración de Jesús por la unidad, de preferencia al título de Oración sacerdotal, que ordinariamente se le da siguiendo al luterano Chytraeus Koohhafen + 1600” (Pirot).

2. Que tu Hijo te glorifique… dando vida eterna: Meditemos aquí el abismo de bondad en el Padre y en el Hijo, ante tan asombrosa revelación. En este momento culminante de la vida de Jesús, en esta conversación íntima que tiene con su Padre, nos enteramos de que la gloria que el Hijo se dispone a dar al Eterno Padre, y por la cual ha suspirado desde la eternidad, no consiste en ningún vago misterio ajeno a nosotros, sino que todo ese infinito anhelo de ambos está en darnos a nosotros su propia vida eterna.

3. El conocimiento del Padre y del Hijo –obra del Espíritu de ambos “que habló por los profetas”– se vuelve vida divina en el alma de los creyentes, los cuales son “partícipes de la naturaleza divina” (2 Pe. 1, 4). Cf. v. 17 y nota; Sb. 15, 3.

5. Es evidente, como dice S. Agustín, que si pide lo que desde la eternidad tenía, no lo pide para su Persona divina, que nunca lo había perdido, sino para su Humanidad santísima, que en lo sucesivo tendrá la misma gloria de Hijo de Dios, que tenía el Verbo (cf. v. 22; Sal. 2, 7 y nota).

6. Tu nombre, es decir, “a Ti mismo, lo que Tú eres, y por sobre todo, el hecho de que eres Padre” (Joüon).

7. Hemos visto a través de todo este Evangelio que la preocupación constante de Jesús fue mostrar que sus palabras no eran de Él sino del Padre. Véase 12, 49 s.

8. Ellos las han recibido… y han creído: Admiremos, en esta conversación entre las Personas divinas, el respeto, que bien puede llamarse humilde, por la libertad de espíritu de cada hombre, no obstante ser Ellos Omnipotentes y tener sobre sus creaturas todos los derechos. Nada más contrario, pues, a las enseñanzas divinas, que el pretender forzar a los hombres a que Crean, o castigar a los que no aceptan la fe. Véase Ct. 3, 5; Ez. 14, 7 y notas.

9 ss. Nueva y terrible sentencia contra el mundo (véase 14, 30; 15, 18; 16, 11 y notas). ¡Nótese el sentido! 1º Por ellos ruego… porque son tuyos: pues todo lo tuyo me es infinitamente amable sólo por ser cosa del Padre a quien amo. Es decir, que nosotros, sin saberlo ni merecerlo, disfrutamos de un título irresistible al amor de Jesús, y es: el solo hecho de que somos cosa del Padre y hemos sido encomendados por Él a Jesús a Quien el Padre le encargó que nos salvase (6, 37-40). 2º En ellos he sido glorificado, es decir, a causa de ellos (cf. v. 19). La gloria del Hijo consiste como la del Padre (v. 2 y nota), en hacernos el bien a nosotros. Jesús ya nos había dicho en 10, 17, que el amor de su Padre, que es para el Hijo la suma gloria, lo recibe Él por eso: porque pone su vida por nosotros (véase allí la nota). Ante abismos como éste, de una bondad y un amor, y unas promesas que jamás habría podido concebir el más audaz de los ambiciosos, comprendemos que todo el Evangelio y toda la divina Escritura tienen que estar dictados por ese amor, es decir, impregnados de esa bondad hacia nosotros, porque Dios es siempre el mismo. De aquí que para entender la Biblia hay que preguntarse, en cada pasaje, qué nueva prueba de amor y de misericordia quiere manifestarnos allí el Padre, o Jesús. ¿Es éste el espíritu con que la leemos nosotros? El que no entiende, es porque no ama, dice el Crisóstomo; y el que no ama, es porque no se cree amado, dice S. Agustín. También en otro sentido el Hijo ha sido glorificado en nosotros, en cuanto somos su trofeo. Si no pudiera mostrarnos al Padre y al universo como frutos de su conquista, ¿de qué serviría toda su hazaña, toda la epopeya de su vida? Vemos aquí la importancia abismante que se nos atribuye en el seno de la misma Divinidad, en los coloquios del Hijo con el Padre, y si vale la pena pensar en las mentiras del mundo ante una realidad como ésta. Porque si somos del mundo. Él ya no ruega por nosotros, como aquí lo dice. Entonces quedamos excluidos de su Redención, es decir, que nuestra perdición es segura.

11. Véase 18, 36; Mt. 16, 16 ss. y notas.

12. El hijo de perdición es Judas. Véase Mc. 14, 21; Sal. 40, 10; 54, 14; Hch. 1, 16. Hijo de perdición se llama también al Anticristo (2 Ts. 2, 3).

15. Es lo que imploramos en la última petición del Padre nuestro (Mt. 6, 13).

17. “Vemos aquí hasta qué punto el conocimiento y amor del Evangelio influye en nuestra vida espiritual. Jesús habría podido decirle que nos santificase en la caridad, que es el supremo mandamiento. Pero Él sabe muy bien que ese amor viene del conocimiento (v. 3). De ahí que en el plan divino se nos envió primero al Verbo, o sea la Palabra, que es la luz; y luego, como fruto de Él, al Espíritu Santo que es el fuego, el amor”. Cf. Sal. 42, 3.

19. Por ellos me santifico: Vemos aquí una vez más el carácter espontáneo del sacrifico de Jesús. Cf. 14, 31 y nota. En el lenguaje litúrgico del Antiguo Testamento “santificar” es segregar para Dios. En Jesús esta segregación es su muerte, segregación física y total de este mundo (v. 11 y 13); para los discípulos, se trata de un divorcio del mundo (v. 14-16) en orden al apostolado de la verdad que santifica (v. 3 y 17).

20. La fe viene del poder de la palabra evangélica (Rm. 10, 17), la cual nos mueve a obrar por amor (Ga. 5, 6). La oración omnipotente de Jesús se pone aquí a disposición de los verdaderos predicadores de la palabra revelada, para darles eficacia sobre los que la escuchan.

21. Para que el mundo crea: Se nos da aquí otra regla infalible de apologética sobrenatural (cf. 7, 17 y nota), que coincide con el sello de los verdaderos discípulos, señalado por Jesús en 13, 35. En ellos el poder de la palabra divina y el vigor de la fe se manifestarán por la unión de sus corazones (cf. nota anterior), y el mundo creerá entonces, ante el espectáculo de esa mutua caridad, que se fundará en la común participación a la vida divina (v. 3 y 22). Véanse los vv. 11, 23 y 26.

22. Esa gloria es la divina naturaleza, que el Hijo recibe del Padre y que nos es comunicada a nosotros por el Espíritu Santo mediante el misterio de la adopción como hijos de Dios, que Jesús nos conquistó con sus méritos infinitos. Véase 1, 12 s.; Ef. 1, 5 y notas.

23. Perfectamente uno: ¡consumarse en la unidad divina con el Padre y el Hijo! No hay panteísmo brahmánico que pueda compararse a esto. Creados a la imagen de Dios, y restaurados luego de nuestra regeneración por la inmolación de su Hijo, somos hechos hijos como Él (v. 22); partícipes de la naturaleza divina (v. 3 y nota); denominados “dioses” por el mismo Jesucristo (10, 34); vivimos de su vida misma, como Él vive del Padre (6, 58), y, como si todo esto no fuera suficiente, Jesús nos da todos sus méritos para que el Padre pueda considerarnos coherederos de su Hijo (Rm. 8, 17) y llevarnos a esta consumación en la Unidad, hechos semejantes a Jesús (1 Jn. 3, 2), aun en el cuerpo cuando Él venga (Fil. 3, 20 s.), y compartiendo eternamente la misma gloria que su Humanidad santísima tiene hoy a la diestra del Padre (Ef. 1, 20; 2, 6) y que es igual a la que tuvo siempre como Hijo Unigénito de Dios (v. 5).

24. Que estén conmigo: Literalmente: que sean conmigo. Es el complemento de lo que vimos en 14, 2 ss. y nota. Este Hermano mayor no concibe que Él pueda tener, ni aún ser, algo que no tengamos o seamos nosotros. Es que en eso mismo ha hecho consistir su gloria el propio Padre (v. 2 y nota). De ahí que las palabras: Para que vean la gloria mía quieren decir: para que la compartan, esto es, la tengan igual que Yo. San Juan usa aquí el verbo theoreo, como en 8, 51, donde ver significa gustar, experimentar, tener. En efecto, Jesús acaba de decirnos (v. 22) que Él nos ha dado esa gloria que el Padre le dio para que lleguemos a ser uno con Él y su Padre, y que Éste nos ama lo mismo que a Él (v. 23). Aquí, pues, no se trata de pura contemplación sino de participación de la misma gloria de Cristo, cuyo Cuerpo somos. Esto está dicho por el mismo S. Juan en 1 Jn. 3, 2; por S. Pablo, respecto de nuestro cuerpo (Fil. 3, 21), y por S. Pedro aun con referencia a la vida presente, donde ya somos “copartícipes de la naturaleza divina” (2 Pe. 1, 4; cf. 1 Jn. 3, 3). Esta divinización del hombre es consecuencia de que, gracias al renacimiento que nos da Cristo (cf. 3, 2 ss.), Él nos hace “nacer de Dios” (1, 13) como hijos verdaderos del Padre lo mismo que Él (1 Jn. 3, 1). Por eso Él llama a Dios “mi Padre y vuestro Padre”, y a nosotros nos llama “hermanos” (20, 17). Este v. vendría a ser, así, como el remate sumo de la Revelación, la cúspide insuperable de las promesas bíblicas, la igualdad de nuestro destino con el del propio Cristo (cf. 12, 26; 14, 2; Ef. 1, 5; 1 Ts. 4, 17; Ap. 14, 4), Nótese que este amor del Padre al Hijo “antes de la creación del mundo” existió también para nosotros desde entonces, como lo enseña S. Pablo al revelar el gran “Misterio” escondido desde todos los siglos. Véase Ef. 1, 4; 3, 9 y notas.

25. Notemos el tono dulcísimo con que habla aquí a su Padre como un hijo pequeño y fiel que quisiera consolarlo de la ingratitud de los demás.

26. Aquí vemos compendiada la misión de Cristo: dar a conocer a los hombres el amor del Padre que los quiere por hijos, a fin de que, por la fe en este amor y en el mensaje que Jesús trajo a la tierra, puedan poseer el Espíritu de adopción, que habitará en ellos con el Padre y el Hijo. La caridad más grande del Corazón de Cristo ha sido sin duda alguna este deseo de que su Padre nos amase tanto como a Él (v. 24). Lo natural en el hombre es la envidia y el deseo de conservar sus privilegios. Y más aún en materia de amor, en que queremos ser los únicos. Jesús, al contrario de nosotros, se empeña en dilapidar el tesoro de la divinidad que trae a manos llenas (v. 22) y nos invita a vivir de Él esa plenitud de vida divina (1, 16; 15, l ss.) como Él la vive del Padre (6, 58). Todo está en creer que Él no nos engaña con tanta grandeza (cf. 6, 29).

1. El huerto se llamaba Getsemaní. Ya en el siglo IV se veneraba allí la memoria de la agonía del Señor, en una iglesia cuyos cimientos se han descubierto recientemente. David, como figura de Cristo, atravesó también este torrente huyendo de su propio hijo. Véase 2 Reyes 13, 23.

8. Dejad ir a éstos: Lo primero que el corazón sugiere a Jesús, en momento tan terrible para Él, es salvar a sus discípulos. Y se cuida de llamarlos tales para no exponerlos al peligro que cae sobre Él.

9. La cita que aquí se hace (de 17, 12) no se refiere a que Él les salvase la vida corporal sino la espiritual. Es que sin duda ésta depende aquí de aquélla, pues si los discípulos, que lo abandonaron todos en ese momento de su prisión, hubiesen sido presos con Él, habrían tal vez caído en la apostasía (recuérdense las negaciones de Pedro). Sólo cuando el Espíritu Santo los confirmó en la fe, dieron todos la vida por su Maestro.

13 s. Le condujeron primeramente a Anás, porque éste, a pesar de no ejercer ya las funciones de Sumo Sacerdote, gozaba de gran influencia. Caifás, el pontífice titular, lo dispuso probablemente así, esperando sin duda que su suegro fuese bastante astuto para hallar culpa en el Cordero inocente.

14. Véase v. 24 y nota.

15. Ese otro discípulo es Juan, el evangelista, que tiene la costumbre de ocultar su nombre (1, 39 y 13, 23).

20. Nótese que nada responde sobre los discípulos y desvía la atención del Pontífice para no comprometerlos. ¡Y entretanto, Pedro estaba negándolo ante los criados!

21. Ellos saben: En este y muchos otros pasajes vemos que en la doctrina de Cristo no hay nada esotérico, ni secretos exclusivos para los iniciados, como en los misterios de Grecia. Por el contrario, sabemos que el Padre revela a los pequeños lo que oculta a los sabios y prudentes (Lc. 10, 21).

23. El ejemplo de Jesús muestra cómo ha de entenderse la norma pronunciada por Él en el Sermón de la Montaña (Mt. 5, 39).

24. Como hacen notar algunos comentaristas, éste v. debe ir inmediatamente después del v. 13, con lo cual se ve claro que el envío de Anás a Caifás fue sin demora, de modo que todo el proceso desde el v. 14 se desenvuelve ante Caifás.

28. Los fariseos, que colaban mosquitos y tragaban camellos (Mt. 23, 24), creían contaminarse entrando en casas paganas, pero la muerte de un inocente no parece mancharlos. Y poder comer la Pascua: es decir que no la habían comido aún. Jesús se anticipó a comerla el jueves, pues sabía que el viernes ya no le sería posible. Cf. Lc. 22, 8 y nota.

32. Notable observación del evangelista, para llamamos la atención sobre el hecho de que Jesús no sufrió el suplicio usual entre judíos, sino el de crucifixión, que era el usado en Roma para los criminales y que en efecto le fue aplicado y ejecutado por la autoridad romana que ejercía Pilato. El Señor mismo había profetizado que tal sería la forma de su muerte, y para que ello sería entregado a los gentiles (Mt. 20, 19). De ahí que, como anota S. Lucas (18, 34), los Doce no entendieron “ninguna de estas cosas”. Y, como para mayor contraste, S. Mateo agrega inmediatamente (Mt. 20, 20) que fue entonces cuando la madre de Santiago y Juan pidió para ellos al Señor un privilegio en su reino, como si éste fuese a comenzar en seguida (Lc. 19, 11). Jesús les contesta que no saben lo que piden (Mt. 20, 22), pues ellos ignoraban que el grano de trigo debía de morir para dar su fruto (12, 24). Cf. Hch. 1, 6 s.

36. Nunca definió Jesús con mayor claridad el carácter no político de su reino, que no es mundano ni dispone de soldados y armas.

37. De la verdad: esto es, de la fidelidad de las profecías que lo anunciaban como tal (Lc. 1, 32; Si. 36, 18).

38. ¿Qué cosa es verdad? Pilato es el tipo de muchos racionalistas que formulan una pregunta parecida y luego se van sin escuchar la respuesta de la Verdad misma, que es Jesucristo. Acertadamente dice S. Agustín: “Si no se desean, con toda la energía del alma, el conocimiento y la verdad, no pueden ser hallados. Pero si se buscan dignamente, no se esconden a sus amantes”. Cf. Sb. 6, 17 ss. San Pablo, en Rm. 15, 8, nos refiere la respuesta que Jesús habría dado a esa pregunta.

1. Cruel inconsecuencia. Sabiendo y proclamando que Jesús es libre de culpa (v. 4), lo somete sin embargo, por librarlo de la muerte, a un nuevo y atroz tormento que no había pedido la Sinagoga… ¡y luego lo condena! (v. 16).

6. Por tercera vez da el juez testimonio de la inocencia de Cristo y proclama él mismo la injusticia de su proceder al autorizar la crucifixión de la divina Víctima.

8. Como pagano no conoció Pilato lo que decían, y por eso se llenó más de temor. Puede ser que temiera la ira de algún dios, o, más probablemente, que tuviera miedo de caer en desgracia ante el emperador. Los judíos advirtiendo su vacilación insisten cada vez más en el aspecto político (vv. 12 y 15) hasta que cede el juez cobarde por salvar su puesto, quedando su nombre como un adjetivo infamante para los que a través de los siglos obrarán como él. Sobre jueces prevaricadores cf. Salmos 57 y 81 y notas.

11. O sea: la culpa de Caifás, Sumo Sacerdote del verdadero Dios, se agrava aún más por el hecho de que, no pudiendo ordenar por sí mismo la muerte de Jesús, quiere hacer que la autoridad civil, que él sabe emanada de Dios, sirva para dar muerte al propio Hijo de Dios.

15. Cf. Lc. 19, 14 y nota. Es impresionante ver, a través de la historia de Israel, que este rechazo de Cristo Rey parecía ya como anunciado por las palabras de Dios a Samuel en 1 Sam. 8, 7, cuando el pueblo pidió un soberano como el de los gentiles.

17. El Cráneo: eso quiere decir el Calvario: lugar de la calavera. Según la leyenda judía, es el lugar donde fue enterrado Adán. Estaba fuera de la ciudad; sólo más tarde el sitio fue incorporado a la circunvalación. Hoy forma parte de la Iglesia del Santo Sepulcro.

24. Véase Sal. 21, 19.

25. Estaba de pie: Lo primero que ha de imitarse en Ella es esa fe que Isabel le había señalado como su gran bienaventuranza (Lc. 1, 45). La fe de María no vacila, aunque humanamente todo lo divino parece fallar aquí, pues la profecía del ángel le había prometido para su Hijo el trono de David (Lc. l, 32), y la de Simeón (Lc. 2, 32), que Él había de ser no solamente “luz para ser revelada a las naciones” sino también “la gloria de su pueblo de Israel” que de tal manera lo rechazaba y lo entregaba la muerte por medio del poder romano. “El justa de fe” (Rm. 1, 17) y María guardó las palabras meditándolas en su corazón (Lc. 2, 19 y 51; 11, 28) y creyó contra toda apariencia (Rm. 4, 18), así como Abrahán, el padre de los que creen, no dudó de la promesa de una numerosísima descendencia, ni aún cuando Dios le mandaba matar al único hijo de su vejez que debía darle esa descendencia. (Gn. 21, 12; 22, 1; Si. 44, 21; Hb. 11, 17-19).

26. Dijo a su madre: Mujer: Nunca, ni en Cana (2, 4), ni en este momento en que “una espada atraviesa el alma” de María (Lc. 2, 35), ninguna vez le da el mismo Jesús este dulce nombre de Madre. En Mt. 12, 46-50; Lc. 2, 48-50; 8, 19-21; 11, 28 –los pocos pasajes en que Él se ocupa de Ella– confirmamos su empeño por excluir de nuestra vida espiritual todo sentimentalismo, y acentuar en cambio el sello de humildad y retiro que caracteriza a “la Esclava del Señor” (Lc. 1, 38) no obstante que Él, durante toda su infancia, estuvo “sometido” a Ella y a José (Lc. 2, 51). En cuanto a la maternidad espiritual de María, que se ha deducido de este pasaje, Pío X la hace derivar desde la Encarnación del Verbo (Enc. ad diem illum), extendiéndola de Cristo a todo su Cuerpo místico. Cf. Ga. 4, 26.

27. En el grande y misterioso silencio que la Escritura guarda acerca de María, nada nos dice después de esto, sino que, fiel a las instrucciones de Jesús (Lc. 24, 49), Ella perseveraba en oración en el Cenáculo con los apóstoles, después de la Ascensión (Hch. 1, 13 s.), y sin duda también en Pentecostés (Hch. 2, 1). ¡Ni siquiera una palabra sobre su encuentro con Jesús cuando Él resucitó! Con todo, es firme la creencia en la Asunción de María, o sea su subida al Cielo en alma y cuerpo, suponiéndose que, al resucitar éste, su sepulcro quedó vacío, si bien no hay certeza histórica con respecto al sepulcro; y claro está que bien pudo Dios haberla eximido de la muerte, como muchos creyeron también de aquel discípulo amado que estaba con Ella (Jn. 21, 22 ss. y nota); pues siendo, desde su concepción. inmaculada (en previsión de los méritos de Cristo) María quedó libre del pecado, sin el cual la muerte no habría entrado en el mundo (Rm. 5, 12; Sb. 1, 16; 2, 24; 3, 2 y notas). Sin embargo murió, a semejanza de su Hijo.

28. Todas las profecías sobre la pasión quedaban cumplidas, especialmente los Salmos 21 y 68 e Isaías cap. 53, incluso el reparto y sorteo de las vestiduras por los soldados, que Jesús presenció, vivo aún, desde la Cruz.

30. Está cumplido el plan de Dios para redimir al hombre. Si nos tomamos el trabajo de reflexionar que Dios no obra inútilmente, nos preguntaremos qué es lo que pudo moverlo a entregar su Hijo, que lo es todo para Él, siendo que le habría bastado decir una palabra para el perdón de los hombres, según Él mismo lo dijo cuando declaró la libertad de compadecerse de quien quisiera, y de hacer misericordia a aquel de quien se hubiera compadecido (Ex 33, 19; Rm. 9, 15), puesto que para Él “todo es posible” (Mc. 10, 27). Y si, de esa contribución infinita del Padre para nuestra redención, pasamos a la del Hijo, vemos también que, pudiendo salvar, como dice Sto. Tomás, uno y mil mundos, con una sola gota de su Sangre, Jesús prefirió darnos su vida entera de santidad, su Pasión y muerte, de insuperable amargura, y quiso con la lanzada ser dador hasta de las gotas de Sangre que le quedaban después de muerto. Ante semejantes actitudes del Padre y del Hijo, no podemos dejar de preguntarnos el por qué de un dispendio tan excesivo. Entonces vemos que el móvil fue el amor; vemos también que lo que quieren con ese empeño por ostentar la superabundancia del don, es que sepamos, creamos y comprendamos, ante pruebas tan absolutas, la inmensidad sin límites de ese amor que nos tienen. Ahora sabemos, en cuanto al Padre, que “Dios amó tanto al mundo, que dio su Hijo unigénito” (3, 16); y en cuanto al Hijo, que “nadie puede tener amor más grande que el dar la vida” (15, 13). En definitiva, el empeño de Dios es el de todo amante: que se conozca la magnitud de su amor, y, al ver las pruebas indudables, se crea que ese amor es verdad, aunque parezca imposible. De ahí que si Dios entregó a su Hijo como prueba de su amor, el fruto sólo será para los que así lo crean (3, 16 in fine). El que así descubre el más íntimo secreto del Corazón de un Dios amante, ha tocado el fondo mismo de la sabiduría, y su espíritu queda para siempre fijado en el amor (cf. Ef. 1, 17).

35. El que lo vio: Jn. (21, 24; 1 Jn. 1, 1-3).

36. Véase Ex. 12, 46; Nm. 9, 12; Sal. 33, 21.

37. Refiérese a una profecía que anuncia la conversión final de Israel y que dice: “Y derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén el espíritu de gracia y de oración, y pondrán sus ojos en Mí a quien traspasaron, y llorarán al que hirieron como se llora a un hijo único, y harán duelo per Él como se hace por un primogénito” (Za. 12, 10). Cf. Ap. 1, 7.

1 ss. Véase Mt. 28, 1-10; Mc. 16, 1-8; Lc. 24, 1-11. El primer día de la semana: el domingo de la Resurrección, que desde entonces sustituyó para los cristianos al sábados día santo del Antiguo Testamento (cf. Col. 2, 16 s.; 1 Co. 16, 2; Hch. 20, 7). Sobre el nombre de este día cf. Sal. 117, 24; Ap. 1, 9 y notas.

7. Es de notar la reverencia especial para con la sagrada Cabeza de Jesús que demuestran los ángeles. No quiso Dios que el sudario que envolvió la Cabeza de su Hijo muy amado quedase confundido con las demás vendas.

16. María Magdalena, la ferviente discípula del Señor, es la primera persona a la que se aparece el Resucitado. Así recompensa Jesús el amor fiel de la mujer penitente (Lc. 7, 37 ss.), cuyo corazón, ante esa sola palabra del Señor, se inunda de gozo indescriptible. Véase 12, 3 y notas.

22 s. Recibid: Este verbo en presente ¿sería una excepción a los reiterados anuncios de que el Espíritu sólo descendería cuando Jesús se fuese? (16, 7 y nota). Pirot expresa que “Jesús sopla sobre ellos para significar el don que está a punto de hacerles”. El caso es igual al de Lucas 24, 49, donde el Señor usa también el presente “yo envío” para indicar un futuro próximo, o sea el día de Pentecostés. Por lo demás esta facultad de perdonar o retener los pecados (cf. Concilio Tridentino 14, 3; Denz. 913) se contiene ya en las palabras de Mateo 18, 15-20, pronunciadas por Jesús antes de su muerte. Cf. Mt. 16, 19. La institución del Sacramento de la Penitencia expresada tan claramente en estos versículos, obliga a los fieles a manifestar o confesar sus pecados en particular; de otro modo no sería posible el “perdonar” o “retener” los pecados. Cf. Mt. 18, 18; Conc. Trid. Ses. 1; cap. V. 6, can. 2-9

25. La defección de Tomás recuerda las negaciones de Pedro después de sus presuntuosas promesas. Véase 11, 16, donde Dídimo (Tomás) hace alarde de invitar a sus compañeros a morir por ese Maestro a quien ahora niega el único homenaje que Él le pedía, el de la fe en su resurrección, tan claramente preanunciada por el mismo Señor y atestiguada ahora por los apóstoles.

29. El único reproche que Jesús dirige a los suyos, no obstante la ingratitud con que lo habían abandonado todos en su Pasión (Mt. 26, 56 y nota), es el de esa incredulidad altamente dolorosa para quien tantas pruebas les tenía dadas de su fidelidad y de su santidad divina, incapaz de todo engaño. Aspiremos a la bienaventuranza que aquí proclama Él en favor de los pocos que se hacen como niños, crédulos A las palabras de Dios más que a las de los hombres. Esta bienaventuranza del que cree a Dios sin exigirle pruebas, es sin duda la mayor de todas, porque es la de María Inmaculada: “Bienaventurada la que creyó” (Lc. 1, 45.). Y bien se explica que sea la mayor de las bienaventuranzas, porque no hay mayor prueba de estimación hacia una persona, que el darle crédito por su sola palabra. Y tratándose de Dios, es éste el mayor honor que en nuestra impotencia podemos tributarle. Todas las bendiciones prometidas a Ahrahán le vinieron de haber creído (Rm. 4, 18), y el “pecado” por antonomasia que el Espíritu Santo imputa al mundo, es el de no haberle creído a Jesús (Jn. 16, 9). Esto nos explica también por qué la Virgen María vivía de fe, mediante las Palabras de Dios que continuamente meditaba en su corazón (Lc. 2, 19 y 51; 11, 28). Véase la culminación de su fe al pie de la Cruz (19, 25 ss. y notas). Es muy de notar que Jesús no se fiaba de los que creían solamente a los milagros (véase 2, 23 s.), porque la fe verdadera es, como dijimos, la que da crédito a Su palabra. A veces ansiamos quizá ver milagros, y los consideramos como un privilegio de santidad. Jesús nos muestra aquí que es mucho más dichoso y grande el creer sin haber visto.

31. Escritos para que creáis: San Lucas confirma esta importancia que tiene la Sagrada Escritura como base, fuente y confirmación de la fe. En el prólogo de su Evangelio dice al lector que lo ha escrito “a fin de que conozcas la certeza de lo que se te ha enseñado”. Véase en Hch. 17, 11 cómo los fieles de Berea confirmaban su fe con las Escrituras Sagradas.

1. Por mandato del Señor, los apóstoles habían ido a Galilea. Véase Mt. 28, 7.

9. Santo Tomás de Aquino opina que en esta comida, como en la del Cenáculo (Lc. 24, 41-45) y en la de Emaús (Lc. 24, 30), ha de verse la comida y bebida nuevas que Jesús anunció en Mt. 26, 29 Lc. 22, 16-18 y 29-30. Otros autores no comparten esta opinión, observando que en aquellas ocasiones el Señor resucitado no comió cordero ni bebió vino, sino que tomó pescado, pan y miel, y que, lejos de sentarse a la mesa en un banquete triunfante con sus discípulos, tuvo que seguir combatiéndoles la incredulidad con que dudaban de su Redención (cf. Lc. 24, 13; Hch. 1, 3 y notas).

15 ss. Las tres preguntas sucesivas quizá recuerdan a Pedro las tres veces que había negado a su Maestro. Jesús usa dos veces el verbo amar (agapás me) y Pedro contesta siempre con otro verbo: te quiero (filo se). La tercera vez Jesús toma el verbo de Pedro: me quieres (filéis me). También usa el Señor verbos distintos: boske y póimaine, que traducimos respectivamente apacienta y pastorea (así también de la Torre), teniendo el segundo un sentido más dinámico: llevar a los pastos. En cuanto a corderos (arnía) y ovejas (próbata) –el probátia: ovejuelas, que algunos prefieren la segunda vez, no añade nada (cf. Pirot)– indican matices que han sido interpretados muy diversamente. Según Teofilacto, los corderos serían las almas principiantes, y las ovejas las proficientes. Según otros, representan la totalidad de los fieles, incluso los pastores de la Iglesia. Pirot hace notar la relación con el redil del Buen Pastor (10, 1-16; cf. Ga. 2, 7-10). El Concilio Vaticano, el 18 de julio de 1870, invocó este pasaje al proclamar el universal primado de Pedro (Denz. 1822), cuya tradición testifica autorizadamente S. Ireneo, obispo y mártir. Ello no obstante es de notar la humildad con que Pedro sigue llamándose simplemente copresbítero de sus hermanos en el apostolado (1 Pe. 5, 1: cf. Hch. 10, 23 y 26 y notas), a pesar de ser el Pastor supremo.

18 s. A raíz de lo anterior Jesús profetiza a Pedro el martirio en la cruz, lo que ocurrió en el año 67 en Roma, en el sitio donde hoy se levanta la Basílica de S. Pedro. Cf. 2 Pe. 1, 12-15. Véase 13, 23 y nota.

22 s. S. Agustín interpreta este privilegio de Jesús para su íntimo amigo, diciendo: “Tú (Pedro) Sígueme, sufriendo conmigo los males temporales; él (Juan), en cambio, quédese como está, hasta que Yo venga a darle los bienes eternos”. La Iglesia celebra, además del 27 de diciembre, como fiesta de este gran Santo y modelo de suma perfección cristiana, el 6 de mayo como fecha del martirio en que S. Juan, sumergido en una caldera de aceite hirviente, salvó milagrosamente su vida. Durante mucho tiempo se creyó que sólo se había dormido en su sepulcro (Fillion).

24. Este v. y el siguiente son el testimonio de los discípulos del evangelista, o tal vez de los fieles [de Éfeso] donde él vivía.

25. El mundo no bastaría: la Sabiduría divina es un mar sin orillas (Si. 24, 32 y nota). Jesús nos ha revelado los secretos que eternamente oyó del Padre (15, 15), y tras Él vendría Pablo, el cual escribió tres décadas antes que Juan y explayó, para el Cuerpo místico, el misterio que había estado oculto por todos los siglos (Ef. 3, 9 ss.; Col. 1, 26). Quiso Jesús que, por inspiración del Espíritu Santo (15, 26; 16, 13) se nos transmitiesen en el Evangelio sus palabras y hechos; no todos, pero sí lo suficiente “para que creyendo tengamos vida en su nombre” (20, 30 s.; Lc. 1, 41. Sobre este depósito qué nos ha sido legado “para que también nos gocemos” con aquellos que fueron testigos de las maravillas de Cristo (1 Jn. 1, 1-4), se han escrito abundantísimos libros, y ello no obstante, Pío XII acaba de recordarnos que: “no pocas cosas… apenas fueron explicadas por los expositores de los pasados siglos”, por lo cual “sin razón andan diciendo algunos… que nada le queda por añadir, al exégeta católico de nuestro tiempo, a lo ya dicho por la antigüedad cristiana”. Que “nadie se admire de que aún no se hayan resuelto y vencido todas las dificultades y que basta el día de hoy inquieten, y no poco, las inteligencias de los exegetas católicos, graves cuestiones”, y que “hay que esperar que también éstas… terminarán por aparecer a plena luz, gracias al constante esfuerzo”, por lo cual “el intérprete católico… en modo alguno debe arredrarse de arremeter una y otra vez las difíciles cuestiones todavía sin solución”. Y en consecuencia el Papa dispone que “todos los restantes hijos de la Iglesia … odien aquel modo menos prudente de pensar según el cual todo lo que es nuevo es por ello mismo rechazable, o por lo menos sospechoso. Porque deben tener sobre todo ante los ojos que… entre las muchas cosas que se proponen en los Libros sagrados, legales, históricos, sapienciales y proféticos, sólo muy pocas cosas hay cuyo sentido haya sido declarado par la autoridad de la Iglesia, y no son muchas más aquellas en las que sea unánime la sentencia de los santos Padres. Quedan, pues, muchas otras, y gravísimas, en cuya discusión y explicación se puede y debe ejercer libremente la agudeza e ingenio de los intérpretes católicos” (Encíclica “Divino Afflante Spíritu”, septiembre de 1943).